14 de octubre de 2026
Hace 80 años, el jerarca nazi mordió una cápsula de cianuro y evitó la horca que lo esperaba tras ser juzgado por crímenes contra la humanidad. Los interrogantes incómodos que dejó un proceso histórico.

En el banquillo. Fue uno de los pilares del régimen genocida. El asesino escapó al castigo en la horca suicidándose horas antes de ser ejecutado.
Foto: Getty Images
Hay fechas que condensan algo más que un acontecimiento. El 15 de octubre de 1946 es una de ellas. En la prisión de Nuremberg, Hermann Goering ‒que había sido designado sucesor de Hitler‒ mordió una cápsula de cianuro y evitó la horca que lo esperaba antes del amanecer. Tenía 53 años. Había sido el hombre más poderoso de Alemania después del Führer, el creador de la Luftwaffe y uno de los pilares del régimen nazi. Eligió morir por su propia mano antes que aceptar el veredicto de un tribunal que, por primera vez en la historia, juzgaba a dirigentes estatales por crímenes contra la humanidad.
Goering no era un monstruo en el sentido en que solemos imaginar a los monstruos. No era una criatura salida de una pesadilla. Había nacido en 1893 en una familia acomodada, había combatido en la Primera Guerra Mundial y había sido un héroe de la aviación alemana.
Como tantos hombres de su generación, la derrota de 1918 y la crisis de la República de Weimar marcaron profundamente su trayectoria.
Se afilió al partido Nazi en 1922 y participó en el fallido golpe de Múnich al año siguiente. Cuando Hitler llegó al poder, Goering ya formaba parte de su círculo más cercano. Acumuló cargos e influencia: presidente del Reichstag, ministro del Interior de Prusia, jefe de la Aviación y responsable del Plan Cuatrienal. Era una figura extravagante, amante del lujo, de las condecoraciones y de las obras de arte saqueadas en toda Europa.
Detrás de esa imagen teatral se encontraba uno de los arquitectos del terror nazi. Participó en la consolidación del aparato represivo, impulsó la persecución de los opositores y firmó la orden que puso en marcha la organización administrativa de la llamada «solución final». Fue una pieza central de un régimen que condujo a Europa a la guerra y al genocidio.
Crímenes sin fronteras
Los juicios de Nuremberg comenzaron el 20 de noviembre de 1945 y concluyeron en octubre de 1946. Por primera vez, un tribunal internacional integrado por jueces de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y la Unión Soviética juzgó a los principales dirigentes de un Estado derrotado por crímenes de guerra, crímenes contra la paz y crímenes contra la humanidad.
No fue un proceso perfecto. Hubo fuertes discusiones jurídicas sobre la responsabilidad individual, la obediencia y la aplicación retroactiva de ciertas figuras penales.
Todo eso es cierto, pero también es cierto que Nuremberg marcó un punto de inflexión. Allí se afirmó la idea de que existen delitos que trascienden las fronteras nacionales y que ningún Estado puede ampararse en su soberanía para justificar la barbarie. Allí comenzó a tomar forma un lenguaje jurídico y moral que influiría en los tribunales internacionales posteriores y en la propia noción contemporánea de derechos humanos.
Nuremberg fue además una forma de construir memoria. No solo se trataba de castigar a los responsables, sino también de establecer públicamente qué había sucedido y quiénes habían sido sus autores.
Los juicios son importantes porque ponen palabras, pruebas y responsabilidades allí donde suelen aparecer la negación, el silencio o la relativización.
Goering fue el acusado más prominente. Hitler, Goebbels y Himmler ya estaban muertos. Durante el juicio se mostró desafiante, irónico y seguro de sí mismo. Discutía con los fiscales, intentaba presentarse como un estadista y negaba conocer el alcance de los crímenes del régimen. Decía haber servido a Alemania. Se veía a sí mismo como un patriota.
El tribunal lo condenó a muerte. Pidió ser fusilado y el pedido fue rechazado. Entonces, pocas horas antes de la ejecución, logró suicidarse con una cápsula de cianuro que había ocultado. Fue una última afirmación de orgullo y también una forma de fuga. No pidió perdón. No reconoció su responsabilidad. No mostró arrepentimiento.
La pregunta por la sociedad
Nuremberg juzgó a 22 hombres. No juzgó a una sociedad, pero la pregunta por la sociedad alemana permaneció abierta. El nazismo no se sostuvo únicamente por la voluntad de sus dirigentes.
También necesitó apoyos, complicidades, indiferencias y silencios.
Hubo resistencia, sin duda. Hubo víctimas y opositores, pero también hubo millones de personas que acompañaron al régimen, se beneficiaron de él o simplemente continuaron con sus vidas.
¿Cómo se impone la barbarie? Rara vez en un único y rutilante acontecimiento. Más bien se trata de pequeños actos de adaptación.
Mediante la naturalización de lo intolerable. A través del miedo, de la conveniencia o de la indiferencia.
Esa es una de las enseñanzas más incómodas de Nuremberg. No que existieron monstruos irrepetibles, sino que las sociedades pueden acostumbrarse a convivir con la injusticia. Años después, a propósito del juicio a Adolf Eichmann, Hannah Arendt habló de la «banalidad del mal» para describir a quienes ejecutaban políticas criminales sin reflexionar sobre sus consecuencias. La fórmula es útil porque nos recuerda que el horror puede presentarse bajo formas ordinarias.
Han pasado 80 años desde aquel octubre de 1946. Alemania es hoy una democracia consolidada. Existen memoriales, museos y políticas públicas dedicadas a preservar la memoria del Holocausto.
Sin embargo, las condiciones que hicieron posible el ascenso del nazismo no han desaparecido por completo. El resentimiento social, los discursos excluyentes, el racismo, la búsqueda de enemigos internos y la desconfianza hacia las instituciones siguen formando parte de nuestro mundo.
El contexto es diferente. Las tecnologías digitales fragmentan las experiencias colectivas y aceleran la circulación de mentiras, prejuicios y agresiones, pero la pregunta de fondo continúa siendo la misma: cómo evitar que determinadas formas de intolerancia se vuelvan normales.
Si Nuremberg dejó una lección duradera es que la barbarie no constituye una anomalía imposible, sino una posibilidad siempre latente. Depende de decisiones humanas, de responsabilidades concretas y de la capacidad de las sociedades para establecer límites.
El 15 de octubre de 1946 Hermann Goering se suicidó en su celda.
No pidió perdón. No se arrepintió, pero dejó tras de sí una pregunta que sigue abierta y que cada generación debe responder por sí misma.
¿Qué hacemos nosotros con eso?
