12 de marzo de 2026
Los bombardeos en Oriente Medio disparan el precio del petróleo y sacuden los mercados. Argentina podría incrementar el ingreso de divisas, pero también enfrentar inflación, suba de tasas y fuga de capitales.

Distribución en jaque. Puerto petrolero iraní en el estrecho de Ormuz, un paso clave para la provisión mundial, hoy cerrado por la guerra.
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El vértigo informativo de la Guerra del Golfo Pérsico no da respiro. La volatilidad de los mercados es total, mientras nadie puede asegurar cuánto tiempo durará el conflicto. En ese contexto, el precio del barril de petróleo llegó a superar los 100 dólares por primera vez en cuatro años. El presidente Trump dijo que el aumento de la nafta era «un pequeño precio a pagar» por la seguridad de Estados Unidos. Cuando el pánico se propagaba, la cotización del barril de crudo comenzó a bajar luego de la convocatoria a una reunión extraordinaria de los ministros de Energía del G7 (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido) para «coordinar una acción ante el impacto de la suba del petróleo». A su vez, las bolsas de valores respiraron un poco cuando Trump aseguró que la guerra «está prácticamente terminada».
Sin embargo, la incertidumbre continúa. La elección de Mojtaba Khamenei como nuevo líder supremo, en reemplazo de su asesinado padre, confirma que la realidad iraní es muy distinta a la venezolana. Días atrás, el presidente estadounidense sostuvo que quería «participar personalmente» en la elección del Gobierno iraní y que era «inaceptable» que Mojtaba suceda a su padre. La Asamblea de Expertos iraní rechazó la alternativa «Delcy Rodríguez» eligiendo a un representante de la línea dura. «Prepárense para que el petróleo cueste 200 dólares el barril, porque el precio depende de la seguridad regional, que ustedes han desestabilizado», amenazó Ebrahim Zolfaqari, portavoz del mando militar iraní, luego del ataque a tres buques realizado el miércoles 11. A todo esto, los países que integran la Agencia Internacional de la Energía acordaron liberar 400 millones de barriles de crudo para compensar la interrupción del comercio por el bloqueo del estrecho de Ormuz.

Intercargo. El Gobierno anunció que apurará la privatización de la empresa que brinda servicios de rampa y transporte en los aeropuertos.
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El escudo
Lo cierto es que, más allá de la volatilidad del precio del petróleo, el mundo está inquieto por las consecuencias económicas de la guerra. Desde Estados Unidos, Javier Milei dijo que la guerra «puede ser muy favorable desde el lado externo para la Argentina». El optimismo del presidente argentino estaría motivado por el potencial mayor ingreso de divisas generado por el aumento de la cotización del petróleo y los commodities alimenticios. Sin perjuicio de eso, la extensión del conflicto traería aparejados dos perjuicios muy relevantes para la economía argentina: 1) Mayor inflación: el aumento del petróleo y gas natural licuado no solo impacta de manera directa en los surtidores sino también en los costos logísticos de la cadena productiva. Por otro lado, la respuesta de manual de los bancos centrales ante contextos inflacionarios es la suba de la tasa de interés. El aumento del costo del financiamiento imposibilita la refinanciación de la deuda a tasas razonables en los mercados internacionales. 2) La incertidumbre y la suba de la tasa de interés promueve el denominado «vuelo hacia la calidad». En otras palabras, los capitales se refugian hacia activos más seguros (dólar, bonos del tesoro estadounidense, oro) abandonando a los mercados emergentes. En esa línea, el último reporte del banco estadounidense Citi puntualizó que «países con bajas reservas de divisas, como la Argentina, Sri Lanka, Pakistán y Turquía, enfrentan mayores riesgos de salidas repentinas de capital y depreciación de sus monedas». Otros cinco bancos internacionales (Morgan Stanley, JP Morgan, Barclays, Wells Fargo y Bank of America) también ubican a la Argentina dentro del lote de países más expuestos a un shock financiero global.
Por su parte, el ministro Luis Caputo se mostró confiado en que el orden macroeconómico actúa como un «escudo» ante el conflicto. En particular, el ministro de Economía resaltó el mantenimiento del equilibrio fiscal. En ese contexto, la recaudación fiscal de febrero tuvo una caída interanual (en términos reales) del 9,7%, según datos del Instituto Argentino de Análisis Fiscal. Es el séptimo retroceso anual consecutivo. En el primer bimestre del año, la caída acumulada es del 8,7% real. Las causas del declive son una mezcla de cambios normativos (reducción de las retenciones a la soja, trigo, cebada, maíz; disminución de derechos de importación y percepciones aduaneras), cuestiones de calendario (menor cantidad de días hábiles) y debilidad de la actividad productiva. Ante la caída de los ingresos, una alternativa para mantener el equilibrio fiscal podría ser mayores recortes en el gasto. Eso puede llevar a la conocida dinámica del perro que intenta morderse la cola: ajuste, caída de la actividad, menos recaudación y vuelta a empezar. La otra posibilidad es apelar a ingresos extraordinarios. En esa línea, la Consultora Vectorial sostiene que «a priori con una recaudación que no pareciera tener un horizonte de recuperación debido a la alicaída actividad, y frente a una rigidez hacia la baja en el gasto corriente debido a que el componente indexado (jubilaciones y asignaciones familiares) ya tiene una participación elevada en las erogaciones, todo apunta a reforzar los ingresos de capital a través de las privatizaciones de empresas públicas, algo que ya se plasmó en enero con las privatizaciones de las centrales hidroeléctricas. Los próximos meses estarán signados por una profundización de esta lógica y el Gobierno ya anunció que intentará avanzar con la privatización de AySA, Transener, Intercargo y Belgrano Cargas». ¿El «escudo» argentino resistirá esta tormenta?
