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Mujeres al borde de un ataque de ira

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Alejandro Lingenti

Furia 
Creadora: Elizabeth Meriwether
Intérpretes: E. Rossum, L. Petticrew, Q. Tyler Bernstine, S. McNairy, S. Way, J. Lacy
Disney+

Herida. Rossum interpreta a una agente del FBI marcada por una relación abusiva.

Foto: Prensa

Furia empieza como un thriller, pero de a poco va transformándose en otra cosa. Elizabeth Meriwether (The Dropout, Morir de placer) se apoya en algunos códigos del policial para plantear un interrogante ambicioso: ¿qué ocurre cuando las instituciones encargadas de impartir justicia se han amoldado a la convivencia con aquellos que pueden comprar su impunidad?

La serie pone frente a frente a dos mujeres: Alice Black (Emmy Rossum), una agente del FBI marcada por una relación abusiva, y Catherine (Lola Petticrew), una joven que seduce y asesina a hombres ricos vinculados con distintas formas de explotación sexual.

Las dos han conocido la violencia masculina de primera mano e intentan recuperar el control de sus vidas, aunque hayan elegido caminos diferentes.

A primera vista, Catherine podría perfilarse como una heroína vengativa. Su raid de violencia puede resultar puramente catártico y hasta seductor, pero la serie no se toma el tema a la ligera: se pueden entender las razones de su «furia», pero eso no equivale necesariamente a absolver sus actos.

El mundo posterior al caso Epstein resulta fundamental para entender esta ficción. Los hombres poderosos no son monstruos inexplicables, sino beneficiarios de una estructura consolidada: dinero, abogados, acuerdos de confidencialidad, silencios comprados y víctimas cuya credibilidad puede destruirse. Los esquemas que conoce tan bien una figura medular y simbólica de esta época, el inefable Donald Trump.

Durante décadas, el thriller convirtió el cadáver femenino en combustible narrativo para las investigaciones de hombres atormentados. Aquí son las mujeres las que observan, investigan, sufren, se equivocan y ejercen también la violencia. No aparecen como un bloque moralmente superior: están heridas, enfadadas, son contradictorias y a veces desagradables. La serie les concede una visible complejidad, algo más interesante que la ejemplaridad.

También por eso su aproximación a la masculinidad tóxica evita, en sus mejores momentos, convertirse en un catálogo de villanos. La violencia puede manifestarse como agresión física, pero también como derecho adquirido sobre el cuerpo ajeno, desprecio, coerción o complicidad silenciosa. La cuestión no pasa tanto por dividir a hombres y mujeres entre culpables y víctimas, como por observar qué hace cada personaje cuando debe moverse dentro de una estructura que protege a los poderosos.

Esa zona gris alcanza también a los roles secundarios. Nora (Quincy Tyler Bernstine), veterana agente del FBI y superior de Alice, alcohólica y curtida en el terreno de los delitos sexuales, termina enfrentándose a su jefe y a una estructura de corrupción que conoce demasiado bien. El agente Danny Kelly (Scoot McNairy), amigo de Alice y enamorado de ella contra viento y marea, introduce otra masculinidad posible: la de quien acompaña sin pretender apropiarse de su dolor.

Las actuaciones son pilares indiscutibles de la trama. Emmy Rossum convierte la trabajosa contención de Alice en una forma de tensión permanente y Lola Petticrew consigue algo todavía más difícil: hacer fascinante a Catherine sin reclamar la aprobación del espectador.

Entre ambas circula la verdadera electricidad de Furia, que a primera vista puede parecer una vindicación de la venganza, pero en verdad se pregunta qué clase de sociedad puede convertir la justicia por mano propia en una fantasía tan poderosa y por qué, en 2026, resulta inmediatamente reconocible. Su gran hallazgo consiste en transformar la ira femenina no en una consigna, sino en un problema moral. Y dejar al espectador atrapado dentro de él.

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