Historia

Cóndores en Malvinas

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Federico Lorenz

En 1966, 18 jóvenes secuestraron un avión y aterrizaron en las islas. Seis décadas después, la reaparición del conflicto vuelve a poner en discusión el sentido de uno de los episodios más singulares de la larga disputa.

Rumbo sur. El grupo liderado por Dardo Cabo tras secuestrar en pleno vuelo un avión Douglas DC-4 que se dirigía a Río Gallegos.

El 28 de septiembre de 1966, un grupo de 18 jóvenes peronistas secuestró un avión de Aerolíneas Argentinas que cubría la ruta entre Buenos Aires y Ushuaia y lo desvió hacia las Islas Malvinas. Aterrizaron en el hipódromo de Puerto Stanley, desplegaron banderas argentinas, rebautizaron el lugar como «Puerto Rivero» (en homenaje a un gaucho resistente a la agresión británica de 1833) y proclamaron que se encontraban en territorio nacional argentino, cuyo himno cantaron. La acción pasó a la historia como el «Operativo Cóndor» y se convirtió en uno de los episodios más singulares de la larga disputa entre la Argentina y Gran Bretaña por las islas.

A 60 años de aquellos hechos, la historia conserva una fuerza particular. No solamente por la audacia de sus protagonistas, sino porque permite comprender cómo distintos sectores de la sociedad argentina imaginaron la cuestión Malvinas. También porque ofrece un contraste revelador con los debates actuales, reabiertos por las declaraciones del presidente Javier Milei sobre el archipiélago.

La operación de 1966 no surgió de la nada. Formaba parte de un clima político y cultural en el que Malvinas ocupaba un lugar creciente en la agenda pública. Dos años antes, el piloto civil Miguel Fitzgerald había volado desde Río Gallegos hasta las islas en una pequeña avioneta bautizada «Don Luis Vernet» (primer comandante político militar designado por las autoridades argentinas en el siglo XIX). Permaneció apenas unos minutos en tierra, plantó una bandera argentina y regresó al continente convertido en noticia nacional.


Reclamación diplomática
El episodio fue recibido como una demostración de iniciativa frente a una disputa que parecía estancada. Desde 1833, cuando Gran Bretaña expulsó a las autoridades argentinas establecidas en las islas, la reclamación diplomática había atravesado generaciones enteras. Para muchos argentinos, la paciencia comenzaba a agotarse.

Fue en ese contexto que irrumpió el «Operativo Cóndor». El país estaba gobernado por la dictadura de Juan Carlos Onganía. El peronismo seguía proscripto y una parte de la juventud comenzaba a buscar formas espectaculares de intervención política. El líder del grupo era Dardo Cabo, hijo de un dirigente sindical metalúrgico y referente de la resistencia peronista. Junto con Cristina Verrier, única mujer del comando, imaginó una acción destinada a producir un impacto político y simbólico. Los militantes pretendían originalmente actuar el 20 de noviembre, Día de la Soberanía Nacional. Sin embargo, adelantaron la fecha para hacer coincidir la operación con la visita a la Argentina del príncipe Felipe de Edimburgo. El gesto buscaba interpelar simultáneamente a la dictadura argentina y al Reino Unido.

Cuando el avión aterrizó en las islas, la sorpresa inicial dio paso rápidamente a la tensión. Los integrantes del comando tomaron algunos rehenes, difundieron proclamas y buscaron consolidar su presencia; pero pronto quedaron rodeados por integrantes de la fuerza de autodefensa local. Tras largas negociaciones, en las que tuvo un papel importante el sacerdote católico Rodolfo Roel, los pasajeros fueron liberados, los rehenes recuperaron la libertad y el grupo terminó entregándose.


Juzgados
El episodio concluyó sin muertos ni heridos. Los militantes fueron trasladados al continente y juzgados. Como el secuestro aéreo todavía no estaba tipificado como delito, las condenas se basaron en cargos de privación ilegal de la libertad y tenencia de armas.

La repercusión fue enorme. Muchos argentinos observaron la acción con simpatía, aunque también despertó críticas. El propio Gobierno militar se encontró en una situación incómoda: los responsables habían violado la ley, pero lo habían hecho invocando una causa que formaba parte de la tradición nacional. La ambigüedad quedó reflejada años más tarde cuando la Justicia ordenó devolver las banderas utilizadas durante el operativo al considerar que no podían ser consideradas instrumentos del delito.

Con el paso del tiempo, el Operativo Cóndor adquirió una dimensión mítica. La muerte de Dardo Cabo y de Aldo Ramírez a manos de la dictadura en 1977 contribuyó a consolidar esa imagen. Sin embargo, reducir el episodio a una leyenda patriótica puede impedir comprenderlo históricamente.

Malvinas siempre fue mucho más que una disputa territorial. Funcionó como un espejo donde los argentinos proyectaron expectativas, frustraciones e ideas sobre la nación. En distintos momentos fue una causa diplomática, un símbolo escolar, una bandera política, una guerra y una memoria dolorosa. Cada generación construyó su propia relación con las islas.

Sesenta años después, Malvinas volvió a ocupar el centro de la escena. Javier Milei, que como candidato y luego como presidente había manifestado escaso interés por la cuestión de la soberanía y llegó incluso a poner en duda algunos de los fundamentos históricos de la posición argentina, habló por cadena nacional para anunciar una serie de medidas destinadas a reforzar el reclamo argentino. Entre ellas sobresalió la imposición de sanciones a empresas que desarrollen actividades económicas en las islas sin autorización nacional y el rechazo explícito a la aplicación del principio de autodeterminación al caso Malvinas.

El giro resulta significativo. No porque represente una innovación en la política argentina, sino precisamente porque supone un retorno a posiciones sostenidas por sucesivos Gobiernos democráticos desde hace décadas. La controversia abierta por sus declaraciones previas dejó en evidencia algo más profundo que una discusión semántica: mostró hasta qué punto es difícil abordar la cuestión Malvinas desconociendo la historia del conflicto, las resoluciones internacionales que lo encuadran y los consensos diplomáticos construidos por la Argentina a lo largo de generaciones.

Visto desde hoy, el Operativo Cóndor sigue interpelándonos. Sus protagonistas quisieron llevar físicamente la bandera argentina a las islas para afirmar una soberanía que consideraban indiscutible. Se podrá discutir la eficacia, la legalidad o el sentido político de sus métodos, pero no la naturaleza de aquello que buscaban defender. En cambio, las vacilaciones recientes del Gobierno muestran otra dificultad: la tendencia recurrente a utilizar Malvinas como escenario de disputas de política interna o como materia de intervenciones improvisadas, antes que como una cuestión estratégica que exige conocimiento, continuidad y responsabilidad.

Quizás allí resida una de las enseñanzas más perdurables de aquella jornada de 1966. El problema argentino ya no es cómo llegar a las Malvinas. Tampoco cómo reafirmar una soberanía que forma parte de un amplio consenso social. El desafío sigue siendo construir una política capaz de acercarlas. Y para hacerlo, el primer requisito es comprender que la cuestión Malvinas es demasiado importante para quedar subordinada a las convicciones personales, los cambios de humor ideológicos o las necesidades coyunturales de cualquier Gobierno. El país que algún día aspire a recuperar las islas deberá ser capaz de ofrecer algo más que consignas: deberá demostrar que sabe qué hacer con ellas y qué tipo de comunidad política quiere construir.

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