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Finanzas desde la periferia

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Compilado por Martín Burgos y Nicolás Ceollas, este libro nació en el seno del Departamento de Economía Política del Centro Cultural de la Cooperación. Participan investigadores/as y especialistas en temas financieros de primer nivel, integrantes del CCC, docentes e investigadores de universidades nacionales y del Conicet. Ofrecemos, como adelanto, el esclarecedor prólogo que escribió el diputado nacional y presidente del Banco Credicoop, Carlos Heller.

Desde la década del 70, las finanzas han cobrado un protagonismo notable en la economía mundial. El abandono del sistema de Bretton Woods, que había regido el orden económico desde la posguerra, liberalizó los regímenes cambiarios y precipitó una transformación en el modo de acumulación a escala global. Las economías nacionales, y los sistemas financieros en particular, avanzaron en oleadas de desregulación de los mercados. 

América Latina, y en especial el cono sur, fue precursora de tales reformas financieras, funcionando como ensayo general del neoliberalismo, primero en Chile en 1973, y tres años más tarde en la Argentina: la idea ortodoxa de la «antirrepresión financiera» tuvo su correlato en una brutal represión política sobre dichas sociedades por parte de dictaduras cívico-militares. 

En los años 80, los gobiernos de Margaret Thatcher en el Reino Unido y de Ronald Reagan en los Estados Unidos consagraron el modelo neoliberal al desarmar los Estados de Bienestar. Algunas reformas como la de los fondos de pensiones significaron un nuevo impulso sobre los flujos financieros disponibles, que pasaron a buscar la mayor rentabilidad global, aun asumiendo riesgos para los tenedores de dichos activos, que en gran medida eran los propios jubilados de los países centrales.

La globalización se desplegó en ordenamientos supranacionales con distinto grado de compromiso, entre acuerdos comerciales, uniones aduaneras o mercados comunes, siendo el caso más acabado el de la Comunidad Europea, que llegó a darse para sí una integración monetaria con una moneda común, el euro, y representación política en un Parlamento Europeo. 

En contraste, el mundo de las finanzas se mostraba cada vez más desregulado. Cuando los capitales especulativos generaban una crisis en un país determinado, rápidamente se desencadenaba un efecto contagio, primero en el bloque regional, y luego en el resto el mundo. Así se sucedieron las crisis financieras en la periferia: México, Sudeste Asiático, Rusia, Brasil y finalmente la Argentina de la convertibilidad.

A partir del nuevo siglo, las tensiones financieras se mudarían a los países centrales. Un primer síntoma fue la singular preocupación generada por el registro calendario de las computadoras ante el inminente cambio de milenio. La llamada crisis Y2K fue más una psicosis sobre el mítico año 2000 que un problema real. Sin embargo, esas preocupaciones evidenciaban el grado de imbricación al que habían llegado la tecnología y las finanzas: mercados funcionando las 24 horas, la posibilidad masiva de ejecutar decisiones de cartera –no siempre racionales– tanto desde los algoritmos de las computadoras como desde la comodidad del hogar. 

Otra advertencia del sistema fue la crisis de las «punto com», desatada a partir de marzo de 2000, caracterizada por la especulación sobre las empresas tecnológicas vinculadas a Internet. En aquella ocasión, los inversores de riesgo se volcaron a las empresas de la nueva economía, que generaron una burbuja especulativa en el precio de estas acciones bursátiles. Cuando el mercado advirtió que los retornos reales y regulares tardarían en consolidarse, el precio de las acciones se derrumbó. La desregulación de los mercados financieros, un ambiente de exceso de liquidez, junto a las TIC –tecnologías de información y comunicación que aceleraron la interconexión en un mercado global– facilitaron los episodios de contagio y de trasmisión de los efectos en la mayoría de los países del mundo. 

Finalmente, la crisis de las hipotecas de baja calidad (conocidas como subprime), originada por la laxa regulación financiera de los Estados Unidos, se propagó a escala mundial, impactando en el precio de las materias primas. Los bancos de inversión contaban en sus balances con un porcentaje alto de hipotecas basura y paquetes armados con derivados financieros opacos. En el segundo semestre de 2007 fueron quebrando varios de esos bancos, y en 2008 le tocó el turno a Lehman Brothers, el cuarto banco de inversión más grande de los Estados Unidos, quedando en evidencia la profundidad de la crisis. El posterior rescate financiero del sistema bancario que lanzaron los gobiernos de los países centrales tuvo su correlato en programas de austeridad fiscal con recortes en partidas sociales y crisis de deuda, en especial en Europa. 

Mientras los países centrales recurrieron sin miramientos ideológicos a desplegar las medidas que creyeron necesarias para salvar sus economías –como quedó demostrado en la crisis financiera de 2008 y en la pandemia de covid-19–, los países de la periferia han quedado con menos margen de acción. Una vez más el peso de las deudas externas ha condicionado las políticas fiscales y monetarias, situación agravada en países como la Argentina, que fue atada a una deuda desproporcionada e injustificada con el FMI desde 2018, sin asegurar que su uso garantizara el repago. Allí no operó un criterio económico sino uno meramente político.

Los ciclos de endeudamiento externo en la Argentina no se dan de forma aislada o espontánea, sino que revisten un mecanismo que involucra una primera fase de endeudamiento público y privado, y la consiguiente fuga de capitales por parte del sector privado. Luego, cuando se revierte el ciclo cambiario y los capitales emigran, la autoridad monetaria se ve obligada a devaluar, asumiendo la responsabilidad ante la sociedad. La historia argentina es muy gráfica al respecto, dicho mecanismo ha operado durante los años de Martínez de Hoz articulando «la plata dulce» con la «bicicleta financiera»; para luego ser consagrado durante los diez años que rigió el esquema de la convertibilidad de Carlos Menem y Domingo Cavallo, con apreciación cambiaria y endeudamiento externo. Finalmente, el gobierno de Macri instrumentó el último ciclo de endeudamiento público y fuga privada, a través de liberalizaciones y gestión del tipo de cambio para dar curso a las distintas fases del ciclo. 

La política cambiaria forma parte del mecanismo de endeudamiento, alternando entre fases de apreciación, para permitir la valorización financiera mediante las tasas de interés locales altas y facilitar la fuga, y fases de devaluación, donde el sistema premia la dolarización de las carteras privadas.

Todo este circuito demanda apertura a los capitales privados externos, tanto para entrar y generar el atraso cambiario, como para después salir. Con ello, se estimula el mercado único y libre de cambios para que este pueda dar curso a los ciclos de apreciación y devaluación, pues un régimen de control de cambio intervendría en contra de este mecanismo.

Estos procesos y mecanismos distan de ser advertidos y mucho menos estudiados por las corrientes ortodoxas, cuyos ámbitos de investigación y formación son funcionales a los sectores de poder que las fomentan y llevan a la práctica. Las ciencias económicas, con sus manuales del exterior, replican el paradigma de los mercados. Mientras estos enfoques ortodoxos han perdido terreno, como ser en el empleo, la industria y todo aquello vinculado a la economía real, la visión ortodoxa de los mercados sigue siendo abrumadora en las finanzas. El sector financiero se erige como el reducto inexpugnable del pensamiento neoliberal, su ámbito dogmático por excelencia. Se presenta como hegemónico, lo cual dificulta la posibilidad de que pueda ingresar otra vertiente. 

Esa amalgama entre pensamiento y acción, entre idea y realidad, es con la que pretenden la legitimidad automática. Los agentes en el sector financiero se comportan como prescribe la teoría ortodoxa, moviéndose en absoluta libertad con base en una racionalidad supuestamente infalible. Así, discurso y política se explican y replican mutuamente, sobre todo para cualquier atisbo de regulación estatal. En el caso de Argentina, el discurso aperturista y desregulador en las finanzas alcanza formas preocupantes como cuando se proclama la privatización de los bancos públicos o la adopción del dólar como moneda de curso legal. 

Desde el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos (IMFC) siempre se ha bregado por un sistema financiero que se enfoque en las necesidades de las personas y empresas usuarias, y tenga por norte un desarrollo nacional basado en el crecimiento del mercado interno y de las pymes, y con una mejora en la distribución del ingreso. Uno de los lemas históricos sostenidos por el IMFC ha sido «el dinero argentino en manos argentinas». Con esta orientación, el IMFC ha presentado propuestas económicas en los diversos momentos de la vida económica de nuestro país. En esa misma filosofía se inscribe el proyecto de Ley de Servicios Financieros centrada en la defensa de los usuarios y las usuarias, para derogar la aún vigente Ley de Entidades Financieras (Ley 21526 de febrero de 1977) instaurada por la dictadura cívico-militar y eje principal del plan ortodoxo de Martínez de Hoz. 

En la actual encrucijada que se encuentra la Argentina, es sumamente valioso que un grupo de jóvenes investigadores se haya especializado en las finanzas a partir de un enfoque heterodoxo, que concibe al sector financiero como el espacio principal de la disputa política entre la prepotencia del poder del dinero y los que bregamos por una sociedad más democrática y solidaria. 

Aquellos nichos que propiciaron el pensamiento crítico de las últimas dos décadas, como las nuevas Universidades Nacionales, el Conicet, el Centro Cultural de la Cooperación y otros centros de estudios, como el Cefid-Ar (Centro de Economía y Finanzas para el Desarrollo de la República Argentina), han dado sus frutos con creces. 

En la era de los mensajes instantáneos y efímeros de las redes sociales, apostamos una vez más al pensamiento meditado, sistemático y ordenado de un libro. Desde el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini, el movimiento cooperativo aporta esta obra colectiva, respetando las diversas opiniones personales de los autores, en momentos en que la batalla cultural de la que hablaba Floreal parece más necesaria que nunca.

Los temas aquí abordados ayudarán a comprender el presente en que se encuentra la Argentina, que incluyen: la construcción de la hegemonía del dólar, los impactos de los flujos financieros internacionales, las políticas hacia el sistema bancario, la reestructuración de la deuda externa con privados, el acuerdo de Mauricio Macri con el FMI, y el análisis de las políticas financieras durante ese período excepcional y anómalo que fue la pandemia de covid-19.

Confío en que el lector encontrará reflexiones estimulantes que le permitirán poner en cuestión lo establecido, adentrarse con rigor a los principales desafíos que plantean nuestras finanzas y vislumbrar los cursos de acción necesarios para que nuestro país se embarque en un desarrollo económico con cada vez mayor justicia distributiva.

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