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Primera sangre

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Germán Maggiori

Germán Maggiori nació en Lomas de Zamora, en 1971. En 2001, su novela Entre hombres obtuvo el primer premio en el concurso La Resistencia/Alfaguara realizado en México. Sus cuentos integraron diversas antologías, entre las que se destaca Las Fieras. Antología del género policial en la Argentina, con selección y prólogo a cargo de Ricardo Piglia. En 2012 publicó el volumen de cuentos Poesía estupefaciente premiado por el Fondo Nacional de las Artes y en 2014 publicó su segunda novela, Cría terminal. Este relato pertenece a su último libro de cuentos, La rosca falseada, publicado recientemente por Ediciones del Camino.

La rosca falseada
Germán Maggiori

Como cada tarde, Berto Valente se encontraba acodado en el mostrador de estaño del almacén Santa Rita. Tomaba su copita de Pineral religiosamente, como se deben tomar los medicamentos. Mientras bebía el aromático brebaje, se solazaba en el espejo del fondo de la barra. Le gustaba la imagen que le devolvía, le gustaba ver al hombre hecho en el que se había convertido. Esos brotes de narcisismo, o fanfarronada tana, lo hacían sentirse invulnerable y hermoso. Berto Valente no era ninguna de las dos cosas. Era una persona con muchas debilidades, las mujeres y el juego, por ejemplo; y aunque su rostro era franco y armónico en sí mismo, su enorme cabeza impactaba por su desproporción con el cuerpo de mediano a pequeño en el que estaba articulada. Esta fatal desarmonía la compensaba haciendo un culto a su estampa. Era cuidadoso con los detalles, tenía estudiada hasta la forma de sostener la copita de licor, preocupándose de no proyectar demasiado el codo pero sin que el esfuerzo de la postura afectase la expresión siempre distendida del rostro, ni provocase tampoco la más mínima arruga en la pilcha, un terno cruzado, confeccionado a medida en sastrería M De Leo. El apego a estos detalles estéticos le valían tanto para combatir su asimetría cabeza-cuerpo como para convertirse en una fuente natural de atención, lo cual era bueno para los negocios y malo desde el punto de vista de los resentimientos que despertaba esta innovadora forma de la hombría y el liderazgo. Había un mensaje, una frase, un eslogan que su estampa comunicaba: Berto Valente era dueño de su propio tiempo, era uno de los nuevos propietarios –inquilinos al menos– del presente. 

Años atrás se había instalado con su numerosa prole en ese suburbio de Buenos Aires trayendo de Ancona su único patrimonio real: el hambre. Sin la voracidad, sin el tormentoso recuerdo cercano de la miseria, quizá no hubiera tenido el coraje o la inconsciencia de volverse primero tomador y pasador de quiniela, y al poco tiempo dueño de un próspero negocio de apuestas clandestinas del que era su capitalista. En aquellos primeros años la prohibición de la actividad era fuerte. Frente a la posibilidad cierta de verse obligado a descartar la libreta de las apuestas por la irrupción de una patota de vigilantes, el tener buena memoria lo era todo. El taquero, menos por hacer cumplir la ley que por su imperiosa necesidad de guita, ordenaba periódicas razzias a los garitos. Era como pescar en un acuario, en una sola pasada levantaba toda la recaudación diaria de los tratantes de blancas, los quinieleros, los que menudeaban cocaína y demás sarta de atorrantes y cafañas a los que la yuta desplumaba sin culpa. 

Berto Valente tenía un don muy preciado en el oficio. Su cabeza no guardaba proporción con su cuerpo, sino con su memoria. Él no necesitaba anotadores de ninguna especie, simplemente se acordaba de cada apuesta. Había desarrollado una regla mnemotécnica basada en la narración condicionada. Entre la primera y última apuesta construía un camino, un relato que las incluía y encadenaba. Por ejemplo, Cafarena, que vivía al lado del Santa Rita, era quien solía inaugurar la serie. Cuando Berto pasaba por el frente de su propiedad, generalmente a las tres y media de la tarde, después de la también religiosa siesta, Cafarena le chistaba desde el otro lado de la ligustrina, asomaba una mano por un hueco del alambre tejido, le pasaba el dinero de la apuesta y le decía en confidencia: «Son veinte al cero siete», digamos. Eso marcaba el comienzo del hilo narrativo, de la historia que se extendería a lo largo de la tarde y se iría bifurcando de distintas maneras según el patrón de las apuestas. 

Así, la postura de Cafarena era codificada, en el caso aludido, como: «Hoy Cafarena me contó que estuvo en una fiesta en la que jugaron a la ruleta rusa», donde «la fiesta», en la simbología escolacera, era el número veinte y equivalía a los veinte centavos moneda nacional de la apuesta, y la ruleta rusa era el cero siete, el revólver. Ahora, si el siguiente apostador que intervenía era, digamos, el viejo McKenzie que se había evadido un momento de su puesto de jefe de la estación de Adrogué del Ferrocarril del Sud para tomar un vaso de Hesperidina en el Santa Rita y tentar a la suerte apostando otros veinte centavos al noventa, entonces la historia continuaba: «El viejo McKenzie también había ido a la fiesta pero se había abatatado cuando le tocó su turno en la ruleta rusa». Otra vez, la fiesta, el veinte, era el monto a apostar y «el miedo» codificaba el noventa, el número a la cabeza. 

Al final de la serie, el último apostador era siempre él mismo, de esa manera despuntaba el vicio del juego y al mismo tiempo ataba su elección también a una lógica, a una dinámica narrativa, que unificara el sentido de la ficción con el de la experiencia real, con el acontecer diario. Por ejemplo, si hubiera tenido que cerrar el argumento abierto por las apuestas de Cafarena y McKenzie, allí mismo, mientras tomaba su Pineral digestivo en la barra del Santa Rita, parado junto al hijo de Iberra, habría tenido que apostar entonces veinte guitas al cuarenta y ocho, il morto qui parla. «Yo también fui a la fiesta, y vi como Iberra se desgraciaba en la ruleta rusa», habría dicho para cerrar la serie ficcional. 

Era evidente que Berto, como se suele decir, le había encontrado el agujero al mate. Su poderosa memoria e imaginación lo diferenciaba de los otros «guinches» que pululaban en las orillas. Él se consideraba mucho más sofisticado que ellos, «sotisficado» decía. En momentos como esos, era normal que lo asaltaran brotes de narcisismo, más aún si disponía, como ahora, de un espejo donde pudiera duplicar su autoestima. 

–La casa no fía, es una cuestión de forma –dijo Berto sin dejar de admirarse en el fondo de la barra.

–Lo que se deforma es su jeta después que se la tajee un poco –contestó Iberra al tiempo que sacó un cuchillo de hoja corta de atrás del pantalón.

A Berto Valente ni se le movió la cara. Iberra se quedó un tanto desencajado con la actitud displicente del tano cocoliche ese que le estaba ganando la parada en el almacén Santa Rita. Que el tipo no se hubiera ni siquiera dignado a mirarlo después de amenazarlo con el cuchillo era un feo insulto, pero tampoco podía apuñalarlo sin más, eso sería visto como una cobardía frente a los parroquianos que presenciaban el hecho. Y ni hablar de la cuestión legal, del homicidio frente a testigos en el que incurriría si actuaba por impulso. Los tiempos habían cambiado, ni su padre ni su tío, los temidos hermanos Iberra, hubieran reparado en la minuta legal cuando lo que estaba en juego era el honor. Hoy el honor ya no se defendía cuerpo a cuerpo sino con la intermediación de hábiles leguleyos. Ahora, este tendero italiano devenido en levantador de quiniela, en guinche, le faltaba el respeto en su propia casa, ninguneando su invitación a pelear. 

–¡Mirame cuando te hablo, carajo! –se impacientó Iberra.

Berto alzó el vaso con Pineral y se terminó lo que quedaba de un trago. Se miró una última vez en el espejo con el deleite de estar viendo ahí, en esa imagen, la cifra del futuro esplendoroso que creía representar en contraste a la encarnación del pasado agonizante que era el viejo Iberra apuntándolo con un cuchillito, ridículo con el sombrero chambergo y ese pañuelo borravino al cuello que hacía añares nadie usaba. Berto le sonrió a su imagen en el espejo como si de ese modo completaba la fantasía y recién entonces se volteó hacia Iberra.

–Guarde eso, que se puede mandar una macana, amigo. ¿Somos personas respetables o somos criminales? ¿Usted qué quiere que piensen los vecinos?

–Salga a la vereda, caballero. Esto se arregla de una sola manera, acá está en juego el honor –dijo Iberra en un intento por recuperar el aplomo y la solemnidad que él le confería al momento.

Berto se acomodó las solapas del saco, levantó la mano izquierda hacia el gallego que atendía el almacén y le hizo un gesto girando el dedo índice en el aire.

–Sírvame otra que ya vuelvo –dijo desdeñoso y altivo.

Atrás de ellos salieron los parroquianos que a esa hora estaban en el Santa Rita: Ancelmo Cafarena, Bruno Pratto –el más chico de los hermanos–, y un turista de Las Delicias que se pasaba las tardes leyendo en una mesa de la ochava del almacén. Los hombres se dispusieron enfrentados a pocos metros sobre el adoquinado rústico de la calle Quintana. Los testigos, según cuentan, se quedaron junto al cordón de la vereda reparados del bochorno del verano por la fronda de los plátanos. Los dos hombres, allí de pie, parecían formar parte de una escena anacrónica, recurrente y absurda. 

–Que sea a primera sangre –dijo Iberra balanceando el faconcito en la mano derecha.

–Que así sea –dijo Berto firme en su pose atildada de cajetilla.

–Oiga –reaccionó Iberra cuando el tano seguía sin sacar el cuchillo–, si necesita un arma…

–No hace falta, traigo –dijo Berto metiendo la mano abajo del saco y extrayendo un revólver calibre 32, marca Colt, con cachas de nácar.

–Caramba –llegó a decir en protesta Iberra.

Berto le descerrajó un tiro que le voló un dedo del pie derecho. Iberra arrojó el cuchillo como si le quemara y se contrajo entre gritos e insultos. Se tomaba el pie herido con ambas manos, daba saltos en una pata y chillaba sin pudor, indigno casi.

–Primera sangre –decretó Berto y guardó el revólver. Se volvió y caminó tranquilo hacia la entrada del Santa Rita. 

Dicen que pasó juntó a los tres hombres que habían presenciado el episodio sin mirarlos, como si no existieran. El chico Pratto y Cafarena se volvieron, también ellos, al fresco del interior del boliche. El joven lector de Las Delicias se demoró ante la imagen de Iberra que, sentado ahora sobre el adoquinado hirviente, intentaba taponarse con el pañuelo borravino el agujero en la alpargata por el que drenaba una sangre vil. «¿Dónde está el caballo de este buen criollo?» tal vez se preguntaba el joven Borges, allí de pie, sin decidirse a volver a su mesa en la ochava del almacén Santa Rita.

Foto: Alejandro Meter

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