15 de octubre de 2026
Tanto en la flamante novela Malas lenguas como en la reeditada El coloquio, Alan Pauls desmenuza la relación entre las palabras y las acciones que marcan los rasgos de una época. El rol del humor en su literatura.

Comedia humana. Pauls dice que es «muy fan de la risa» en el cine, los libros, la performance o en el arte.
Foto: Prensa/Xavier Torres-Bacchetta
Alan Pauls dejó Berlín y ahora vive en España. En su mundo, los movimientos son habituales. Sin ir más lejos, en la mesa de novedades de las librerías de nuestro país ahora mismo hay dos textos con su nombre en la tapa que superponen temporalidades.
Por un lado, su reciente novela Malas lenguas (Random House), que aborda los problemas y dolores de cabeza que implican tratar de contar una vida, poniendo en tela de juicio el género biográfico. Y, por otra parte, se reedita luego de tres décadas El coloquio (Marciana), una suerte de policial filosófico donde lo más importante pasa por lanzarse a teorías cada vez más arriesgadas y delirantes sobre lo ocurrido durante un crimen.
Publicado originalmente en 1991, Pauls se resistía a volver a ponerlo al alcance de sus lectores. «No lo reeditaba porque me parecía que estaba bueno tener un libro que quede en el pasado, me parecía bien mantener un secreto, un falso secreto», desliza en diálogo con Acción. «El coloquio era un libro muy ligado a la época en la que fue escrito y publicado, y no estaba muy seguro de cómo iba a viajar a esta época si lo hacía. Tengo un libro de Manuel Pauig y otro de Lino Palacios que no se reeditaron todavía, aunque los quiero mucho. Quería tener un pequeño toquito de literatura que quedara inhallable».
La editorial Marciana lo contactó para decirle que valía la pena volver a poner en circulación a El coloquio. «Me convencieron de inmediato, destruyeron el plan que yo tenía, sobre todo porque me pareció que lo que ellos leían en la novela era cualquier cosa menos un valor literario del pasado, de museo. La leían como una novela contemporánea, que tenía algo que decir del presente. Eso me gustó porque es lo que uno quiere cuando reedita», cuenta.
El arte del malentendido
En la posdata del libro, Pauls escribe que «El coloquio –como Malas lenguas– es una historia de gente que habla y habla, habla hasta por los codos, hasta no dar más, hasta sufrir ese colapso abismal, tragicómico en el que las palabras ya no representan ni significan nada: solo hacen, afectan, cortan el mundo en dos, un antes y un después, y me temo que no siempre para bien».
Son dos novelas escritas en tiempos muy distintos de la vida de Pauls, del país y, por supuesto, del mundo que, sin embargo, dialogan de una forma extraña y que es una vinculación muy atractiva de leer.

«Son dos libros que tienen que ver con cierto ejercicio del mal, y que despliegan algo que siempre me preocupó y me sigue preocupando: la relación entre las palabras y una forma particular de acción que es el ejercicio de la violencia», explica desde Barcelona. «Me parece que ese elemento estaba muy presente en el final de la década de los 80, a principios de los 90 y está muy presente hoy, en grados diferentes, con fórmulas diferentes, con retóricas quizá diferentes, pero creo que son rasgos de época que en cierto modo emparentan a las dos novelas», dice.
Hay otro factor que hace tan disfrutables a estos textos: el humor.
Pauls desarrolla algo inesperado sobre sus ficciones: «A mí siempre me interesó la risa y los escritores de la risa, eso fue un factor en la escritura. Digo escritores de la risa porque no son necesariamente escritores humorísticos, como Bernhard, para hablar de alguien presente en El coloquio. Siempre me pareció que las novelas que yo escribía eran comedias. Todas tenían una relación muy fuerte con el equívoco, el malentendido, la torpeza, los imaginarios y las identidades que se resbalan, se destrozan, que se machucan».

Según su autor, «en El coloquio me interesaba que se llegara a una especie de carcajada negra, siniestra, después de que la narración atravesara estados y situaciones extremas, no necesariamente cómicas. Lo mismo podría decir de El pasado o de La mitad fantasma. Hay algo del ridículo que siempre me interesó. Soy muy fan de la risa en el cine, en la literatura, en la performance o en el arte contemporáneo, me interesan los artistas que trabajan con la risa como un elemento ambivalente, nunca sabés bien si son canallas o críticos geniales».
Con un recorrido que incluye, además de la narrativa, la crítica, la docencia, la teoría e incluso la actuación, Pauls siempre intenta llevar los géneros a su propio terreno. Y eso podría ser considerado un método, un sistema de trabajo. «Lo que me interesa siempre son las formas y, como lector especializado y entrenado, también», señala, para develar de dónde proviene una prosa tan reconocible y una huella instalada en la literatura en castellano.
Lo que sigue en el camino de Pauls es impredecible. Cuenta que está escribiendo una crónica larguísima sobre un viaje reciente a Bogotá. «Pero la no ficción, si bien me gusta mucho, no es lo que me espera en el futuro. Desde que salió Malas lenguas no volví a escribir ficción. Estoy recién mudado a Barcelona y, en ese sentido, mi vida está totalmente abierta. Hay algo nuevo que está empezando. Y espero que aparezca algo nuevo en la página que acompañe a la vida, pero no tengo ninguna idea de lo que vendrá», concluye. No hay ningún rastro de temor ni incertidumbre en su voz.
