Adelantos de libros | NOVELA

Hilo rojo y serbal

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Alan Talevi

Novela fragmentada con notable pulso narrativo, anclada en la tradición del gótico y el fantástico. La prosa engañosamente transparente de Alan Talevi zurce con hilos invisibles aspectos del mundo tan aparentemente inconexos como la ciencia, la brujería, el sexo y las tortuosas relaciones entre padres e hijos.
Talevi nació en Buenos Aires en 1980. Es Licenciado en Artes de la Escritura (UNA) e Investigador Principal de Conicet. Publicó libros de cuentos como Pero ninguna palabra sobrevive y Anomalía y en poesía En un pozo de marea, entre otros. Hilo rojo y serbal (Erizo Ediciones, 2024) es su primera novela. Aquí un adelanto.

Un mediodía, antes del accidente, almorzábamos en casa de Clara. Era la primera vez que yo compartía la mesa en esa casa con gente que no era de la familia. Me habían presentado sin aclarar mi relación con Clara (no supe si la daban por sobreentendida o le restaban importancia) y habían enfatizado que yo era biólogo y que investigaba en el Conicet, como si fuera lo único bueno que se pudiera decir de mí. Alguien, un hombre vestido con un traje clarito, que usaba anteojos de carey con lentes culo de botella, me había preguntado por mi tema de tesis. Contesté, algo pedante, que estudiaba la composición química de las partes aéreas de especies autóctonas de Brugmansia y él me sorprendió preguntando si esas plantas no contenían alcaloides psicotrópicos. Me dio curiosidad, hubiera querido seguir hablando con él, pero otro de los invitados lo llamó con un gesto.

Se había dispuesto una mesa larga en el jardín, Victoria estaba en el centro, como Jesús en los cuadros renacentistas de la última cena, Guillermo y su novia a la derecha, Clara y yo a la izquierda. Algo más allá, como retirada, Lisa. La novia de Guillermo parecía una modelo de mejillas chupadas: hablaba poco (tenía la voz muy nasal), sonreía mucho, y casi no tenía contacto físico con Guillermo en público. Era como un trofeo, o un decorado. Pensé que Clara tampoco, en público, tenía mucho contacto conmigo, pero al menos me buscaba conversación y su actitud general hacia mí era atenta y cálida. Y, además, yo no tenía ningún valor ornamental, ninguna cualidad física que me hiciera destacar. No es que fuera decididamente desagradable a la vista. Pero, ¿lindo? No. Si había belleza en mí era dudosa. Bajo cierta luz, desde cierto ángulo, tal vez.

Una mucama que habían contratado hacía poco pasó por detrás llevando hacia la casa un cesto con ropa limpia. Victoria siguió con la mirada su recorrido hasta que la mujer se metió a la casa. Entonces Victoria pidió disculpas, dijo que volvería en seguida y entró, ella también, a la casa. La miré caminar sobre el camino de piedras, sus piernas largas moviéndose con seguridad pese a los tacos aguja, una de sus manos levantando un poco la falda, la pantorrilla blanquísima, la otra mano suspendida en el aire como si tratara de atrapar un pensamiento inconcluso. Me pregunté cómo podía ser que esa mujer tan alta caminara entre el pasto y las piedras con tacos aguja, sin tropezar ni hundirse. No era razonable. La presión se define como la fuerza aplicada por unidad de superficie. El peso de Victoria aplicado sobre el extremo diminuto de los tacos, en el accidentado camino de piedras o en la tierra blanda bajo el pasto. Sin tropezar o hundirse.

Salí de mi ensimismamiento y me apuré a mirar a Clara: ella también seguía, atenta, con la frente fruncida, el recorrido de su madre. Consciente de mi mirada, se levantó y fue detrás de Victoria. Clara era más baja, más lánguida, pero las dos tenían la misma convicción. Vi cómo se detenía ante la puerta con los brazos cruzados, cómo se asomaba al interior, la vi dudar y reunir su voluntad y entrar a la casa. Lisa se inclinó hacia mí sobre la mesa y dijo:

–Se armó.

Y tenía razón: más tarde Clara me contaría, indignada, que había encontrado a Victoria reprendiendo a la mucama, explicándole de mala manera que ni la ropa sucia ni la limpia se pasean delante de los invitados. Que Victoria, fuera de sí, le había pegado un manotazo al cesto que llevaba la mucama, tirándolo al piso. La escena de su madre desparramando la ropa había sacado a Clara de quicio. Había discutido con Victoria delante de la empleada. Me dijo que Victoria se había puesto roja, que había apretado tanto los dientes que pudo oír cómo le rechinaban: nada peor para su madre, dijo, que ser confrontada delante de la servidumbre. La mucama quería huir: tenía ya de nuevo el cesto bajo el brazo e intentaba juntar la ropa, pero estaba muy nerviosa y cuando juntaba una prenda dejaba caer otra, todo era como un mal pase de comedia.

Victoria volvió sola a la mesa.

Le pregunté dónde estaba Clara.

–Sublevada –dijo sonriendo–. Claire tiene arranques socialistas. Pero vive acá, así –con un ademán abarcó el jardín, dominado por una fuente de mármol con estatuas de juguetonas ninfas semidesnudas. Era otoño. Las copas de los árboles tenían colores rojos, ocres, amarillos. El aire olía a madera quemada.

Después agregó:

–Una princesa troska y la otra, gótica. Unbelievable.

No supe qué hacer. Amagué pararme. Victoria me quemó con la mirada. Sentí un mareo y un palpitar en la panza, como si debajo de la piel me caminaran gusanos. Desentendiéndose de mí, me quitó la vista y siguió hablando:

–Cada vez que hablo con la agencia subrayo: mucama fina, con experiencia. Mi hija no comprende. Una mucama que recién empieza a trabajar en esta casa gana una pequeña fortuna. Más que un profesional junior en una empresa. A cambio, pido que todo salga perfecto. ¿Es mucho? –se encogió de hombros–. Es mi derecho, es lo que compro.

Cometí el error de preguntar:

–¿No es demasiado?

Resopló.

–El detalle es la forma de vida de nuestro linaje –dijo, y la palabra me llamó la atención y me escandalizó–. Cada pequeña cosa tiene su razón y nos aporta algo.

Todo daba vuelta. Me sentía a punto de vomitar.

–Basta, mamá –pidió Lisa. Guillermo carraspeó y le dedicó a su hermana una mirada de reptil.

Llevé una mano al ombligo, reprimí un eructo, tomé un trago abundante de agua. Lisa chasqueó los dedos y me dijo:

–¡Ey!

Instantáneamente, el mareo cedió un poco, los gusanos se calmaron. A desgano, me tapé los labios, como hacen a veces los jugadores de fútbol para conversar entre ellos, y murmuré para mí la frase en italiano que mamá me había enseñado una Noche Vieja. Sentí que con ese gesto me traicionaba a mí mismo. Desde mi llegada a Buenos Aires, hacía años, no recurría a los trucos de mamá. Apretando los labios, eructé. Recé porque nadie se hubiera dado cuenta. Percibía las miradas de asco y de desprecio de Guillermo y su novia. El mareo, sin embargo, cesó. Lisa me preguntó si estaba bien. Le hice que no con la cabeza.

Vi venir desde la casa, con fuentes, a una pequeña comitiva de tres mucamas que traían bandejas con el plato principal. Detrás iba la cocinera, engalanada con el sombrero alto y la chaqueta cruzada. ¿Qué estaba pasando? La cocinera anunció lo que íbamos a comer:

–Ojo de bife bleu con vegetales de estación a la chapa. Lo acompaña una crema de maíz con ragú de hongos.

Por un momento sentí que estábamos en el programa de Mirtha Legrand, que todo era una puesta en escena. ¿Los ricos realmente montaban esas coreografías ridículas cuando tenían invitados? Yo siempre había creído que lo que pasaba en los almuerzos de la televisión era una exageración para las masas…

Esperé a que los demás empezaran a comer; recién entonces tomé los cubiertos. Corté un trozo de carne, el cuchillo lo atravesó con facilidad: el exterior estaba crocante, después había una capa finísima de músculo bien cocido y el resto, la mayor parte, estaba crudo y frío. Victoria me miró. Recuerdo su sonrisa mínima, falsa, sus ojos tristes y hermosos se detuvieron por un momento sobre mis manos y mis hombros haciendo que me sintiera pequeño, comunicándome con una eficacia maravillosa que mi manera de agarrar los cubiertos era inadecuada, que mi postura no era digna de esa mesa, que me toleraban y perdonaban nada más por un capricho de su hija. Me empezaron a transpirar las axilas. Yo no sabía agarrarlos de otro modo. Gotones de sudor condensaban y caían deslizándose por los costados del cuerpo. Me enderecé.

Con la sonrisa congelada, esa sonrisa de actriz de Hollywood, los dientes blanquísimos y parejos, siguió observándome, tomó ella misma los cubiertos (creí entender en qué me había equivocado: la posición del índice sobre el mango del cuchillo, la yema en la frontera exacta donde nacía la hoja, aunque había también algo distinto, difícil de definir, en el ángulo del tenedor). Como si hubiera memorizado la posición de la carne en el plato, cortó un pedazo generoso sin dejar de mirarme, me enseñó sutilmente el tenedor en su mano izquierda (sí, debía ser algo en la orientación del tenedor, una suerte de código que marcaba la pertenencia a la alta alcurnia), el trozo de carne chorreando sangre sobre el plato.

Se lo llevó a la boca y masticó con lentitud.

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