Política | Miguel Etchecolatz

La muerte de un genocida

El excomisario se lleva a la tumba información que permitiría esclarecer el destino de miles de desaparecidos. Será recordado como un perverso torturador.

La Plata. El represor durante un juicio por delitos cometidos durante la dictadura cívico-militar.

TÉLAM

«Nos llevaban a la terraza por la escalera y nos picaneaban, Etchecolatz estaba al costado. “Dale, dale, subila un poco más que este gringo que está acá en la parrilla la otra vez que lo picaneé se dio vuelta porque estaba floja”, dijo Etchecolatz porque esa vez la picana era con batería y yo sentí como cosquillas». Jorge Julio López, sobreviviente de la dictadura, describía así la tortura en su testimonio ante el Tribunal Oral Federal de La Plata, el 28 de junio de 2006. «Ahora acá vas a sentir, che, prendela directo desde la calle», decía el torturador Miguel Osvaldo Etchecolatz, exdirector de la Brigada de Investigaciones de la Policía Bonaerense que murió este 2 de julio, según el recuerdo de López. «El propio Etchecolatz pateaba a los detenidos y dirigía las matanzas, con música de calesita de fondo. “Voy a felicitar al personal porque han agarrado a dos de estos montoneros”», dijo el testigo sobre el secuestro de Patricia Dell Orto y Ambrosio De Marco. López, un albañil de 77 años, se decepcionó aquel día porque esperaba verle la cara a su verdugo. Por eso el 18 de septiembre de 2006 estaba ansioso, era la audiencia de los alegatos en el juicio que lo tuvo a Etchecolatz en el banquillo. Sin embargo, nunca llegó a los Tribunales de La Plata. Por segunda vez desapareció y nunca más nada se supo de él.

Asesino serial
Ruben López tenía 11 años y su hermano Gustavo, 7 la madrugada del 27 de octubre de 1976, cuando la patota del excomisario secuestró a su papá de la casa de Los Hornos. «Rompieron todo, comieron todo lo que había en la heladera y se lo llevaron, tardamos seis meses en saber de él, ahora me siento como hace treinta años». Irene habla con tristeza, dolor y bastante bronca sobre la segunda desaparición de su marido (en Desaparecer de democracia, Marea, 2021), que había definido a Etchecolatz como un «asesino serial sin compasión». López había volcado en textos y dibujos sus memorias del horror.
«Todo lo que pasó ese día (alegatos del 18 de septiembre) nos mostraba con claridad que ellos sabían qué estaba pasando con Julio, la cara de ironía de Etchecolatz, cómo nos miraban, lo que dijo: “ustedes están condenando a un pobre viejo”. Me acuerdo del escalofrío que sentí cuando lo escuché, la cara de Adriana Calvo y de las compañeras era de terror, era de “lo tienen ellos”, no había dudas», dice Myriam Bregman, una de las abogadas de López y los demás sobrevivientes. El día de la condena volaron bombas de pintura roja en el coqueto salón de los tribunales platenses, los policías levantaron sus escudos para proteger al sentenciado excomisario y se lo llevaron en vilo.
Etchecolatz podría haber competido con otros represores en cuanto a la cantidad de condenas por los aberrantes delitos de lesa humanidad cometidos cuando eran sicarios del Estado. Pero en la investigación por la desaparición de López quedó impune. 
Mano derecha del genocida Ramón Camps, Etchecolatz estuvo preso en la cárcel de Marcos Paz, en el llamado «pabellón de lesa» junto a una veintena de represores. En el marco de la búsqueda de pistas sobre el testigo López, en junio 2007 fue allanado ese sector y quedó en evidencia que gozaban de todo tipo de privilegios: recibían visitas sin horario ni requisa y así podían ingresar teléfonos celulares, cámaras o dinero; tenían teléfonos sin controles y líneas no declaradas. A Etchecolatz le encontraron un papel que decía «hay que lograr que un testigo se desdiga». 
Ante la noticia de su muerte, la exfiscal e interventora de la AFI (Agencia Federal de Inteligencia) Cristina Camaño dijo: «Murió el genocida que cuando lo conocí en el penal de Marcos Paz me dijo que el problema por el que ellos estaban presos había sido que no habían matado a todos». Otras voces en las redes sociales destacaron que el verdadero problema consiste en determinar cuánto de ese pensamiento perdura en la mente y las acciones de quienes hoy son funcionarios o portan armas y uniforme del Estado.
En un programa televisivo que supo tener mucho rating, Etchecolatz mortificó a una de sus víctimas, al maestro y político Alfredo Bravo, ante el falso intento de mediar de su conductor, Mariano Grondona. «Hay que sacar a Etchecolatz de la cuestión de un ser maligno y pensarlo como parte de una estructura policial que siempre estuvo al servicio de todo lo malo; era un cruzado, un reivindicador del genocidio y, de hecho, utilizaba los juicios también como un escenario para esa disputa. Si hay alguien que tenía en claro que en los juicios no solo se juegan condenas sino que es una disputa de sentido, ese era Etchecolatz. Aprovechaba muchas veces el escenario. Tenía hasta el timing mediático de ver cuándo hablaba nuevamente o de hacer lo del papelito justo un día que estaba lleno de periodistas», recuerda la abogada Guadalupe Godoy sobre el día en que se dejó fotografiar con un papel donde había escrito «Jorge Julio López», como una burlona provocación.
El 9 de diciembre de 2014 Etchecolatz se hizo pasar por enfermo terminal para tener prisión domiciliaria. La perito forense Virginia Créimer y dos médicos del Hospital Ramos Mejía desarmaron el engaño, planeado por el represor y cómplices del Poder Judicial. Pero pagaron un alto costo. «Me fui del Estado porque me negaron protección cuando el “Señor de las torturas”, Etchecolatz, me denunció a mí por dictaminar que debía quedar preso porque estaba sano. Después de ello, apareció un cuchillo ensangrentado en la cerradura de mi casa con mi hija durmiendo adentro», recuerda Créimer.
Emilce Moler, sobreviviente de la Noche de los Lápices y una de las víctimas de Etchecolatz, encontró las palabras precisas: «Ellos ya no tienen nada de mí. Yo los denuncio cada vez que tengo oportunidad en la Justicia. Creo que es justo ¿no? ¿O tampoco me iban a dejar esta posibilidad? Quizá no la pensaron, pero yo siempre la pensé. Porque todavía tienen algo que es de todos nosotros, todavía ellos no hablaron; nunca dijeron dónde están los cuerpos ni los nietos, ni por qué decidieron que algunos vivamos y otros no. Todavía estos muñecos de plastilina tienen cosas que decir, y aunque los aprieto, los estrujo, le dibujo una boca, siguen sin emitir ninguna palabra, callan, con complicidad de monigotes, callan demasiado. Y algunos mueren».


Adriana Meyer