9 de septiembre de 2026
Casi la mitad de los y las jóvenes están en una situación vulnerable, la adultez se demora por motivos económicos y la relación con el mercado de trabajo es difícil e inestable. Vivienda, salud mental y desempleo.

Casi la mitad (el 48,9%) de la población de entre 18 y 29 años se encuentra en situación de vulnerabilidad. Así lo revela un informe elaborado por el Proyecto de Investigación y Desarrollo en Áreas Estratégicas (PIDAE) del Ciclo Básico Común (CBC) de la UBA. El trabajo expuso la consolidación del segmento llamado «ni-ni», que no estudia ni trabaja, y advirtió que un tercio de ese grupo suma un tercer «ni», ya que tampoco busca empleo.
«Esta “desconexión” refleja una ruptura de las expectativas de progreso: el mercado laboral ya no es percibido como un espacio de inclusión accesible», define Juan Cruz Esquivel, director de la investigación. Ese relevamiento reflejó además que casi el 70% tiene trabajo, pero solo en el 18,9% se trata de un empleo registrado.
La salud mental también fue incluida como variable de análisis: más del 70% dijo tener problemas frecuentes de nervios o ansiedad. Pese a todo, el 85,7% considera que estudiar le permitiría mejorar su calidad de vida.
Con días de diferencia, el Centro de Investigaciones Sociales (CIS) de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE) expuso que el 44% de las y los jóvenes vive con su familia. La «canasta de emancipación», que calcula lo necesario para alquilar y solventar gastos cotidianos básicos, asciende $1.321.651 mensuales. El salario promedio de una persona joven, en tanto, se ubica en alrededor de $900.000. Las cuentas no dan.
Un tercer informe, del Instituto Universitario CIAS, consultó entre personas de entre 16 y 24 años en barrios populares del Área Metropolitana de Buenos Aires: el 75% considera que la economía empeoró en los últimos 12 meses. El 60%, en tanto, declaró que su hogar redujo el consumo en algún rubro.
Por su parte, la ONG Argentinos por la Educación actualizó datos sobre jóvenes que finalizan la secundaria: la proporción alcanza al 74,6%. Si bien hubo una mejora en la última década, el porcentaje está por debajo del promedio de la región.
La escuela se termina, pero la plata no alcanza, la independencia no llega y no está claro el camino a elegir para seguir, mientras la salud mental apremia. El combo no parece alentador.
Futuro con obstáculos
«Cuando se piensan las expectativas de los jóvenes en relación con el futuro, tiene que ver con el pasaje a la adultez y a través de qué modalidades, procesos y temporalidades se logra el alcance de ciertos soportes que históricamente marcaron ese acceso. Como la obtención de un empleo estable que permita ingresos para la construcción de autonomía. Esos soportes dependen de determinadas condiciones sociales. Cuando las condiciones cambian, se trastocan las temporalidades, tanto las biográficas como las colectivas», explica la socióloga Florencia Gentile, de la Universidad Nacional de General Sarmiento.
Por un lado, vemos jóvenes de clases medias y altas, para quienes «la futura adultez se demora cada vez más porque tienen acceso al sistema educativo y cada vez se prolongan más los títulos habilitantes para el acceso a un buen trabajo. Secundaria, universidad, quizás posgrado hasta lograr el título habilitante para alcanzar estabilidad y autonomía. Pibes que se embarcan en proyectos de largo plazo».
Por otro lado, «chicos de sectores populares, que muy tempranamente tuvieron que ingresar en el mercado de trabajo. El futuro llega muy rápidamente y las temporalidades se acortan». Pero, advierte Gentile, «ese vínculo con el mercado de trabajo es en general precario. La inserción relacionada con estabilidad y autonomía no termina de concretarse. Hay miradas sociológicas que interpretan que se da una prolongación coercitiva de la condición juvenil en los sectores populares».
Con la vivienda como indicador de pasaje a la adultez pasa algo similar. La casa propia se desvanece hasta como sueño: el estudio de la UBA sobre juventudes vulnerables expuso que solo un 29,8% apuntó al techo propio como objetivo para su próximo lustro.
«Frente a estos tiempos que se alargan aparecen otros mecanismos de obtención del futuro vinculados a discursos fomentados hoy desde el Estado. La plata fácil, como dicen los pibes», analiza la socióloga. Apunta a entornos digitales y apuestas online, pero también a la decisión gubernamental de que se pueda operar en el mercado de capitales desde los 13 años. «La idea de un salvataje individual, de que no es necesario enrolarse en la carrera educativa sino comenzar cuanto más chicos mejor una carrera financiera. Donde interviene el azar y se puede perder todo», alerta. Una vía que sintoniza con las políticas de desmantelamiento y desfinanciación del sistema científico también impulsado desde el Gobierno de Javier Milei.
Cuentapropismo de refugio
La Fundación SES trabaja por los derechos de adolescencias y juventudes desde 1999. En los últimos años, junto con el Centro de Economía Política Argentina (CEPA), desarrolló el Monitor de Juventudes. Los datos reunidos en agosto alarman: «En el primer trimestre de 2026, la informalidad laboral en jóvenes de 18 a 24 años alcanzó el 63,9%. Esto representa un retroceso severo de 6,4 puntos porcentuales frente al primer trimestre de 2025». En un año, 94.000 empleos registrados menos en este grupo.
Hablan de «cuentapropismo de refugio» para explicar que «el autoempleo no refleja un dinamismo emprendedor autónomo, sino una estrategia de subsistencia ante la pérdida de empleo formal». Entre jóvenes de 18 a 24 años, subió de 15,1% a 17,4% en 12 meses.
«Es una tendencia histórica que el desempleo juvenil es más alto que el de adultos. En los últimos años –más de 10– se sumó la creciente precarización. Hace 20 años hablábamos de una precariedad que tenía que ver con la alta rotación o empleos como Mc Donald’s. Ahora vemos una intensificación de circuitos precarios y el empleo de plataformas como el emergente más claro. Eso se agudizó», resume Daniela Devoto, coordinadora de Proyectos y Redes en SES.
«Uno puede prepararse para el futuro cuando hay un atisbo de que algo puede cambiar, pero la proyección no es muy optimista. Es compleja la intervención y sale a la luz la precarización de las organizaciones», comparte sobre la complejidad de acompañar juventudes en este contexto. «Solíamos trabajar en acompañar habilidades, búsquedas de vocación. Ahora terminamos en cuestiones más básicas de contención, articulando con las escuelas tratando de que vayan», describe.
Si bien los porcentajes de finalización de la secundaria mejoran, el después se ensombrece. «Ese pasaje requiere mucho acompañamiento en sectores vulnerables. La ausencia de políticas públicas hace que sea más desafiante ese acompañamiento», apunta Yos Mendoza, coordinadora de Producción de Conocimiento de SES.
Gentile cuestiona la categoría del «triple ni» para describir a un sector de la juventud que no estudia, no trabaja ni busca empleo. «Estigmatiza y oculta más de lo que muestra». Por caso, no da cuenta de la gran cantidad de jóvenes –chicas, sobre todo– que están transcurriendo estos años cuidando a otras personas.
Tampoco muestra a quienes están «en entornos virtuales, a la expectativa de formas nuevas y azarosas de obtención de ingresos. Con una lógica de cazadores».
Como ejemplo, basta observar la cantidad de jóvenes que ofician de cajeros en casinos online. «Son formas riesgosas –concluye Gentile– que no logran resolver la posibilidad de acceder a una posición estable y de autonomía. Entonces se generan vidas, biografías y futuros precarios y desiguales».
