Cultura | GRAN HERMANO 2022

La vuelta de la vida en la burbuja

A veintiún años de su estreno local, el reality que sentó las bases del género regresa en el marco de una nueva crisis. Encierro y cotidianeidad televisados.

Realidad aumentada. El ganador de la edición previa de Gran Hermano (Foto: Télam), la final de 2007 (Foto: Télam) y una escena de la inauguración de La Casa en 2001.

El más clásico de los realities todavía defiende su poder agitador: aún no llegó a la pantalla de Telefe –conducido esta vez por Santiago del Moro, que releva a animadores anteriores como la actriz Soledad Silveyra y el periodista Jorge Rial– y ya pretende que se hable de él; aún no desembarcó con su arenga a favor de la diversidad y los matices para un modo defectuoso del ser, pero ya reivindica a su futura troupe de anormales que irrumpen con su ocio improductivo y el cultivo a las relaciones tóxicas. Pero la promo de Gran Hermano acusa a El hotel de los famosos de inducir y filtrar, las malas palabras del género. En el caso de estos participantes, mentir y especular como se debe serán la prueba del éxito que llegue como un fajo de dinero. Hay permiso para la incorrección y la desviación de un eje moralizante, como artilugios para pelearle el corto rating a cualquier competencia de cocina, cantantes o destreza física que se pongan en la vereda de enfrente.
Hay que recordar cómo retozaban «aquellos vagos» de la primera edición de 2001, echados entre pufs mientras la Argentina se caía. Cuidado –dice la conductora «republicana», que se indigna ante los aspirantes al casting que difundió Telefé–, porque «es la Argentina real de la pobreza, la ignorancia y la falopa y el Conurbano que está a punto de estallar». Aspira a ocupar nuevamente el centro el Gran Hermano que está llegando como metáfora de refugio ante la escalada inflacionaria, promesa de techo y comida mientras afuera el mundo cruje como ni siquiera, en 2001, profetizaba el género fantástico, y ellos –los seres comunes– siguen queriendo entrar a la TV con la misma fruición que antaño.
Nunca tan catalizador ni tan obvio, el reality que parió al encierro televisado, como en la pospandemia que prometía relatos de liberación pero se encuentra con avidez de encierro, ya sea en El hotel de los famosos –el ciclo que finalizó en el 13– o en la próxima edición del Gran Hermano, que no aterrizaba en las pantallas desde su última presencia en 2016, por América TV. La Casa llega servida a dos relatos que monopolizan una expectativa paradójica y catártica: ver gente aislada, y suprimirles, por fin, todo resabio de talento o habilidad para que se libre la batalla final por el mero hecho de permanecer o ser expulsado.

Impacto global
Veintiún años después del reality de más alto impacto global, ¿qué sigue definiendo a la autenticidad y, también, a la verdad? Son las monedas de cambio del género, la prueba de que alguien –un cuerpo– sigue vivo en la era del videoshow de la vida cotidiana que abarca desde el meeting por Zoom al vivo de Instagram. A días del inminente estreno, de la vuelta del tótem de los realities se habilitan más preguntas que respuestas cerradas: ¿qué será del «ser televisado» en tiempos de tele sociabilidad y haters desaforados de Twitter? Se adivina –se anuncia– más incidencia –no tan declarada ni explícita– de los guionistas, de las pruebas, de los temas, de las consignas, al estilo de El hotel de los famosos, que aggiornó el género a través de un vínculo más aceitado con las narrativas de ficción.
A juzgar por la difusión de los castings, lo que no parece cambiar es esa propensión a la dismorfia que trae consigo el producto pionero creado por John de Mol en 1997, en medio de un brainstorming que le cambió el signo a la TV en directo y a la telerrealidad; que se afilió desde su inicio a una tradición distópica nacida con 1984, la novela de George Orwell. La «vida en directo» sintetizó, de ahí en más, un revés impactante: la noticia se despojó de su interés público; se hizo intestina y escatológica. Como una realidad paralela altamente simbólica, la Casa prescindió del acontecimiento, y la transmisión se hizo tan eterna como la ilusión de una vida no finita. El «simplemente estar» capturó con una nueva vibración existencial a lo que de pronto pareció anticuado y artificial: el «vivo y en directo» propio del programa ómnibus o del talk-show.
Con la irrupción de Gran Hermano, el reality puso en escena una «promesa esencial»: los personajes serían ellos mismos, sin la simulación del actor o del comediante, reducidos a sus gestos; el ser equiparado al parecer. El reality rompió con la tradición del género documental, poniendo por primera vez a la persona en escena y brindando un espectáculo. La acción trivial, el acto casero o pequeño reemplazó a la hazaña y la aventura, y un participante pudo volverse más popular en tanto hizo una mayor exhibición de bastidores. El hombre cotidiano, en la TV, privilegió las lágrimas y las palabras emocionales; supo que de ese despliegue incesante de gestos dependería su aceptación popular, ya que el voto de la masa espectadora aquí define cada elección.
Posteriormente a Gran Hermano, no solo se llenaron las pantallas de «en vivo y en directo», sino de intimidad y de secretos, los tópicos de la telenovela que de pronto se acercaron a la telerrealidad y a la ficción diaria en un producto híbrido. Se de(s)veló lo que había permanecido oculto tanto tiempo. Ahí están hoy, entre los aspirantes, la que reivindica ser una sexópata, el que promete una guerra para figurar, la que propone un todos contra todos antes de empezar a narrarse para acompasar el tiempo social de lo urgente y cataclísmico con la promesa de una intervención escandalosa. En el país quebrado, vuelve Gran Hermano a publicitar que ahí late la auténtica vida, incluso cuando no existe ni argumento ni metodología, parafraseando el «Ciega, sordomuda» de Shakira. Esto es reality puro y esencial; es el grano de sal gruesa que se le mete a uno bajo el párpado; se llama Gran Hermano y tiene una vigencia esencial, agigantada por la hiperconectividad y la rotura de la trama social.
Cualquiera tolera verse superado por los héroes de la ficción, pero no por los héroes de lo cotidiano. El ascenso y la permanencia de este género se amplifica en lo banal de las cosas que se repiten día a día y se puede ver la propia realidad en espejo. Allí donde las zonas históricas de representación social se fisuran para dar cabida a nuevos pliegues, antes expulsados del universo de la TV y ahora convertidos en espacios centrales, se libra una novedosa lucha por el sentido.
Para el que mira, se trata de participar de un carnaval en el que todo se invierte y se produce el placer del pasaje de regiones posteriores a frontales: los héroes seducen tanto más cuando muestran la mediocridad de sus conductas íntimas. La tele-realidad sale al encuentro de una aspiración muy actual del individuo en tiempos de propagación de selfies y auto-relato: que cada uno pueda pensarse, al menos por un rato, mientras dura el reality, como actor de su vida cotidiana.


Julián Gorodischer