Opinión

Juano Villafañe

Escritor

Lo culto y lo popular

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Foto: Shutterstock

Hace ya cierto tiempo que lo culto y lo popular ha dejado de ser la forma en que se divide la sociedad según las tradiciones intelectuales. El propio antropólogo y crítico argentino Néstor García Canclini, en los años 90, consideraba que el estado de hibridez de las culturas daba lugar a nuevas situaciones y entrecruzamientos entre lo tradicional, lo moderno, lo culto, lo popular y lo masivo. A estos nuevos entrecruzamientos deberíamos agregar la gran desterritorialización que han producido las nuevas tecnologías y la falta de identidad del ciudadano, que ha ido perdiendo las coordenadas cartográficas sobre los sentidos nacionales o regionales de un país. Las fronteras tradicionales entre lo culto y lo popular se han ido diluyendo como referencias históricas e identitarias.

En el terreno de la política, es notable la precarización intelectual a la que hemos llegado, particularmente en la representación legislativa, en la lógica parlamentaria que siempre se caracterizó por la disputa en el uso de la palabra, el lucimiento del discurso y hasta cierta teatralización de los propios expositores que le daban al Congreso un lugar para disputar ideas, para la reflexionar o valorizar la calidad retórica de los discursos. Incluso el propio Congreso era un sitio para reconocer, o no, las virtudes del populismo, del conservadurismo o el liberalismo. Además de la clásica división entre izquierdas y derechas, según el lugar en que se sentaban los legisladores en el espacio escénico.

Cabe entonces preguntarse cómo se produce hoy la lucha en la cultura por el poder, la disputa frente al mercado y la producción simbólica, o cómo impactan hoy las metáforas y las imágenes en la sociedad. O, desde el punto de vista gramsciano, cómo se expresan hoy las construcciones de hegemonía cultural para que la política pueda ir por esa batalla, cuando pareciera que la acumulación de inteligencia y el rol de los intelectuales han pasado a desarrollarse de otra forma. García Canclini consideraba que «los circuitos híbridos tienen consecuencias que desbordan la investigación cultural.


Procesos políticos
La explicación de por qué coexisten culturas étnicas y nuevas tecnologías, formas de producción artesanal e industrial puede iluminar procesos políticos; por ejemplo, las razones por las que tanto las capas populares como las elites combinan la democracia moderna con relaciones arcaicas de poder». A ello hay que agregar, hoy, los nuevos conflictos que generan la Inteligencia Artificial y la colonización algorítmica.

El rol de los intelectuales, que podían ser los representantes orgánicos de una clase social, tiene hoy otras características. Hernán Vanoli, en una nota aparecida en Página/12, consideraba que los influencers han reemplazado a los intelectuales. Vanoli opina que «las plataformas de extracción de datos llevan al extremo la precariedad de los escritores como trabajadores que proveen de contenidos baratos a los grandes cazadores de atención y de clics». Los escritores devienen en «un proletariado de monotributistas sin representación ni sindicatos». Si bien los intelectuales nunca estuvieron necesariamente representados por sindicatos, su propia actividad profesional los vinculaba de una u otra forma con representaciones gremiales. Un influencer es alguien que ha proyectado una audiencia sólida y comprometida en las redes sociales y las plataformas. Esas personas se especializan en producir contenidos particulares y de cierta calidad que permiten la confianza de muchos seguidores. Los influencers, comparados con los intelectuales clásicos, no producen pensamiento crítico, sino que son especialistas en ofrecer diversos servicios vinculados con la belleza, la tecnología o las finanzas personales. Los influencers son, de alguna forma, promotores inteligentes del mercado, y desde diversos estilos logran convencer a sus seguidores sobre la compra de algunas marcas o productos.


El rol de las redes
Si los influencers son los nuevos intelectuales asociados al mercado, ¿podrán por otra parte ser también representantes del trabajo y la cultura popular? Es una pregunta válida y quizás sea necesario darle un nuevo cuerpo de respuesta orgánica. Para ello, debería reconsiderarse el rol de las redes y reconocer la necesidad de cobrar impuestos a las plataformas por lo que implican los derechos de autor. ¿El usuario se sentirá también representado por el trabajo intelectual de los influencers que defienden los intereses de los más postergados en las redes? ¿No implica reconocer que hace falta crear un nuevo sujeto en las formas de conducir la inteligencia y en las formas de usar la inteligencia? Son todas preguntas que quedan por el camino y que habrá que resolver en el plano político cultural.

No obstante, en el debate entre lo culto y lo popular, más allá de las condiciones de hibridez, dentro de su propia condición contradictoria e irresuelta, aparecen nuevos estados que van sintetizando el conflicto dentro de dinámicas muy particulares. Podríamos decir que la idealización de lo popular como un proceso independiente no es real y que el poder dominante, con su alta capacidad de recomposición, tampoco es eterno. Por eso entiendo que estamos ante las puertas de la recreación de nuevos sujetos dentro de los procesos digitales que deben reubicarse en una nueva cartografía política que los asocie al núcleo nacional y popular y que los nuevos intelectuales también se reconozcan en las nuevas condiciones digitales como los influencers de los sectores más postergados de la sociedad, y que estos nuevos sujetos complejos se sientan también representados por las nuevas inteligencias, que deben reconstituirse desde un poder político alternativo y transformador. 

La reapropiación tecnológica, la soberanía digital y el comercio electrónico siguen pendientes como trabajo político, para que lo popular no quede atrapado por la casta y el neoliberalismo.

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