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Cerca de la revolución

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Celeste Viedma

En este libro, Celeste Viedma –doctora en Ciencias Sociales y licenciada en Sociología por la UBA– pone en relación el legado intelectual de Carlos Matus con los debates sobre estilos de desarrollo ocurridos hacia los años 60 y 70 en América Latina y los desplazamientos en la producción matusiana de los años 80. Presentamos aquí un capítulo de esta interesante obra publicada por el Centro Cultural de la Cooperación. Viedma se desempeña actualmente como becaria posdoctoral del Conicet y como docente en la UBA.

Futuro, imaginación, utopía
Matus: utopía concreta y situación-objetivo

Desde el campo de los estudios del futuro, Matus puede ubicarse junto a Varsavsky y el Modelo Mundial Latinoamericano entre los aportes latinoamericanos a la realización de ejercicios prospectivos (Patrouilleau, 2022; Yero, 1993). Ellos se caracterizaron por explorar e imaginar diferentes futuros posibles, cuestionando la visión lineal del tiempo orientada a la predicción. En efecto, al inicio de su primera contribución a Dos polémicas, el chileno advierte que es necesario concebir el futuro de América Latina con una perspectiva «amplia, audaz e imaginativa», lo que implica la consideración seria de planteos que pueden parecer «idealistas o vagos» para una mirada más bien «convencional» (Matus, 1970a: 15). En el momento de presentar su tesis sobre el desarrollo horizontal-interior, Matus indica que debe ser leída con «sentido constructivo» (Matus, 1970a: 3) y precisa más adelante que, aun cuando existen teorías acerca de la «evolución» o «funcionamiento» de la economía, la elaboración de una teoría de la «construcción» económica está vacante (Matus, 1970b: 49). Recordemos: transformar la dirección del proceso de desarrollo requiere una mayor creatividad e imaginación que centrarse únicamente en la velocidad. De modo que el «sentido constructivo», la perspectiva «imaginativa», refiere a la posibilidad de crear un futuro diferente al que pueda proyectarse por la evolución de la situación presente. Esto nos permite detenernos en dos aspectos relevantes: en primer lugar, el modo en que la consideración matusiana de la creatividad y la imaginación le permite delimitar otras posiciones y, en segundo lugar, la manera en que considera la cuestión de la utopía. 

Tanto en Dos polémicas como en Estrategia y plan hallamos un modo de situar la propia posición en contraposición con otras, a partir de una relación singular entre historia, imaginación/creatividad y futuro. Así, Matus distingue «dos extremos» que resultan solidarios en dedicarse a meramente atestiguar el funcionamiento del sistema: de un lado, quienes confían en que sus «contradicciones» lo destruyan y, del otro, el «pesimismo ahistórico» de quienes lo conciben como imposible de transformar. En ambos casos, se trata de «proyecciones» que evidencian una perspectiva «carente de imaginación» (Matus, 1970c: 91). Posiciones similares serán delineadas hacia el final de Estrategia y plan, esta vez como dos «reacciones extremas» ante la planificación estratégica. Allí se observa, por un lado, la postura de los «idealistas» que consideran que su imagen-objetivo se encuentra «necesariamente en el camino de la historia» y, por el otro, la de los «derrotados» (Matus, 1972: 192), que no advierten viabilidad en ninguna transformación.

Ambas tienen en común la creencia de que el futuro tenderá a repetir el pasado y, por ello, son equívocas. Recordemos que la planificación estratégica constituye, precisamente, la apuesta por decidir sobre el futuro, de modo tal que se alcance un cambio ambicioso en la dirección, pero, al mismo tiempo, que pueda calcularse su viabilidad. De allí que, como señalamos, la viabilidad no es una cuestión estática, sino que se construye y, para construirla, resulta preciso explicar rigurosamente «las razones y medios por los cuales el plan podría “crear otra historia” diferente de la pretérita» (Matus, 1972: 88). Doble propósito entonces: que la imagen perseguida exprese una perspectiva imaginativa y realista al mismo tiempo. Es decir, que sea audaz, pero también viable. 

La última oración del libro afirma lo siguiente: «Mientras no se demuestre que alguna ley todavía no enunciada rige la evolución de la sociedad hacia un fin y una estructura determinados, toda imagen-objetivo será en cierta medida una utopía y toda estrategia, una posibilidad incierta» (Matus, 1972: 192). Pero también es preciso notar que, previamente, aparecía el requisito de que la imagen-objetivo no posea «carácter utópico» (Matus, 1972: 175). Existe, entonces, una suerte de tensión entre imagen-objetivo y utopía. Esta cuestión será retomada en Planificación de situaciones, donde el autor distingue entre utopía pura y utopía concreta. La primera, que el autor ejemplifica en Tomás Moro y Saint-Simon, entre otros, constituye «una creación al margen de las leyes de la transformación social» (Matus, 1980: 370). Pero la utopía no se agota en su tipo puro: «Por un lado la utopía es necesaria, porque así como las situaciones intermedias apuntan a la situación-objetivo, ésta debe, a su vez, dirigirse hacia alguna forma de utopía. Pero esta utopía debe ser posible, practicable, alcanzable por transformación escalonada de las situaciones, estar en el ámbito de alguna trayectoria real. El concepto «utopía concreta» es, pues, necesario, tanto más cuanto el hombre busca reencontrarse con cualquier forma de utopía» (Matus, 1980: 370; énfasis propio).

Observamos allí la incorporación de una utopía «posible, alcanzable», que resulta necesaria a la planificación, denominada utopía concreta, hacia la cual debe dirigirse la imagen-objetivo (rebautizada en este libro como situación-objetivo, cuestión sobre la que volveremos más adelante). La situación-objetivo constituye una «guía de la acción práctica», un «propósito posible y practicable por transformación de la situación inicial en el horizonte de tiempo contemplado para la acción» (Matus, 1980: 370). Si, como analizamos previamente, en Estrategia y plan la imagen-objetivo debía poseer «significación direccional», es decir, contribuir a definir la dirección del proceso de desarrollo, aquí pues la situación-objetivo se dirige hacia la utopía concreta, que «no afecta directamente la acción presente, pero condiciona la situación-objetivo» (Matus, 1980: 370). Planteada en clave de proyectos, la situación-objetivo «limita y enmarca la utopía», «frena los sueños y asienta las realidades» (Matus, 1980: 302). 

Pero existe algo más que debe destacarse. La utopía pura constituye el terreno de los sueños, conforma «una creación disociada de la posibilidad que tiene como único límite la imaginación» (Matus, 1980: 371). Así, mientras que la utopía concreta puede «tomar forma» en una situación-objetivo, la utopía pura, por el contrario, «seguirá siendo utopía, adelante o atrás del presente» (Matus, 1980: 371). Ahora bien, esta distinción entre utopía pura y utopía concreta no debe conducirnos a pensar que la primera no tenga relevancia alguna. Al contrario, la utopía concreta nace como utopía pura. Permítasenos ilustrar este punto con dos citas algo extensas, pero cuya desagregación posee gran riqueza para nuestro propósito:

«Pero ¿de dónde viene o dónde comienza la utopía concreta? ¿Parte realmente de una proyección de las leyes de la transformación social o termina allí? ¿No nace primero como utopía pura, informe, irracional? Si todo lo que existe es necesario, ¿cuál es la necesidad de la utopía pura? Cuando Bolívar reconoce haber «arado en el mar», confiesa su utopía de una América Latina unida, y esa utopía pura, inalcanzable, ¿acaso no ha inspirado varias veces más de una utopía concreta y alguna situación-objetivo integracionista? Quizás podamos afirmar que la utopía concreta está a medio camino entre la situación-objetivo y la utopía pura; pero la mitad última del camino sólo existe en el sueño de los hombres. Y los sueños son influyentes como parte de la realidad. (…)».

Shakespeare dijo, en un acto de realismo materialista notable para su época, «nuestro destino no está en las estrellas sino en nosotros mismos». Él no podía sospechar que el avance tecnológico haría posible los viajes hacia las estrellas. Hoy, que el hombre ha pisado la Luna y depositado artefactos científicos en Marte, el pensamiento profundo, claro y antiutópico de Shakespeare sigue siendo válido en su contenido, pero no en su forma metafórica. Una utopía pura se ha transformado en utopía concreta. O, más bien dicho, hay utopías concretas que el hombre solo puede concebir como utopías puras porque todavía ignora mucho de las leyes que rigen su universo (Matus, 1980: 372; énfasis propio).

La invitación a considerar el futuro de América Latina con audacia e imaginación se ve entonces entrelazada con la cuestión de la utopía, de modo tal que la utopía pura, aunque «inalcanzable» e «irracional», actúa como «inspiración» de la utopía concreta e, indirectamente, de la misma imagen-objetivo. Los «viajes a las estrellas», inimaginables en el pasado, se han vuelvo posibles y realizables, impulsados por la imaginación audaz. Una utopía pura puede entonces iluminar indirectamente alguna imagen-objetivo, la posibilidad de que resulte viable en el futuro no se encuentra nunca clausurada. Lo que fuera utopía pura para Bolívar puede inspirar «alguna situación-objetivo integracionista», como aquel proyecto que Matus había bautizado varios años antes como «desarrollo hacia adentro para América Latina en su conjunto». 

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