30 de septiembre de 2026
Se sabe que los árboles brindan oxígeno, enfrían las ciudades y mejoran el flujo de aire, pero son menos conocidos sus efectos sobre la salud psíquica. Antídoto para sobrellevar los problemas cotidianos.

Vivir mejor. El acceso regular a espacios verdes se asocia con una reducción en las tasas de ansiedad y depresión en los habitantes citadinos.
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«Di un paseo por el bosque y salí más alto que los árboles», decía el escritor y filósofo estadounidense Henry David Thoreau, en el siglo XIX. Su frase puede aplicarse hoy, cuando el papel de la naturaleza en las ciudades cobra fuerza, ya que la urbanización ha provocado «una ruptura de la conexión» con esta, según estudiosos del tema, y el reintegrarla en los espacios habituales produce beneficios, tanto para el ser humano como para el entorno.
Como es sabido, los árboles capturan el dióxido de carbono y liberan oxígeno, enfrían las ciudades al proveer sombra y mejoran el flujo de aire. Menos conocido es su efecto en la salud psíquica. Por ejemplo, que el tiempo que una persona pasa en la naturaleza disminuye el cortisol (la hormona del estrés) y favorece la relajación. Según un estudio de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Huazhong, China (2024), el acceso regular a espacios verdes se asocia con una reducción del 15% en las tasas de ansiedad y depresión en los habitantes citadinos (actualmente, un 58% de la población mundial se concentra en las urbes). A su vez, en Japón se ha demostrado que los «baños de bosque» (recorridos inmersivos) estimulan las células inmunitarias que combaten las enfermedades. También tendrían un impacto positivo en el sueño y la fatiga mental.
«Para quienes pasan mucho tiempo frente a pantallas y en entornos urbanizados, el contacto con la naturaleza se vuelve casi un antídoto para sobrellevar las demandas y los problemas cotidianos. No solo porque disminuye el estrés y regula el sistema nervioso, sino porque ayuda a recuperar la percepción de calma y de estar viviendo el presente, que solemos perder en el ritmo de vida acelerado», señala el psicólogo Juan Manuel Roza. Asimismo, «mejora la atención sostenida y otras funciones ejecutivas (para planificar, establecer metas, priorizar actividades, etcétera), que se ven sobrecargadas por la hiperconectividad de las redes sociales y los medios digitales».
En Bélgica, investigaciones indican que «los niños que crecen rodeados de vegetación obtienen mejores puntuaciones de coeficiente intelectual, independientemente de sus orígenes o clase social», de acuerdo con Nadina Galle, ingeniera ecológica e investigadora canadiense-holandesa. Para ella, «preservar la naturaleza en nuestras ciudades nunca ha sido más urgente» que hoy. «Las ciudades no pueden existir sin la naturaleza, y nosotros tampoco», ha dicho. También plantea que «la naturaleza es el quinto pilar de salud, junto con la dieta, el ejercicio, el sueño y la reducción del estrés».
Según un artículo de la American Psychological Association, tanto los espacios verdes como los azules (acuáticos) brindan beneficios. La vegetación en la cercanía de las escuelas «favorece el desarrollo cognitivo de los niños y las vistas verdes próximas a los hogares de menores promueven comportamientos de autocontrol». Por otra parte, en Irlanda se ha observado que un mayor contacto con el verdor fortalece la autoestima en nenes pequeños.
Roza comenta que «hay pacientes que se sienten más centrados, con menos pensamientos repetitivos y con una mayor sensación de relajación mental al caminar o simplemente observar un paisaje. No hace falta esperar esas vacaciones soñadas. Podemos crear momentos de contacto en lo cotidiano: una maceta, una huerta en el balcón, los árboles del barrio o un parque cercano. Ese contacto breve y regular puede elevar la forma en que nos sentimos y ser de ayuda en las dificultades físicas y emocionales que nos atraviesan».

La hora del recreo. Estudios recientes demuestran que la presencia de vegetación en la cercanía de las escuelas favorece el desarrollo cognitivo.
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Diseño biofílico y arbolado urbano
El diseño biofílico, es decir, «la integración de elementos naturales en las propuestas urbano-paisajísticas, que promuevan estilos de vida positivos», se ha convertido en una herramienta recurrente en países desarrollados. En diferentes ciudades de los Estados Unidos, los espacios comunes de las oficinas, por ejemplo, se reconfiguran como una especie de «jungla interior» para comodidad de los empleados.
También en casas, colegios u hospitales se adopta este tipo de diseño, que integra, entre otras cosas, la luz natural, la flora y el agua. A nivel de municipios, el trazado va «en beneficio de una sostenibilidad que fortalece el entramado urbano, y aspectos de salud pública en términos ambientales, físicos y psicosociales».
Según el último censo de arbolado, la Ciudad de Buenos Aires cuenta con 432.000 árboles, de los cuales el 85% están ubicados en las veredas. Un tema clave para los especialistas es la calidad y la diversidad de las especies que se plantan. «El axioma básico de la arboricultura es plantar el árbol correcto en el sitio correcto. Debemos elegir la especie en función del entorno y de los servicios que pretendamos que el árbol brinde para minimizar determinados efectos ambientales», dice Carlos Anaya, ingeniero agrónomo y especialista en arbolado urbano.
Anaya subraya que todas las especies mejoran la calidad de vida de quienes viven en las ciudades. «Hoy el árbol urbano es sinónimo de salud pública», precisa. «Lo importante es la selección de la especie dentro de unas 60.000 que hay en el planeta y que son asequibles en la región, y que la especie genere los servicios deseados (retención de particulado en una zona industrial, copas amplias en zonas en la que se requiera captar o ralentizar el agua de lluvia o minimizar el impacto térmico, o con una adecuada alzada de copa en alineaciones de tránsito vehicular»).
«Árboles grandes generan grandes beneficios y árboles chicos, menores», de acuerdo con el especialista. «Y la copa es lo importante para una adecuada cobertura verde». Para ciudades como Buenos Aires, «cualquier árbol de gran copa, como el plátano, tipa, ibirapitá, roble, jacarandá o lapacho resultan beneficiosos, pero no se pueden plantar en veredas de menos de tres metros de ancho. Otro punto: es preferible tener 12 o 14 árboles en buen estado con una buena cobertura del dosel (follaje), en las dos veredas de una cuadra, que 24 o 26 con copas superpuestas e inadecuada arquitectura».
El fallecido biólogo de Harvard Edward O. Wilson decía que los seres humanos tienen una necesidad innata de conectarse con la naturaleza, en gran parte, porque más del 99% de la historia evolutiva se desarrolló en entornos naturales, ya que la vida en ambientes artificiales es más reciente. Este cambio ha tenido un impacto considerable en la salud física y mental de las personas. Al menos, hay señales de cambio.
