27 de septiembre de 2026
En una nueva incursión a las tierras de seres llamados «argentinos», nuestra corresponsal descubre la importancia del dinero y los variados contratiempos que genera su escasez. Breve catálogo de usureros, deudores y acreedores.

La vida en el fondo del mar es placentera, no voy a negarlo, pero cada tanto debo subir a la superficie para obtener los hallazgos y las experiencias que solo me dan las exploraciones del mundo siempre fascinante de esas criaturas terrestres que se hacen llamar «argentinos» hace más de dos siglos. El interés, debo decirlo, es mutuo, tal como se ve en las publicaciones que comparten en las redes sociales quienes, pese al paso del tiempo, se niegan a olvidarme y me tienen siempre presente.
En mi nueva recorrida por las calles porteñas noté gestos adustos, ceños fruncidos, miradas esquivas y andares apesadumbrados y rápidamente averigüé el motivo: el dinero. Más precisamente, la falta del mismo para cancelar las deudas contraídas con tarjetas de crédito, billeteras virtuales, fintechs y otras instituciones vinculadas a los préstamos y sus intereses. De acuerdo a lo que pude observar, la plata cumple un rol fundamental en la existencia de los seres humanos y la imposibilidad de ganar lo suficiente como para calmar a los acreedores es un motivo más que válido para preocuparse, avergonzarse, deprimirse, sufrir e incluso morir. Sin embargo, la solución de los problemas de los morosos no parece ser un asunto prioritario.
Intrigada por el fenómeno e interesada en entender cómo piensan prestamistas y endeudados, procedí a documentarme y fue así como descubrí el mito de Fausto, que firmó un contrato con Mefistófeles para obtener conocimiento y placeres ilimitados a cambio de entregar su alma. Las estrellas culonas tenemos un trasero prominente, pero espiritualidad nula, así que no me atrevo a decir si ese trato es justo o no. Sospecho que la contraprestación por los beneficios es un tanto excesiva, pero supongo que la forma de pago debe ser menos dolorosa que la libra de carne (humana) exigida por el usurero judío Shylock en El mercader de Venecia, el clásico de William Shakespeare.
Mi investigación, además, me llevó a conocer el caso del escritor ruso Fiódor Dostoyevski, que tenía una deuda de juego enorme para sus ingresos, lo que lo llevó a firmar un contrato que establecía que, si no entregaba su obra en una fecha fija, el editor se quedaría con los derechos de todos sus libros pasados y futuros. Presionado por el trato, contrató a una taquígrafa –que luego se convertiría en su pareja‒ y dictó la novela El jugador en apenas 26 días, lo que le permitió pagar lo que debía y de paso crear un clásico de la literatura universal.
La idea de que las deudas deben ser pagadas a como dé lugar evidentemente acompaña a las personas hace siglos y sigue vigente, tal como se ve en películas como Repo Men –afanosamente inspirada en la ópera rock gótica de culto Repo! The Genetic Opera–, que cuenta una historia ambientada en un futuro distópico donde una megacorporación llamada The Union vende órganos artificiales avanzados a crédito. Si los compradores se atrasan en los pagos, la empresa envía a agentes ejecutores («repo men») para recuperar los órganos de forma violenta y sin importar si el cliente sobrevive o no. El drama, por lo que leí, surge cuando uno de esos cobradores se convierte también en deudor.
Tal vez los argentinos atormentados por el peso de los intereses de las deudas que tienen pendientes podrían considerar la posibilidad de pensar out of the box para resolver su problema con alguna de esas formas tan originales de cumplir con los compromisos asumidos. Almas, libras de carne, clásicos de la literatura universal y órganos quizá sean del agrado de sus acreedores. Será cuestión de proponer un plan de pago satisfactorio. Seguiré investigando.
