Mentiras verdaderas

Los supuestos ataques químicos en Duma fueron la excusa para el bombardeo de Estados Unidos, el Reino Unido y Francia. Bashar al Assad ganó la guerra con apoyo ruso, pero las potencias occidentales no se resignan a perder ese territorio estratégico.


Escalada. Vista aérea de la ofensiva militar ordenada por Donald Trump, el 13 de abril, en las afueras de Damasco. (AFP PHOTO/HO/SYRIAN GOVERNMENT S CENTRAL MILITARY MEDIA)

Aveces las secuencias muestran mejor aquello que las palabras se niegan a decir. El 4 de abril pasado, The Washington Post informaba que Donald Trump había ordenado a sus jefes militares retirar todas las tropas establecidas en Siria. Tres días después las pantallas de los medios hegemónicos internacionales mostraban las escenas de un supuesto ataque químico en Duma, uno de los suburbios de Damasco, del que acusaban al gobierno de Bashar al Assad. Tanto las autoridades sirias como rusas negaron el hecho y pidieron que la OPAQ, el departamento de Naciones Unidas para el control de armas químicas, enviara peritos para determinar si efectivamente existió tal ataque y, en ese caso, quién fue el responsable. El viernes 13 hubo un ataque combinado de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia contra edificios que, según la explicación de los mandatarios de los tres países, albergarían fábricas de armamento químico. El sábado iban a llegar los expertos. Al destruir esos sitios se terminaba con las pruebas de ese supuesto ataque.
Sebastián Salgado es corresponsal del canal iraní Hispan TV en Buenos Aires y estuvo en esa zona unos días antes para cubrir el final de la batalla de Guta. Era técnicamente el fin de la guerra civil iniciada en 2011 por milicias rebeldes con apoyo de países árabes y occidentales. «Fueron momentos dramáticos, pero en el fondo hubo un acuerdo que cumplió cada una de las partes para evacuar la zona», relató Salgado a Acción. Guta es un distrito agrícola que produce frutas y verduras que se consumen en Damasco. Está literalmente pegado a la capital. Desde que estalló el conflicto, los rebeldes, fundamentalistas islámicos, lograron fuerte apoyo en una región poblada por campesinos de una fe muy tradicional. «El gobierno entendió que entrar ahí a sangre y fuego hubiese sido contraproducente», detalla Salgado. De modo que hubo un asedio, Damasco sufrió las consecuencias del lanzamiento de misiles, pero se impusieron las fuerzas del presidente.

Injerencia y víctimas
Entre los grupos rebeldes que actuaron en Siria están ISIS o Estado Islámico y Al Nusra. El primero, según analistas como el canadiense Michel Chossudovsky, fue creado por la CIA, el Mossad y el MI6 británico para desplazar a gobiernos como el sirio, de corte laico y con un cierto progresismo social. Al Nusra, ligado en su origen con Al Qaeda, aquella guerrilla financiada por EE.UU. para contrarrestar la invasión soviética a Afganistán, en 1979, recibe apoyo de Arabia Saudita y Qatar y es de orientación sunnita, en un país cuyas élites son alauitas, una rama del chiismo.
Carla Ortiz Oporto es una actriz y documentalista nacida en Cochabamba, Bolivia, radicada en Estados Unidos, y pasó varios meses en Siria filmando y recopilando información para un video que por tramos emite en su página de Facebook. Coincide con Salgado, pero agrega que a veces se cruzan hasta 47 agrupaciones terroristas diferentes, involucradas en una guerra que en siete años dejó un saldo que se acerca al medio millón de muertos y más de cinco millones entre desplazados y exiliados.
Hubo dos batallas cruciales en estos años: Alepo y Guta. «Hasta principios de 2016, Damasco controlaba el 35% del territorio», responde Ortiz Oporto en un reportaje con el estadounidense Jurgen Klaric. «A partir de allí recuperó el 82%», tras ocupar los últimos reductos en ambos distritos.
Ahora parecen noticias viejas, pero durante el último tramo del gobierno de Barack Obama los grupos terroristas fueron creciendo y tomando territorios no solo en Siria, sino también en el norte de Irak. Los espeluznantes videos de ejecuciones de enemigos religiosos o políticos poblaron horas de televisión. De pronto, todo eso desapareció.


Festejo. Partidarios de Al Assad en Guta. (Beshara/AFP/Dachary)

Por un lado, hubo cambio de gestión en Washington. «No ataques a Siria, arregla EE.UU.», escribía Trump en su cuenta de Twitter en 2013. Tres años más tarde, en plena campaña electoral, recomendó «centrarnos en ISIS. No deberíamos centrarnos en Siria», y agregó «terminará en la Tercera Guerra Mundial sobre Siria si escuchamos a Hillary Clinton. Ya no estás luchando contra Siria, estás luchando contra Siria, Rusia e Irán, ¿de acuerdo?». En la Casa Blanca, a fines de 2017, según confiaron funcionarios europeos a The New Yorker. Trump aceptaba que Al Assad continuara en el poder en Damasco, lo que implicaba aceptar que la guerra no podía ser ganada por Occidente. O al menos que él no quería proseguir esa guerra.
El año pasado, un video grabado por los Cascos Blancos mostraba un supuesto ataque químico que justificó una represalia con más de 50 misiles sobre una base siria ordenada por Trump, que por primera vez faltaba a su palabra. Las críticas contra ese organismo de la ONU son feroces y lo menos que se dice es que son expertos en armar videos falsos.
Lo dijo recientemente la monja franco-libanesa Agnès-Mariam de la Croix, del monasterio greco-católico de San Jacobo el Mutilado de Qara, y también médicos suecos de la organización Swedish Doctors for Human Rights.

Fuente de energía
Es cierto que en Siria hay petróleo, lo que torna a ese país una fuente apetecible de energía. Pero, además, por allí está proyectado un oleoducto para llevar combustible de Irak o Irán a Europa, a través de Turquía y sin pasar por el canal de Suez. Para construirlo, Al Assad es un problema, ya que en territorio sirio está la base de Tartus, la única de Rusia en el Mediterráneo. Permitir el paso de esa cañería hubiese sido una puñalada por la espalda a Putin, ya que el objetivo central es proveer a Europa sin tener que negociar con Moscú. Al Assad privilegió entonces su alianza con Putin.
Salgado agrega otro detalle indicativo de las razones de cada contendiente para montarse en la versión del ataque químico, curiosamente «cometido en la única noche que podrían haberlo hecho, antes de que llegara la OPAQ», y para más sospechas, cuando ya se habían retirado de Duma, también en la periferia de Damasco, casi todos los rebeldes.
«Gran Bretaña –dice Salgado– busca instalarse nuevamente como potencia tras el Brexit» en esa región que el imperio británico dominó hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. Pero el interés de Francia no es menor. «Siria y el Líbano fueron colonias francesas y aún hoy pude observar un detalle tonto, pero sutil: las mujeres reciben de tratamiento el “madame”».
Lo cierto es que Gran Bretaña y Francia no se habrían embarcado en un ataque de esa naturaleza por su cuenta; necesitan que Estados Unidos no deje la región. Y todo indica que no lo hará, ya que bastante complicada la tiene Trump en el frente interno, y un conflicto siempre viene bien para tapar disputas locales, aunque también padece en el norte de Siria, con la región de Afrin virtualmente invadida por tropas turcas que combaten a milicias kurdas, las que cuentan con apoyo de Estados Unidos.