12 de octubre de 2026
Mientras el género crece a escala global, un destacado grupo de realizadores locales apuesta a los demonios, los fantasmas y los muertos vivos para conquistar al gran público. Enfoques e influencias.

Camino al Oscar. «La virgen de la tosquera», de Casabé, inspirada en cuentos de Enríquez.
Foto: Prensa
«Igual que en todo el mundo, el cine de terror en la Argentina está en alza», afirma Laura Casabé. La directora filmó La virgen de la tosquera, elegida para representar al país en los próximos premios Oscar. Está inspirada en dos cuentos de Mariana Enríquez, probablemente la escritora argentina más importante del momento, especializada en la vertiente literaria del género. Para Casabé, el presente es promisorio. Dice que la producción «pudo traspasar el nicho y llegar al público general». Y cree que «se está empezando a entender que el terror es un lenguaje interesante para hablar de los dramas humanos íntimos, personales y colectivos, algo catártico y que da confort».
El país tiene una larga tradición de fantasmas, demonios, muertos vivos y otras criaturas escalofriantes en distintas disciplinas. Los memoriosos recuerdan el trabajo de Narcizo Ibáñez Menta en la televisión, pero en los últimos años abundan los ejemplos. La celebrada Cuando acecha la maldad (Demián Rugna, 2023) es un caso paradigmático de cómo las buenas ideas y el oficio obtenido luego de años de autogestión pudo aprovechar su oportunidad. Hay otros casos: La frecuencia Kirlian, de Cristian Ponce, comenzó como una serie web y en 2025 derivó en una película gracias al boca a boca y la comunidad de seguidores que forjó a su alrededor.
En los últimos tiempos se construyó una extensa red de festivales dedicada al terror y los géneros aledaños, con el Buenos Aires Rojo Sangre como epicentro, pero con émulos en muchísimas provincias. Fuera del país, personalidades como Andy Muschietti alcanzan en Hollywood la dirección de franquicias importantes como It. Mientras que Cristian Bernard escribió y filmó en España la recientemente estrenada Bajo tus pies. En el terreno de las series, Mis muertos tristes llegó a la pantalla de Netflix bajo la dirección del chileno Pablo Larraín. Filmada en el país y protagonizada por Mercedes Morán y Dolores Fonzi, también está basada en relatos de Enríquez.
Para Rugna hay una escena de terror «bastante fresca», que está «dejando atrás el refrito» de las clásicas franquicias extranjeras y que deja el campo abierto para que aparezcan films «más de autor», realizados por gente joven. Esto sucede no solo en el país, sino también afuera. La sustancia, protagonizada por Demi Moore, es un buen ejemplo de cómo el «body horror», antes un subgénero muy de nicho, supo conquistar al gran público para convertirse en una propuesta taquillera.

Taquillera. «Cuando acecha la maldad» le permitió a Rugna desplegar todo su oficio.
Foto: Prensa
Historias genuinas
«El público no le da la espalda a la producción nacional, lo que sí pasa es que no se entera, porque no llega a las salas comerciales o llega en un horario perdido», observa Pablo Sapere, histórico organizador del Buenos Aires Rojo Sangre. El año pasado publicó No abras nunca esa puerta, un ensayo sobre el cine fantástico y de terror con sello local. «El gran tópico que recorre la producción del siglo pasado es la temática gótica», plantea. «Es un tipo de cine que no es muy explícito en mostrar al monstruo, pero que va construyendo una situación terrorífica a partir de los climas, de las sensaciones, la iluminación y una cuestión opresiva que transcurre a lo largo del film», explica.
Sin embargo, en los albores de este siglo, señala Sapere, se produjo un quiebre. «Lo que vivimos ahora es un movimiento de personas que se lanzaron a producir películas con muy pocos recursos, pero con muchas ideas y mucha cultura del género. Entonces eso explotó por los aires y lo que prima ahora es la diversidad», ahonda.
¿Alcanza para decir que hay un estilo argentino de hacer terror? Rugna no está seguro. Para Casabé, en cambio, sí. «Yo creo que hay una forma argentina de narrar, de hacer películas, de hacer literatura, porque estamos parados en este este lugar y atravesados por el cristal de haber nacido acá y de tener esa estructura emocional e idiosincrática, por las angustias colectivas de vivir en esta parte del mundo», considera la directora.
Casabé agrega que esta corriente creció en la orilla del canon de la cinematografía nacional. «Tuvimos que aprender muy desde el lugar marginal y de guerrilla, fue la forma que encontramos para hacer las películas que queríamos. Por suerte ahora hay una mayor validación del cine de terror», concluye.
Por su parte, Rugna considera que lo que prima es la heterogeneidad. «No siento que haya un estilo argentino», dice. «Es como si pretendiéramos contar todo el tiempo, no sé, la historia de la luz mala, sería muy aburrido», desliza. «Sí te podría decir que hay una camada de realizadores que hemos sido muy influenciados por el cine norteamericano, en base a las películas fantásticas que veíamos. Y es parte también de nuestro aprendizaje y creo que, de a poco, se va a ir catalizando hacia historias más propias, más genuinas».
Para lograrlo, sin embargo, faltan espacios y posibilidades. Aunque nunca fue un objeto predilecto de los subsidios del INCAA, en el sector también lamentan la situación actual del Instituto. El terror, sobre todo por sus requerimientos técnicos, puede ser particularmente caro. Las que asoman como opciones son las plataformas de streaming, tanto las que se conocen aquí como otras del resto del mundo (Shudder, por caso, que no está disponible aquí, pese a que recibe con brazos abiertos a los cineastas argentinos). El desafío, en todo caso, pasa por las condiciones que eso supone. ¿Promueven la estandarización? ¿Son una oportunidad para producir en buenas condiciones materiales? ¿Permiten llegar a grandes audiencias? El fenómeno es incipiente y sus exponentes se debaten entre el optimismo y las prevenciones. El objetivo de fondo está más que claro: el deseo de dar un buen susto a los espectadores.
