14 de septiembre de 2026
El reciente juicio a Meta demostró que el modelo de negocios de las plataformas digitales causa un enorme daño individual y social. Cómo logran hacerse irresistibles y por qué las medidas restrictivas no parecen ser suficientes.

Los Ángeles. Familiares de las victimas tras escuchar el veredicto de uno de los juicios contra Meta y Youtube llevados a cabo en Estados Unidos.
Foto: Getty Images
Luego de casi tres años desde la denuncia iniciada por más de 40 estados norteamericanos contra la empresa Meta por generar una «crisis de salud mental juvenil», la empresa ofreció un acuerdo: casi 18.000 millones de dólares, límites de dos horas de uso de sus plataformas para los menores de 18 años, apagar la app entre la medianoche y las 6 AM, fin de notificaciones en horario escolar y de filtros de belleza, entre otras. La propuesta fue aceptada por los estados demandantes y aprobada por el juez.
Hasta hace un tiempo la mayoría de las denuncias contra las grandes tecnológicas eran por prácticas monopólicas, una acusación con antecedentes en Estados Unidos y que ha llevado a fallos significativos. En cambio, cada vez que las demandas se enfocaban en los contenidos y el poder de los algoritmos para capturar la atención de los usuarios, las grandes plataformas se protegían detrás de la libertad de expresión: según ellos, tanto los usuarios como las empresas tenían derecho a decir lo que quisieran y nadie podía impedírselo.
Este mecanismo funcionó hasta hace poco, cuando quedó en evidencia que la interpretación era demasiado simplista, ya que el poder de los contenidos poco tenía que ver con la libertad y mucho con un modelo de negocios muy potente capaz de generar brutales consecuencias. Enganchar por horas a los usuarios, sobre todo a los menores, mostraba una larga serie de efectos secundarios en la salud mental.
En marzo una joven (conocida como K.M. para preservar su identidad) fue la protagonista de lo que funcionó como caso testigo para miles de demandas por el daño que los algoritmos habían producido en niños, niñas y adolescentes. Esta chica, de veinte años al momento de iniciarse el juicio, acusaba a Instagram en particular de producirle dismorfia corporal, ansiedad y depresión por su diseño adictivo que le impedía abandonarlo. El fallo determinó que las empresas habían sido «negligentes» con el impacto de sus algoritmos. Meta debió pagarle a K.M. 4,2 millones de dólares y Google, 1,8.
El fallo abría las compuertas para muchas más demandas.
Estados contra Meta
El juicio iniciado por los fiscales generales de 40 estados en 2023 (luego se sumaron algunos y otros siguieron un camino legal distinto) no continuará debido al acuerdo establecido por las partes. Las medidas pondrían límites al uso de las aplicaciones por parte de los menores, es decir, quienes más las consumen. El tiempo que los usuarios pasan en la plataforma es la fuente principal de ingresos: más tiempo en la plataforma significa más publicidades que se facturan a los anunciantes y más datos para refinar mejor a los algoritmos.
Este último punto es clave: los algoritmos funcionan como gigantescas máquinas detectoras de comportamiento humano. Cada dato sobre quién mira, qué mira, cuánto tiempo, qué «likea» y mucho más, le sirve al algoritmo para encontrar patrones de comportamiento establecidos por estadísticas y alimentados por miles de millones de interacciones cotidianas.
Como todo esto ocurre dentro de la caja negra de los algoritmos, distintos investigadores debieron desentrañar trabajosamente qué efectos se estaban produciendo sobre los menores. Por su parte, como hizo saber la exempleada de Facebook, Francis Haugen, y otros, la empresa en realidad ya había comprendido la correlación entre uso y depresión u otros problemas de salud mental.
¿Qué encontraron estas investigaciones que se explicaron detalladamente a los jueces? Por ejemplo, que los cuerpos hegemónicos son más irresistibles que los promedio, algo que cualquier publicitario ya sabía, pero que las redes sociales lo explotan a una escala nunca vista. Pasar horas viendo esos cuerpos excepcionales modifica la percepción sobre lo «normal» y lo deseable. El algoritmo pronto encontró que buena parte de las niñas y adolescentes saturadas por esos contenidos no se veían atractivas y pasaban luego a interesarse por las publicidades sobre dietas o cirugías estéticas. Pero la vara estaba tan alta que eso tampoco alcanzaba y lo siguiente era consumir contenidos vinculados al autodesprecio, las autolesiones o, en casos extremos, información sobre cómo terminar con la propia vida. Así se produjo una gran epidemia de depresión, en niñas preadolescentes sobre todo.
De la misma manera, se detectaron miedos, deseos, la sensación de soledad y demás particularidades en millones de usuarios para ofrecerles contenidos que fueran atractivos para ellos, en un círculo vicioso muy difícil de romper. Por otra parte, la presión de pares por estar en las redes obliga a que la solución frente a estas problemáticas se ponga en marcha, necesariamente, a escala social.
¿Sabor a poco?
Las medidas propuestas por Meta parecen, finalmente, poner un límite al círculo vicioso retroalimentado con tecnología que llevó a millones de niños, niñas y adolescentes a una verdadera crisis de salud mental global, como muy bien explica el autor de La generación ansiosa, Jonathan Haidt. Uno de los incentivos para Meta en alcanzar un acuerdo fue el número de países estudiando políticas similares a la de Australia, que prohibió las redes sociodigitales hasta los 16 años. Otra razón fue que Mark Zuckerberg debía comparecer frente al jurado y la experiencia indica que sus intervenciones, por mucho que lo hayan preparado sus asesores, no generan un efecto positivo. En el juicio estuvieron presentes padres de niños, niñas y adolescentes con cuyas muertes la plataforma tuvo alguna relación.
En el pasado, estas empresas prometieron, en numerosas ocasiones, protecciones específicas que no se implementaban realmente o tenían escasos efectos. Las multas, las pocas veces que se pagaban, tampoco afectaban seriamente la rentabilidad del negocio. Los 18.000 millones de dólares a repartir entre los estados demandantes pueden parecer mucho, pero representan casi lo mismo que la ganancia de la empresa en el último trimestre y se pagará en cuotas a lo largo de los próximos 10 años.
Las medidas tampoco dejaron a todos conformes: dos horas por día representa una enormidad de tiempo, mucho más en una edad de crecimiento. Si un niño las dedicara a tocar un instrumento, leer o hacer deporte, como explica el neurocientífico Michel Desmurget, tendría un alimento cognitivo mucho más nutritivo que el que proveen las redes que explotan las ansiedades para hacerse irresistibles. Que dos horas parezca una cifra razonable es un indicador de lo fuera de control que está la situación: la mitad de los adolescentes norteamericanos usan pantallas más de cuatro horas promedio diario. Ese porcentaje aumenta significativamente cuanto peor es el nivel educativo y el ingreso familiar.
Otra de las medidas a implementar por Meta es la de recordar a los menores cada 15 minutos que están en la plataforma a la manera en que la cajas de cigarrillos advierten sobre el daño que produce el tabaco. De hecho, este juicio tuvo muchas similitudes con el de la industria tabacalera, que durante años negó la relación entre cáncer y sus productos.
En resumen, muchos fiscales celebraron el paso adelante. Por su parte, otros pusieron el énfasis en todo lo que falta para detener el daño que provoca el modelo de negocios de estas redes. Esta medida parece seria en tanto afecta, en parte, los ingresos de la empresa y establece un límite. Sin embargo, queda por ver cuándo se implementa, cómo y si mejora la salud mental de los más jóvenes.
