Cooperativismo

La mejor agricultura del mundo

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Manuel Barrientos

Javier Rodríguez, de la Cooperativa Cauqueva, es finalista de los WorldFMC Awards 2026. En medio de la caída del consumo y la apertura de importaciones, la experiencia jujeña es un ejemplo de valor agregado en origen y organización colectiva.

En jujuy. La cooperativa Cauqueva nació en 1996, frente al apogeo de las políticas de desregulación y abandono rural. Hoy agrupa a 118 familias productoras.

Foto: Paula Kuschnir

En Maimará y en Tilcara, allí en plena Quebrada de Humahuaca, la noticia llegó de manera tan sorpresiva como precisa. Javier Rodríguez, ingeniero agrónomo y referente de la Cooperativa Agropecuaria y Artesanal Unión Quebrada y Valles (Cauqueva), no había completado ningún formulario ni había postulado su trayectoria a ningún certamen internacional. Fue Angie Ferrazini, creadora de las ferias de consumo consciente Sabe la Tierra, la que propuso su candidatura ante la World Farmers Markets Coalition.

Y la cosa tuvo repercusión. Rodríguez acaba de ser seleccionado como finalista en la categoría de mejor agricultor en los WorldFMC Awards 2026. Es una distinción global que reconoce el compromiso con la biodiversidad, la preservación de semillas milenarias, la innovación tecnológica popular y el fortalecimiento de los sistemas alimentarios locales. La ceremonia de premiación se llevará a cabo entre el 7 y el 9 de octubre en Nairobi, Kenia.

Rodríguez lo aclara una y otra vez: la distinción no es para él, sino para toda la cooperativa Cauqueva. 

En diálogo con Acción, señala que la nominación llega en un momento histórico oportuno: «El premio fue una sorpresa total, no teníamos ni idea de que estábamos participando. En la situación actual, con caída del consumo y donde todo se está hiperconcentrando en pocas manos, el reconocimiento es una gran oportunidad para ganar visibilidad y tratar de recuperar algo de las ventas caídas». Con sede en Roma y reconocida por la FAO, la WFMC es una coalición internacional que promueve, protege y conecta a los mercados de productores en más de 70 países, como parte de un movimiento global por la soberanía alimentaria y la sostenibilidad. 


Reminiscencias de los años 90
El mercado interno argentino atraviesa un ciclo recesivo que golpea de lleno el poder adquisitivo de las mayorías populares. En las góndolas y verdulerías de los grandes centros urbanos reaparece una postal con reminiscencias de los años 90: frutas y hortalizas importadas que exhiben con orgullo su origen extranjero, como melones traídos de Israel o naranjas desembarcadas desde Egipto. Rodríguez traza un paralelismo entre aquellos años de menemismo y este presente: «Encuentro muchas similitudes, patrones de consumo con menos valoración de lo propio y más fascinación por lo extranjero. Los sectores ganadores del modelo, los que todavía pueden consumir, miran hacia afuera con la falsa idea de que la integración al mundo pasa por ahí –dice el agricultor–. En cambio, quienes se habían convertido en consumidores conscientes y comprometidos con los productores de la agricultura familiar terminaron siendo los perdedores, que ven cómo se achica su capacidad de compra».

Sin embargo, también recuerda el carácter cíclico de la sociedad argentina: «Tuvimos un 2001 que provocó un cambio abrupto hacia la valoración de lo nacional. Esperemos que este período de encandilamiento con lo importado no dure demasiado».

La diferencia es que el escenario actual encuentra a Cauqueva en una situación de mayor fortaleza. Fundada en 1996, la cooperativa nació frente al apogeo de las políticas de desregulación y abandono rural. Tres décadas después, el proyecto agrupa a 118 familias productoras que transforman los frutos de la tierra en alimentos de alto valor agregado. Si en los 90 la crisis los acorraló y los obligó a reinventarse, hoy exhibe una capilaridad comunitaria consolidada.


Venta directa
Frente a la retracción del mercado interno, la cooperativa desplegó, en los últimos meses, una estrategia de arraigo local. Priorizó la comunicación dentro de la provincia y potenció la venta directa al consumidor final. Así, la adquisición de sus productos en Jujuy experimentó un aumento importante. A pesar de que es una provincia con brechas sociales marcadas, donde la minería genera un sector ganador y el empleo público, el comercio y la construcción sufren, están creciendo en todos los sectores sociales. «Y la gente en la calle nos expresa un afecto impresionante», explica Rodríguez.

Esa comunión popular tuvo un hito reciente en agosto, cuando la cooperativa obtuvo el premio Innovamos. La dinámica del certamen exigía el voto del público e hizo brotar una red de solidaridad territorial. Familias, vecinos y compañeros de trabajo multiplicaron cadenas de mensajes para respaldar a la organización. «Hubo un impacto muy fuerte generado por esa cadena de empatía», cuenta.

En el ADN de Cauqueva, la innovación siempre fue una herramienta concreta de defensa. Al nacer bajo la mirada hostil del poder político local de la época, la cooperativa se vio obligada a autofinanciarse a través de la comercialización de sus alimentos. Esa urgencia enseñó a transformar esos obstáculos en creatividad productiva. La cooperativa comenzó rescatando variedades antiguas de maíz y papas nativas que el mercado agroindustrial había condenado al olvido. Y las transformó en harinas, alfajores, puré deshidratado y su producto estrella: los fideos secos de harina de maíz integral.


Menos aceite
El salto más audaz en estos últimos años se dio en el terreno de las papas fritas andinas con los denominados «pétalos andinos», snacks bien crocantes de variedades nativas multicolores. Allí la tradición se entrelaza con la ciencia soberana: con el grupo de investigación Gidano de la Universidad Nacional de Jujuy, aplicaron una innovación que recubre la papa con una película elaborada a partir del propio almidón del tubérculo antes de la fritura. Este desarrollo permitió que los chips absorbieran un 70% menos de aceite comparados con las papas industriales del mercado.

Pero la mirada de Javier Rodríguez excede la coyuntura provincial. Al analizar los desafíos del movimiento cooperativo y de la Red Nacional de Alimentos Cooperativos, pone el foco en una encrucijada histórica: la distorsión logística. «Todos los productos de las economías regionales viajan a Buenos Aires y desde allí se redistribuyen a otras provincias, realizando trayectos que no son racionales y que exigen un esfuerzo financiero enorme», explica. El camino estratégico pasa por tejer redes comerciales directas entre provincias y así, al mismo tiempo, desahogar el pulmón financiero porteño y multiplicar la fluidez del intercambio federal.

También llama a actuar ahora y no esperar tiempos políticos más favorables. «En tiempos difíciles es cuando hay que fortalecerse, innovar en las formas de organización y construir poder propio. Los programas públicos deben ser diseñados a partir del diálogo con las organizaciones y sus necesidades reales, y no al revés», señala.

Nominada ahora al premio a mejor agricultor del mundo, Cauqueva demuestra que la soberanía alimentaria es mucho más que un concepto teórico. En las laderas de Maimará, tiene forma de semillas ancestrales, con esfuerzo campesino y capacidad de innovación nacida del cruce con la universidad pública.

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