8 de octubre de 2026
La periodista Nora Bär cuestiona el brutal ajuste sobre investigadores y universidades y el desmantelamiento de un sistema construido durante décadas. También reflexiona sobre qué significa envejecer en una sociedad atravesada por la incertidumbre.

La entrevista es cordial. La entrevistada es vital, apasionada. Pero su tono es metódico, didáctico, amable y sereno. Hasta que Nora Bär, una de las periodistas científicas más reconocidas de la Argentina, frunce el ceño, mira fijo y, sin perder elegancia, dispara: «En materia de Ciencia nunca, en los últimos cuarenta o cincuenta años, se vio algo como esto. Nunca». Y sigue: «Es algo realmente atroz. Te produce incluso dolor físico ver cómo se conspira contra algo que forma parte de nuestra identidad. La ciencia y la educación son parte de nuestra identidad y de nuestro orgullo».
Sobre la mesa reposa su último libro, La nueva gerontolescencia. Hablará de eso, pero no puede, ni quiere, dejar de tomar partido. Otro de sus sellos.
–¿Qué tan grave es la situación de la ciencia argentina?
–Si uno mira los números, el país está invirtiendo hoy, y según el presupuesto 2027, el menor porcentaje del PBI en ciencia desde que se comenzó a llevar registro de ese dato. Y lo peor es que esto está provocando una emigración masiva de investigadores jóvenes. Se van los investigadores que están haciendo el posdoctorado, es decir, científicos ya formados que se encuentran en el mejor momento de sus carreras, cuando son más productivos.
«Se van los investigadores que están haciendo el posdoctorado, es decir, científicos ya formados que se encuentran en el mejor momento de sus carreras, cuando son más productivos.»
–La asfixia económica parece decisiva, ¿no?
–Los científicos están ganado ahora un 40% menos que en 2023. Y eso que en 2023 tampoco estaban en el paraíso. Te encontrás a cada paso con investigadores e investigadoras que, por ejemplo, trabajan de pintores de casas los fines de semana. Muchos hacen trabajos adicionales o utilizan plataformas tipo UBER para poder llegar a fin de mes. Y las universidades privadas más importantes, como la Universidad de San Andrés o la Universidad Torcuato Di Tella, se están llevando a profesores destacados de la UBA, porque les ofrecen tres veces más de sueldo.
–La vida, y también el derecho a estudiar y aprender, reservada a los que tienen plata para pagar…
–Claro. Están sometiendo a nuestros científicos a un desdén y a un maltrato que constituyen una falta de respeto. El subsecretario de Políticas Universitarias (Alejandro Álvarez) no sabe ni hacer las cosas más básicas y los trata como si fueran personas sin formación. Somos el país que tiene al CONICET, el mejor organismo estatal de toda la región; ese país que desarrollaba reactores de investigación y los vendía en competencia internacional, incluso ganándole a Estados Unidos; el país que construyó fábricas de radioisótopos en la India y desarrolló satélites; el único país de América Latina que produjo una vacuna contra el COVID. Nosotros tenemos muchísimos talentos y una tradición que no se construye en dos días. Sin embargo, la estamos rifando y dejando que se destruya día tras día.
«Te encontrás a cada paso con investigadores e investigadoras que, por ejemplo, trabajan de pintores de casas los fines de semana. Muchos hacen trabajos adicionales o utilizan plataformas tipo UBER para poder llegar a fin de mes.»
–La ciencia se desarrolla en cada página, en cada párrafo de tu último libro. No hay un dato que no tenga su respaldo, su fuente. ¿Qué es la gerontolescencia?
–Una vez, hablando con Alexandre Kalache, especialista brasileño en envejecimiento, me dice que no le gustaba ya hablar de vejez sino de «gerontolescencia». La vejez es hoy como una nueva adolescencia, un momento en que uno puede plantearse nuevas metas, perseguir otros sueños. En tiempo en el que uno se encuentra con un nuevo amanecer, con un nuevo despertar a la vida.
–¿Por qué envejecemos? En el libro citas a San Agustín: «¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé. Si alguien me lo pregunta, no lo sé».
–La vejez no es solo el paso del tiempo. Hoy no se conocen bien los mecanismos, hay un montón de hipótesis. Algunos dicen que es porque las células empiezan a tener errores cuando se copian, otros porque se gastan los telómeros, que son las puntitas de los cromosomas. No se puede explicar solo por el uso de los órganos, como si nuestras células fueran un zapato que se gasta y que al final hay que reemplazarlo, porque nosotros también usamos nuestros huesos y sin embargo cada once años tenemos un esqueleto nuevo. Hay algo en nuestro organismo que hace que ese proceso fisiológico de reparación que se da mientras uno está creciendo y después en la madurez, empiece a no generarse. Ahora se habla mucho de un proceso de inflamación crónica subclínica, o sea una inflamación que no da signos visibles, pero es lo que puede contribuir a que aparezcan las patologías no transmisibles propias de esta edad que es después de los 60.

«El estrés es un gran conspirador en contra de un envejecimiento saludable. Se necesita no solo todo lo material, sino también todo lo emocional, lo psicológico.»
–¿Podremos algún día evitar envejecer? Dice el libro que prolongar la salud es algo más realista, lograr enlentecer la vejez está más lejano; revertirlo, aún más.
–Eso lo dice el profesor Manuel Serrano, un experto en la materia. Sabemos que el premio Nobel Shinya Yamanaka descubrió que era posible reprogramar una célula adulta y llevarla nuevamente a un estado pluripotencial, es decir, a un estado similar al de una célula embrionaria, capaz de dar origen a los distintos tejidos del organismo. Para conseguirlo, basta con modificar la actividad de cuatro genes. Este descubrimiento abrió un enorme campo de posibilidades que hoy conocemos como medicina regenerativa. Serrano se pregunta: si es posible reprogramar y rejuvenecer una célula, ¿por qué no intentar aplicar una estrategia similar para rejuvenecer un órgano entero o incluso un organismo completo? Experimentó con ratones y demostró que determinadas características asociadas al envejecimiento podían ser revertidas mediante reprogramación celular. Pero falta todavía mucho, mucho.
–Volviendo al principio, ser científico en Argentina es difícil. Pero ser viejo es muchas veces una odisea…
–Cuando uno habla de una vejez saludable, creativa, donde vos podés desplegar todas tus posibilidades y mantenerte en buen estado, a lo que uno se refiere y a lo que uno aspira es a que podamos disfrutar de la vida. La Organización Mundial de la Salud dice que estar sano no es la ausencia de enfermedad sino un bienestar completo, integral. Si vos no podés comprar tus remedios, tu comida, si no tenés acceso al cuidado médico, desde ya que no podemos hablar de una vejez saludable.
–Hablamos de ingresos, de posibilidades económicas.
–Sí, pero, además, esta incertidumbre en la que vivimos, en la que no sabés en qué momento te vas a quedar sin poder comer, no sabes si te van a sacar los medicamentos, los subsidios, no sabés en qué momento te viene una norma gubernamental y se queda con los pocos ahorros que a lo mejor todavía te quedan en el banco, no sabes cómo afrontar las deudas que tomaste a lo mejor para pagar la luz y el gas. El estrés es un gran conspirador en contra de un envejecimiento saludable. Se necesita no solo todo lo material, sino también todo lo emocional, lo psicológico. Hay un estudio que dirigió Agustín Ibáñez, neurocientífico argentino, en donde se analizaron decenas de miles de resonancias magnéticas cerebrales en nuestra región: hay un envejecimiento más acelerado que en otras regiones con ciertas cuestiones ya superadas.
«Por supuesto, uno no puede pretender ser a los 60, 70, 80 igual que un chico de 15 o de 20, cambia la sexualidad, pero no quiere decir que no se pueda seguir ejerciendo.»
–La vejez está llena de tabúes… Vos hablas de ellos y entre los más significativos está la actividad sexual.
–Claro, es un tabú que no debería existir. No es cierto que los mayores llegan a los 60, 65 años y chau, bajan la cortina, dicen «esto no existe más». Algunos pueden seguir ejerciendo la sexualidad genital, otros tal vez no, algunos quieren y otros no quieren, no les importa, algunos lo extrañan muchísimo, pero lo que dicen todos los especialistas es que primero hay que hablar de eso, porque si no es un motivo de mucha frustración, de mucha angustia. Por supuesto uno no puede pretender ser a los 60, 70, 80 igual que un chico de 15 o de 20, cambia la sexualidad, pero no quiere decir que no se pueda seguir ejerciendo, a lo mejor transformada en caricias, en estímulos, utilizando objetos, utilizando la imaginación, la variante que uno elija.
–Lo viejo funciona, Nora.
–(Sonríe) Por supuesto. Necesitamos transformar la mirada social, porque hay mucho estigma con la vejez. Decir «viejo» es insultar. A mí, cuando me quieren insultar, me dicen «vieja», «vieja tal por cual», pero primero, vieja. La misma palabra entraña el desamor que hay en nuestra sociedad por las personas mayores, las que ya no son productivas para el sistema capitalista. Hay que revertir eso antes que nada.
