11 de octubre de 2026
El cantante que le dio estatura legendaria a Villa Lugano con las letras de Viejas Locas e Intoxicados encontró, en esas mismas calles, su hora más oscura: el homicidio por el que enfrenta un proceso penal.

Juicio. El músico en una de las audiencias que se llevan a cabo en el Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional N° 29.
Foto: Antu Divito Trejo
«Ahora era nadie. Mejor dicho era el otro: no tenía destino sobre la tierra y había matado a un hombre». Desde el 12 de julio de 2018, las últimas frases del cuento «El fin», de Borges, aplican a Pity Álvarez. Ese invierno, en un estacionamiento de Villa Lugano, disparó cuatro veces contra su vecino Cristian Maximiliano Díaz. Fue la respuesta literal a la instigación de Díaz, que le había dicho: «Si vas a tirar, tirá, gato». Y Pity tiró y arrojó el arma a una alcantarilla y después fue a una discoteca con su novia y al día siguiente se entregó. No tenía destino sobre la tierra. Había matado a un hombre.
Cómo un artista capaz de escribir «Homero» –una de las canciones más sensibles del rock argentino, dedicada a su padre y, por extensión, a la clase obrera– puede ser también un vulgar asesino es una pregunta sin respuesta. Los cuatro disparos no fueron un hecho aislado: venía derrapando hace décadas, subido a una montaña rusa de drogas duras, violencia de género, excentricidades extremas –como tener una anaconda en su casa– y actitudes que pasaban del pintoresquismo a lo patético, como ingerir alimentos podridos.
Cristian Gabriel Álvarez nació el 28 de junio de 1972, en la zona de Congreso. Su madre, Cristina Congiú, era empleada doméstica; su padre, Enrique Álvarez, trabajaba como tornero. La familia se mudó a Villa Lugano cuando él era chico y esa mudanza resultó trascendente para el rock argentino. Lugano fue más que un barrio; desde ahí creó, fue su Macondo: realismo nada mágico desplegado entre los despojos del capitalismo.
En sus calles vislumbró el humus para su arte, el lenguaje y los materiales para construir una obra que, desde los años 90, marcó a una generación de «pibes y pibas de barrios desangelados», como los describía el Indio Solari. Primero con Viejas Locas, después con Intoxicados. Antes y después de eso, construyó un personaje difícil de definir: molesto, contradictorio, arbitrario, incómodo y querible al mismo tiempo. La máscara se fundió con la cara y resulta difícil establecer las diferencias entre hombre y personaje. Suele pasar con las estrellas de rock.
Pity Álvarez aprendió pronto que no encajaba. Su madre contó alguna vez que, al nacer, tuvo que ser sometida a una cesárea porque el bebé estaba de costado: «No encajaba». La frase funciona como idea fuerza de su vida, porque fue expulsado de la escuela, cambió de colegio, se interesó por la música y armó en su habitación un mundo propio de objetos, sonidos e imágenes. Le tocó crecer como rocker en un momento complejo del país y el mundo, esa bisagra que fue de fines de los 80 a los 90 –la instalación del neoliberalismo– que dejó un tendal de excluidos. Como el padre de Pity, que perdió su trabajo como tornero.
Rock barrial
En ese contexto formó Viejas Locas. Comenzaron tocando covers de los Rolling Stones y Pink Floyd y construyeron su público con métodos que hoy parecen paleozoicos: demos, volantes, afiches, calcomanías en colectivos, recitales pequeños y el boca en boca. Era rock barrial en estado puro: calle y más calle, guitarras stones, armónicas, letras directas. Fuerte y al medio. «Bajás y ves muchas cosas. Pobreza. Eso, mal que mal, te inspira», explicaba Pity, siempre dueño de un discurso que combina ramalazos de lucidez y desatinos.
La banda creció hasta telonear a los Rolling Stones en River. Darío Pagano, su biógrafo, escribió en Piedrabuena blues (2025, Editorial Sudestada) que Viejas Locas «rockeó las tensiones sociales que el relato dominante intentaba esconder bajo la alfombra de la opulencia capitalista». En 2000, Viejas Locas se separó. Pity formó Intoxicados y abrió todavía más el juego. El cambio de siglo fue, para él, una metamorfosis en su aspecto y en su música.
Otra vez, Pagano: «Pelo rubio, collares de perro en el cuello, borceguíes, cadenas, que se pueden interpretar como un gesto simbólico que acompañó la mutación del país». En cuanto a lo artístico, Pity demostró que podía saltar el decorado stone y experimentar con otros sonidos. Intoxicados fue una banda que alternó perfectas baladas pop con una paleta rítmica que abrevó en el reggae, el funk, el soul, el rap y la electrónica. En vez de profundizar la fórmula que le había dado popularidad, decidió moverse. Otro día en el planeta Tierra, de 2005, superó las 100.000 copias vendidas. Intoxicados llenó festivales y escenarios cada vez más grandes. Mientras tanto, su figura pública se hundía en excentricidades: entrevistas en las que hablaba de extraterrestres, astronomía, drogas. Pity comenzó a fumar marihuana en la adolescencia y, con los años, su consumo se concentró en la pasta base. Hablaba públicamente de su dependencia, y cada vez se lo notaba más desmejorado. Su rostro actual es el espejo del deterioro, la cara de un boxeador que acaba de recibir una paliza.
La última etapa de su historia quedó marcada por una violencia que ya no puede leerse como parte del anecdotario de las leyendas del rock. Hay una víctima, una familia, un proceso judicial en curso y un hecho cuya dimensión excede cualquier relato mitificador. «No hay distancia entre la miseria y la gloria», repite Pity Álvarez en Piedrabuena blues. Por ese pasadizo angosto se mueve, sin encajar. Durante años transformó ese tránsito en canciones. Ahora hay un hombre muerto.
