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El reino de Fu Sang

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Eduardo Blaustein

Dice María Moreno en el prólogo de esta novela editada por Salta El Pez: «La distopía está de moda. Eduardo Blaustein, en cambio, se ocupa de lo contrario, la utopía, rescatándola de su reciente sentido de sueño imposible, de revolución perdida o traicionada, devolviéndola a su sentido original de sociedad igualitaria y feliz». Blaustein fue periodista en distintas publicaciones: El Porteño, Página/12, Veintiuno, Crítica de la Argentina. Su primera novela, Cruz Diablo, de 1997, recibió el Premio Emecé Argentina. También es autor de El Pichi. O la revolución de los frágiles (Marea Editorial, 2016) y Las estrafalarias aventuras del santo padre Castañeda (2018).

Foto: Juan Quiles

You know the place where nothing is real
Se avistaron planetas. Los fueron tanteando. Se acercaron. Se los examinó desde lejos o desde cerca.
La mayoría eran o demasiado jóvenes, o demasiado gaseosos, o demasiado muertos, o inútiles, o inhóspitos.
Estudiaron de cerca el planeta de los gorriones de tres cabezas angustiadas.
El de los cefalópodos que comían alfajores estudiando teología.
El de las Formas Energéticas Fumadas que no paraban de reírse.
Encontraron un planeta de barro, tristísimo. Allí todo eran trincheras inundadas, soldaditos muriendo de frío y disentería, mulas muertas podridas con ratas royendo sus intestinos. El planeta de barro estaba envuelto en un halo quieto de gas mostaza que hacía agonizar combatientes y caballos. Había nubes grises pesadas perpetuas, niebla y humo. Resplandores de cañonazos silenciosos.
Dieron con otro planeta cinco veces mayor que la Tierra habitado por homo Sapiens sapiens cinco veces mayores que los de la Tierra. En beneficio de la ciencia y la salud vivían entregados a experimentar con Sapiens sapiens cinco veces más chicos. Los criaban en bioterios gigantescos para ensayar vacunas antivirales. Así como en los laboratorios de la Tierra se mataba a escala ratones nude –ayunos de pelo– dejándoles agarrarse de las rejas de las jaulas para luego tirar de sus colas (y con una pinza apretarles la nuca hasta quitarles la vida), del mismo modo estos Sapiens sapiens grandotes les retorcían el pescuezo a los hombres pequeños en escalas de millones, tal como los hombres pequeños del planeta madre lo hacían con ratones y gallinas.
Llegaron a una región del espacio donde la flota quedó detenida, sin poder moverse, sin poder hacer la menor maniobra. Lanzar fueguitos para impulsarse no daba resultado.
Era una zona algodonosa en que las naves quedaron atrapadas en hebras largas, ondulantes, blancas, como de telarañas. Mar de los sargazos. Una esfera oceánica en el espacio con calma chicha y sin salida. Examinándolas durante días supieron que las hebras blanquecinas creaban un efecto magnético y centrípeto que impedía el avance de los cruceros.
Miles de tripulantes debieron salir al vacío con sus trajes de astronauta munidos de tijeras de podar, para cortar las hebras. En los brazos mecánicos se montaron carreteles enormes. Haciendo girar grandes manivelas de acero fueron recogiendo hilo.
Cuando esa región quedó relativamente despejada –flotaban aún restos de tejido, como algas– vieron que aun así los fueguitos lanzados por los motores apenas si impulsaban a la flota.
No es algodón, es seda, dijeron.
Lo que acabamos de cortar con nuestras tijeras de podar es o era la Cortina Prodigiosa de Seda Celestial que oculta al reino de Fu Sang, concluyeron mucho más arrepentidos que eufóricos. Asustados por haber podado la cortina en lugar de correrla.
Es la última señal, confiaron. Confiemos.
Para poder traspasar esa región del espacio debieron afanarse.
Lo primero fue bajar a una de las cubiertas inferiores en cada nave, dar con decenas de remos como de quinientos metros de largo, ensamblarlos, hacerlos pasar por decenas de escotillas que daban al espacio e instalarlos en las grandes chumaceras adosadas en los flancos de los cruceros.

Lo segundo fue enseñar a miles a sentarse adecuadamente en sus bancos, empuñar bien los remos y aprender a manejarlos.
Lo tercero fue ponerse arneses y remar en el espacio.
Para marcar el ritmo de los movimientos colectivos de los brazos hacia atrás y adelante se golpearon tambores mayores adornados con dragones rojos. Para establecer pausas, se usaron gongs.
Con enorme esfuerzo las naves comenzaron a moverse, solo que lentas.
¡Es como el viaje por mar del monje Hui Shen hacia el reino de Fu Sang!, se dijeron dándose ánimos.
Al ritmo marcado por los tambores mayores y los gongs los remeros iban gritando o cantando:
¡Fu Sang! ¡Fu Sang! ¡Fu Sang! ¡Fu Sang!
Con un breve silencio entre Fu y Sang, el necesario para empujar los remos que brotaban de las quince naves.
Lo siguieron intentando durante días, sudorosos, rotando remeros.
¡Fu Sang! ¡Fu Sang! ¡Fu Sang! ¡Fu Sang!
Pero las naves se movían lentas, lastimosamente. A esa velocidad por el espacio no iban a llegar a ningún lado.
Las quince telépatas introdujeron más fuerza y coraje en las mentes de los miles de remeros de las quince naves.
¡¡Fu Sang!! ¡¡Fu Sang!! ¡¡Fu Sang!!
No había caso. Muy lento.
Ni rezando a los dioses celestiales por cada palada en el espacio profundo.
Cuando el esfuerzo de los miles de remeros parecía inútil aparecieron decenas de Beatles volando en el espacio. Lo hacían como Supermanes, aunque más parecidos a cientos de Lucys in the Sky with Diamonds.
Atravesaron el casco exterior de las quince naves y en sus inmensas cavidades resonó una vibración profunda y general de mamparas que marcaba este sonido preciso y sincopado:
Shhhht’kt turukúuuummm’a.
Shhhht’kt turukúuuummm’a.
Acento en Shhhht’kt y un redoble de batería. Las decenas de Beatles se aparecieron cantando Come Together. De nuevo:
Shhhht’kt turukúuuummm’a.
Shhhht’kt turukúuuummm’a.
Here come old flat top
He come groovin’ up slowly
He got ju-ju eyeball
He one holy roller
He got hair down to his knee
Got to be a joker
He just do what he please.
Entraron cancherísimos por los pasillos de cada nave que separaban a los remeros, en fila india y por cuartetos encabezados siempre por Johns, que eran los que cantaban. Paul, o los Pauls, cantaba la voz grave. Todos, decenas de Beatles, dando pasitos de Folies Bergère, contoneándose como vedettes, envueltos en estolas de piel. Hubo una ovación general en el espacio lanzada por algo menos de 120.000 almas más otras 8.000, más aplausos y pataleos mentales rabiosos venidos de los otros miles de nichos aún ocupados.
Ahora sí, eufóricos, con nuevas fuerzas, remaron como furias pasando del gong y los tambores mayores al otro ritmo funky de Come Together.
A las doce horas de remar y remar dejaron atrás la región de espacio pegajoso. Cuando se probaron los motores, los motores funcionaron. No hicieron fueguitos, hicieron fuegazos. Las quince naves se lanzaron a una velocidad inconcebible. Dejaron los remos flotando en el espacio para abrazarse entre hurras dichos en cincuenta idiomas.
Aceleremos, aceleremos más.
Quince cabezas de telépatas telepatean mejor que una. Fue de a quince que percibieron en lo remoto y con sus mentes aromas de bosques de bambú, hojas secas de otoño quemándose, el humo de leños ardiendo en un hogar, la imagen del té que preparaba una familia campesina en una pava de hierro negro.
Cada telépata, desde lo más alto de cada domo transparente, se puso a estudiar el espacio profundo. Lo escudriñaron a través de huevos de jade.
Ahí está, dijeron.
Algo encontraron los sistemas de detección días después. Sonidos. Sonidos y ondas de radio producidas por relámpagos descomunales.
Palpitaciones masivas en las quince naves.
Al fin lo vieron los telescopios. El geoide era algo mayor que la Tierra. Grandes tormentas, mares azules, continentes envueltos en nubes cobrizas. Algo más rodeaba al planeta: anillos y lunas. Intercambiaron informaciones cautelosas entre los cruceros: anillos, lunas y planetas no suelen llevarse bien, compiten sus fuerzas de gravedad. Más ansiedad, más palpitaciones.
En la Mao, para mejor serenidad colectiva, alguien puso una sonata para oboe y bajo continuo de Telemann.
Para llegar solo faltaban unos pocos centenares de miles de kilómetros.
Hubo entre los despertantes quienes optaron por dormirse con kilos de ansiolíticos encima y esperar el final hundidos en el sueño. Otros se aferraban a las balaustradas de los balcones que daban al espacio o trepaban a lo más alto del domo.
Los tripulantes no, firmes en los timones, el puente de mando, las salas de motores. Las telépatas, con sus catalejos de jade.
No fue fácil maniobrar en las cercanías por la cantidad de lunas y el rotar de los anillos. Las fuerzas gravitatorias del planeta, jugando con las de sus satélites y anillos, zarandeaban a la flota de manera caprichosa, ilógica. Alguien ordenaba todo a babor y la nave que fuera viraba a estribor o escoraba.
Estuvieron a punto de alejarse y buscar otra vía de ingreso cuando vieron cómo en el espacio se desplegaban, alzaban y abrían unas pinzas descomunales para servir terrones de azúcar. Las pinzas fueron tomando con delicadeza a cada nave. Primero una, luego otra, y así. Ya en la estratósfera, fueron depositadas en cucharitas de té colosales hechas de porcelana blanca y azul cobalto. A su vez, las cucharitas dejaron a las quince naves en tierra, cada una en un gigantesco platito de porcelana blanca y azul cobalto.
A modo de saludo a quienes fueran los locales, las portentosas bocinas de la flota hicieron temblar los anillos de Fu Sang.
No hubo respuesta. No habían visto ciudades mediante los telescopios.
La termosfera del planeta consistía en una marea constante de lluvia, nieve, granizo, polvo, piedras, tormentas y relámpagos. Abajo, cada media hora, se producía una aurora polar. Bien arriba los vientos viajaban a 1.000 kilómetros por hora.
No era caos. Siete lunas y los anillos danzaban al ritmo gratísimo del Tao y el juego de las diversas fuerzas de gravedad. Sabrían luego que el planeta y las lunas atraían y doblaban los anillos internos y que estos vibraban y se ladeaban según el movimiento de las mareas.
Bajo los cielos, quietas las naves, con los motores apagados, todo era paz. Con una temperatura exterior de 20 grados, sol magnífico y con los anillos proyectando sus sombras sobre la superficie. 
Ya habían descubierto que una de las lunas llevaba puestos unos géiseres que echaban chorros de veinte kilómetros de altura. Era el peso del planeta el que arrancaba el hielo interior de esa luna. De los anillos caía una lluvia perpetua de partículas de hielo ionizado que se deshacían en nieve finísima y tibia sobre prados ondulantes, bosques, campos cultivados y montañas rojas espolvoreadas. Las cumbres nevadas de las montañas se abrían como flores blancas merced a la fuerza de gravedad ejercida por las lunas. Fuego y humo de los volcanes ascendían hasta superar los cielos.
Más adelante sabrían otras cosas. Los océanos también se comportaban según el múltiple juego opuesto y armónico de las fuerzas de gravedad. Se levantaban en los mares olas de cuatrocientos metros y amenazaban con convertirse en tsunamis. Las olas subían, subían y subían aún más. Hasta que quedaban pendientes de sí mismas bien arriba, lo pensaban dos, tres, cuatro veces, permaneciendo inquietas o espléndidas, giraban en torbellino, luego en un torbellino inverso, hasta caer como montañas decepcionadas.
Los anillos eran atraídos de manera parcial, por arcos o secciones, ya fuera hacia el planeta o hacia alguna de las lunas. En un movimiento que era una maravilla de equilibrio y de Tao se acercaban gentiles a la superficie hasta casi rozar las ramas de los árboles. Luego se alejaban ondulando, rotando en torno de Fu Sang.
Sabrían con el tiempo: las gentes de Fu Sang –montadas sobre vagones hechos de cañas de bambú– usaban los anillos como viaductos velocísimos entre regiones y continentes. Así viajaban cargas, hombres, animales similares a carneros, vacas, yaks, cerdos, gallinas, gansos, faisanes y equinos.
Es hermoso, dijeron y seguirían diciendo los que acababan de llegar.
No había aeropuerto o base espacial en Fu Sang. Las quince naves quedaron a la espera sobre los platos de porcelana con las compuertas cerradas, a la vera de un río de aguas turquesa, con piedras redondeadas brillantes, rápidos y cascadas. En algunos tramos la vegetación se curvaba sobre las orillas.
Esperaron dentro de las naves. Pretendieron enviar mensajes por todo tipo de ondas o espectros radiales y nada. No aparecieron ómnibus u otro tipo de vehículos, ni siquiera de tracción a sangre. Pasaron la noche en las naves, sobre los platos.
Al amanecer decidieron abrir las compuertas. De lo profundo de cada nave salieron como de Egipto los pueblos errantes encabezados por las telépatas que hacían de Moisés. Quedaron cegados los pueblos por el sol y se atragantaron y lloraron con el 21 por ciento de oxígeno fresco y fragante. Pisaron perplejos y se tropezaron y desmayaron en los verdes prados poblados de innumerables flores ínfimas de color violeta. Sobre las flores se posaban abejas de alas celestes. Cada tanto detenían sus labores para cantar melodías ínfimas en coro. Los coros de las abejas, en enjambre suspendido, tomaban la forma de medialunas.
130.00 errantes caminaron conducidos por sus profetas de 17 o 18 años. En cabeza de la larga marcha se sumó la representación local que al fin fue a buscarlos. Era una única familia de rasgos chino-mongoloides, singularmente chatos y toscos, como tallados en una madera desgastada. La familia consistía de padre, madre, dos niñas mellizas que iban a lomo de mula, más un hermano mayor que tiraba sin esfuerzo de las riendas. No decían nada, solo sonreían. Desde el punto de llegada no se avistaban edificios ni ciudades. Atrás quedaron los quince platos de porcelana.

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