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El abedul de Karlok

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Martín Sancia Kawamichi

Para Natalia Litvinova, El abedul de Karlok se erige sobre dos líneas temporales: el presente de una pareja de amantes deshidratados, dos almas turbulentas, que decide escribir una historia sobre la falta de piedad; y el pasado, que se desenvuelve en la alta Edad Media, en un pueblo loco y sin luz, en el este de Europa. «¿Podría ser esta novela el grito que Rilke acumuló en su garganta ante el horror del mundo, para que, cuando fuera escuchado, los ángeles acudieran en su auxilio?», se pregunta la escritora bielorrusa-argentina. Martín Sancia Kawamichi nació en Buenos Aires en 1973. Estudió cine y literatura. Su primer libro fue para el público infantil: Breves historias de animales sabrosos, engreídos, enamorados, malditos, venenosos, enlatados, tristes, cobardes, crueles, espinosos… (y otras historias) (Random House, 2009). Muchas de sus siguientes obras fueron premiadas en Argentina y en el exterior. En 2017 publicó la novela Shunga, por Evaristo Editorial. En 2023, la editorial También el caracol publicó su novela Ukiyo y en 2024, publicó por la editorial Salta el pez, la novela El abedul de Karlok, a la que pertenece este adelanto.   

El abedul de Karlok
Martín Sancia Kawamichi

Sinopsis

Un lugar indeterminado de Europa. Edad Media. Anika, la única hija de un señor feudal, es la clave para un matrimonio que permitirá saldar deudas adquiridas y garantizará la estabilidad del Lord. Anika es bellísima, sí, pero pesa sobre ella una maldición: emana de ella un olor pestilente, inocultable. Su padre elaborará una estratagema para ganar tiempo: presentará al prometido de la chica un retrato que no deje dudas sobre la hermosura de Anika. Sin embargo, ¿cómo puede alguien pintar la belleza?  Y, sobre todo, ¿cómo puede pintarse la belleza de lo bello inaccesible, lo que no se ve? Un criado iniciará una peripecia para responder esa pregunta imposible. 


1.

Si la nieve pudiera comerse el mundo, piensa. 
Es diciembre. 
Es lejos de aquí: un pueblo loco del este de Europa, en una época loca, la alta Edad Media.  
Nos gustan los pueblos locos. 
Las épocas locas.
Los cielos locamente grises, las aldabas de bronce (aunque en esta historia, suponemos, no habrá aldabas de bronce ni se prestará demasiada atención a los ornamentos). 
Nos gustan los hombres disueltos en la brutalidad del trabajo, el alcohol y tres o cuatro ideas voraces que están ahí, ardiendo, rompiéndoles los ojos. 
Nos gustan las mujeres de pechos enormes y fríos como tazones, labios traslúcidos y gestos capaces de matar un insecto.  
Es el atardecer. 
Es invierno. 
En el pequeño castillo de Sigfrido Metz preparan la cena; se esperan más de quince invitados. El propósito: acordar la unión de dos familias, los Metz y los Englz.    
Pronto comenzarán a llegar los carruajes.
Pronto caerá la noche y se pondrán a ladrar los perros; volarán los murciélagos entre la nieve, los búhos, y los animales diurnos quedarán a merced de una oscuridad huérfana.  
Anika, la única hija del señor Sigfrido Metz, camina descalza por el pasillo que da a la sala principal. Desde aquí puede escucharse el burbujeo de las nueve ollas de la cocina; se huelen las especias (páprika, pimienta, mostaza negra, nuez moscada), las verduras, las carnes de perdiz y de venado.
Anika se detiene y vuelve a mirar por uno de los ventanales.
Si la nieve pudiera comerse el mundo, vuelve a pensar. 
Y luego se esconde.  




2.
–La niña ha desaparecido otra vez –dice Aurelia, la criada principal de Anika. 
Gregos, el mayordomo, insulta sin mover los labios. Sabe lo que tienen por delante: la furia del señor Metz, sus órdenes tropezadas, los llantos de las cocineras, las largas horas de ir y venir por los pasillos, revisar cada recámara, abrir cada sombra, cada ruido, y todo para nada. 
No van a encontrarla. 
Es imposible dar con ella cuando se esconde. 
–Aniiikaaaaaaa… Aniiiiiikaaaaaaa… –se escucha por el breve castillo, y el eco replica las voces de tal modo que llegan hasta el bosque–. Aniiiikaaaaaa… Aniiiikaaaaaaa…
Gregos se toca el diente doloroso, el único que conserva en la encía superior; lo mueve un poco, lo aprieta, pero el dolor no cede. Se lleva los dedos a la nariz: su saliva, sin duda, huele a hueso enfermo.    
–Estúpida malcriada –dice, como si masticara un tallo. 
La última vez, hace dos meses, estuvo escondida cinco días, y reapareció bien vestida y aseada, sin indicios de haber padecido hambre o sed. Alguien la había ayudado, pero ¿quién?  
Ninguna de las preguntas que se le hicieron obtuvo respuesta, y aún no hay modo de que Gregos y el señor Metz puedan saber dónde se mete ni quién o quiénes son sus cómplices.
Hace unas horas la vio. 
Descalza.  
Macilenta. 
Miraba hacia afuera y, como en tantas otras ocasiones, él creyó escuchar sus pensamientos.
Escuchó que pensaba: 
–Si la nieve pudiera comerse el mundo. 




3.

Anika tiene mala fama. 
Las mujeres del pueblo, bajo el influjo de las historias que se difunden en el mercado o en la feria de los artesanos, no la quieren.
El señor Metz no se merece alguien así. 
Una hija así. 
Tan perdida. 
Tan caprichosa. 
Tan impía. 
Como una peste, empieza a desparramarse una sospecha: Anika no es normal. 
Hay algo malo en ella. 
Algo de veras peligroso. 
Es una muchacha capaz de hacer mucho daño. 
Eso dicen en el mercado y en la feria. 
Una tarde, Gregos espía a dos criadas mientras se bañan en el establo, rodeadas de brasas y piedras calientes, envueltas por un vapor tan denso que casi las oculta. 
Las dos son muy jóvenes, podrían ser sus hijas. 
Muy jóvenes y muy blancas. 
Hirsutas. 
Llenas de cicatrices rosadas que parecen remiendos o tachaduras.  
Una le dice a la otra: 
–Conozco a una anciana que dice que la vio. 
Se arrojan, una a la otra, agua caliente con una cubeta de madera. 
–¿Que la vio dónde?
–En la parte podrida de la laguna. 
–¿Y qué hacía allí?
–¿Anika o la anciana?
–Anika. 
–Se había desnudado y decía palabras en un idioma… molesto. Ese tipo de palabras que salpican como si fueran escupitajos. 
–¿Se daba placer?
–No entiendo. 
–¿Se daba placer a sí misma? 
–Ah, sí, claro. Esa fue la manera de convocarlo. Se frotaba de tal manera que parecía estar usando una lija. Como si su «cosita» fuera de madera. 
Ríen. 
–Qué imagen asquerosa. Ella lijándose y escupiendo…, qué asco.  
–Es una mujer asquerosa, sí. Por eso pudo estar con él. 
–¿Estás segura de lo que dices?
–La anciana los vio, y creo en sus palabras. Copulaban en medio de un humo amarillento.   
–¿Y te dijo cómo era él?
–Sí, se lo pregunté. Es como dicen que es.
–¿Cómo?
–Igual que un carnero.




4.

Nos gustan las lagunas, las pestes, los pactos.
Nos gustan las lunas amarillentas.
Los bosques lejanos, las brujas, la niebla, los afeites.
El vapor que desprende la sangre cuando cae sobre el hielo. 
El aliento voluptuoso de los enfermos. 
Los padres crueles. 
Los padres capaces de matar. 
El sabor de las perdices y los venados. 
Los personajes que se esconden en su propia casa. 
Los que se pierden en los lugares de siempre. 
Los que se pierden siempre. 




5.

Llegan los carruajes.
Anika no aparece. 
El señor Metz le da una patada a una calabaza que acaba de ver pero que, en realidad, no existe. Ninguna de las calabazas que ve a diario existe. Y no solamente calabazas; son muchas las cosas inexistentes que ve: gatos recién nacidos, aún hinchados por la brutalidad del parto; cajas de hierro con forma triangular; frutas mordidas; cruces con Cristos sin piernas; colibríes sin pico.   
–Está bien –le dice a Gregos–. Los recibiré solo. Espero armar una excusa que no nos deje como unos embusteros. Es imperdonable lo que esta jovencita estúpida nos ha hecho. Esta vez comprenderá lo que significa la palabra castigo. Y juro que mañana me ocuparé de saber quién o quiénes la ayudan. Esa será mi prioridad. Y no quisiera estar en la piel de los culpables. Tú tampoco lo querrías, ¿o me equivoco? 
Esas preguntas del señor siempre lo desconciertan. 
–No, señor. No se equivoca. No quisiera estar en la piel de los culpables. 
–Lo bien que haces, Gregos. Quiero, eso sí, dejar algo en claro: no tengo sospechas sobre ti. Sé que serías incapaz de traicionarme. A tal punto lo sé que si ahora tú me dijeras: «No busque más responsables, mi señor, he sido yo, yo, yo, señor, yo, yo, yo», lo tomaría como una broma. Como una gran broma.
–Lo bien que hace, señor. 
Metz entrecierra los ojos, que parecen, así, dos fieras enjauladas:
–No sé bien por qué, pero estoy seguro de que tu frase es una impertinencia –sus ojos vuelven a la normalidad–. En fin, pídeme perdón por haberla dicho y prometo olvidarla. 
–Le pido perdón, señor. No fue mi intención importunarlo.  
Metz asiente mirándose las manos y se va sin responder.




6.

Karlok, el pretendiente de Anika, es altísimo, narigón, tuerto, y sus dientes parecen granos de maíz masticados. Está ansioso por ver a la muchacha. ¿Será cierto lo que se dice acerca de su belleza?, se pregunta desde hace quince días, cuando supo por su padre sobre el acuerdo nupcial. La ansiedad lo rebalsa. En varias ocasiones, incluso, llega a marearse. 
Por eso siente que se queda sin sangre cuando escucha el discurso de Metz. 
Metz le dice a Karlok y a sus cuatro acompañantes: 
–Antes que nada, para librarlos de suposiciones, debo decirles que Anika, mi hija, está muy lejos, visitando a nuestros parientes de Nördlingen. Sé que ustedes lo tomarán como una gran falta de mi parte. Tal no era el acuerdo, es muy cierto. Pero debo ser sincero, y para que esa sinceridad sea posible tendré que hablarles, por unos minutos, de otro asunto. Les aseguro que luego volveré a Anika y podrán comprender con facilidad. Pero, por ahora, créanme, es necesario que cambie, en apariencia, el rumbo de mis palabras y me refiera a la que para mí es la mayor de las virtudes. La virtud de la cual dependen todas las otras. Me refiero, joven Karlok, al pudor, y le hago una breve pregunta: ¿para usted la belleza es algo sagrado o algo mundano?                         
Hay un silencio molesto como un chirrido, y Metz nota que Karlok realmente no lo ha escuchado.
–¿Hace falta que le repita la pregunta, joven Karlok?
–Perdón, señor Metz. 
–¿Me escuchó, o la desilusión por la ausencia de mi hija lo ha dejado sordo? En mi ardua vida, le confieso, he visto mucho. He visto hombres que, por culpa de una mujer, enloquecieron, se volvieron avaros, perezosos, asesinos, traidores, vulnerables, impúdicos, golosos, almas en pena… Pero usted sería el primero que se vuelve sordo.   
–Me distraje, señor Metz; fue solo distracción. Esperaba conocer a mi prometida hoy.  
–Entiendo su desilusión, joven, pero volvamos a mi pregunta: la belleza, para usted, ¿es sagrada o mundana? Quiero decir: ¿nos hace bien estar en contacto con la belleza, o, por el contrario, nos perjudica? 
Karlok, que ahora sí ha escuchado, no entiende la pregunta. 
De todos modos, responde: 
–Nos hace bien.
Metz ríe: 
–Usted es muy joven, Karlok, y puedo entenderlo. A su edad la belleza ilumina el mundo. Inflama el mundo. También tuve su juventud y pensaba de ese modo. Sin embargo, Karlok, no es así. Le aseguro: nada que sea tan frágil como la belleza, y, a la vez, tan exigente de cuidados, auxilios y sacrificios, puede ser bueno. La belleza exige mucho. Distrae mucho. Nos llena de espejismos, Karlok. ¿Coincide conmigo? 
Como suele pasar cuando se queda sin palabras, Karlok siente náuseas. Un espesor ácido trepa en espasmos por su garganta y le enrojece los ojos. 
–Coincido –dice, para quitarse la pregunta de encima.
Metz vuelve a reír. 
–Le reformulo la pregunta, estimado Karlok. ¿La belleza es algo bueno o algo malo?

Foto: Prensa

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