20 de octubre de 2026
Al frente de PH, Podemos hablar, el conductor logra que las confesiones íntimas de los famosos ocupen el centro del espectáculo televisivo y marquen el pulso del rating en su franja horaria.

Vulnerable. El antiguo notero de «CQC» se volvió un anfitrión de emociones.
Foto: Captura de pantalla
Un ajá, una risa, el cuerpo que se inclina apenas hacia quien habla. Andy Kusnetzoff conoce el valor de esos movimientos mínimos: alcanza con una señal para que el otro siga, se aventure, encuentre algo que todavía no había contado. Bajo la cúpula de neones de PH, Podemos hablar, el famoso ensaya una salida de su personaje y entra en otro, más vulnerable. Hay comercio de vida privada, claro, y una maquinaria que convierte la confesión en recorte viral. Pero también una conquista: en el universo del rating tirano, Andy hizo de la escucha empática un espectáculo y del mundo emocional una materia digna del horario central.
La cita fallida, la separación, el padre ausente, el error que sigue dando vergüenza. Sus fetiches temáticos producen escenas de alto voltaje. Allá lejos resuena el «Si querés llorá, llorá» con el que Moria Casán hizo carne al talk show. Acá la intimidad tiene otra escenografía: un VIP de famosos, la promesa de que detrás de los canjes y las fotos de Instagram hay alguien a quien también le pasan cosas. El artificio no cancela la emoción. A veces le procura un lugar, un tiempo y una oreja.
Se hizo popular como un insolente de perfecto inglés, bien educado y un poco zarpado. En CQC, la alfombra roja era el territorio para acercarse a una estrella, desacomodarla, arrancarle el gesto que ningún otro había conseguido. Combinaba al porteño chamuyero por el notero capaz de moverse entre celebridades sin quedar paralizado por su aura. El atrevimiento era capital; la incomodidad ajena, parte del rendimiento. Era la época de los machos de anteojos negros y la broma como contraseña.
En la radio construyó otra permanencia. Perros de la calle hizo del aire una barra, un café extendido. Desde Metro hasta Urbana Play, la conversación sobre la nada tuvo su productividad: acompañar. La tribu podía cerrarse sobre sí misma, pero las campañas con la Fundación Sí dieron a ese vínculo un destino concreto: la compañía podía convertirse en ayuda, la audiencia en una fila de donantes.
Mapa de heridas
Con el tiempo, Andy aprendió a retroceder: una palabrita justa para que se dispare el llanto de Vicky Xipolitakis, la confesión de una infidelidad de Luis Novaresio, la declaración de amor tardío de Homero Pettinato a La Reini. Todo sucede en un compendio emocional de tonos altos, de clímax en clímax, como corresponde a uno de los programas más vistos de la tevé del sábado, con picos de 7 puntos y ventaja sobre La noche de Mirtha, ahora conducida por su nieta Juana Viale. El mérito es de un casting que convoca a gente dispuesta a hablar de más, a proclamar su estilo de «verdad» o «naturalidad», acompañado del gesto de «cómo lo dejé escapar».
Los famosos no son interpelados como en el programa de chismes: aquí confiesan, aparentemente de motu proprio, la mala relación con el padre, un ex o un compañero de trabajo. En lo posible, un hijo de famoso, un nepo baby, para que dos generaciones no pierdan interés. El árbol familiar de la farándula se vuelve un mapa de heridas.
Es un estilo de conducción tipo terapia pop: pregunta con cara de amigo, pero en el fondo hay bisturí. Está direccionando al entrevistado con preguntas que lo exponen sin parecer agresivo. A Vicky, frente al espejo: «¿Qué les dirías a esas Vickys que sufrieron por años?». No busca solamente la confesión, sino que empuja a la entrevistada a interpretar su propia historia. Lo hace con una calma y un tono amistoso que desarman. Invita a abrirse y recién cuando el otro está adentro va al centro de la cuestión.
Tiene algo de Larry King (la pregunta corta, incluso ingenua, que deja que el otro se explaye), algo de Truman Capote (la amabilidad como método de extracción) y, en la tradición local, algo de Juan Alberto Badía, por la cercanía afectiva con el entrevistado. En otro registro, Mirtha Legrand: la lógica de una mesa que anestesia y permite preguntas incómodas sin que suenen agresivas.
Andy monta un dispositivo amable para que el entrevistado llegue casi solo a la parte dura. Repregunta, echa un silencio, le devuelve una frase para que la repiense: es casi una sesión en la que el material íntimo se vuelve espectáculo. No arranca la confesión, la cultiva, en las antípodas del talk show clásico y más cerca de una terapia pop que de un interrogatorio cruel.
En PH, el punto de encuentro organiza cuerpos y recuerdos: da un paso quien perdió a alguien, quien todavía no pudo decirlo. La escucha tiene una genealogía familiar en Chiche, su madre psicóloga, y Juan Carlos, su padre sexólogo. Pero el oficio es suyo: sabe estimular a las lenguas desacatadas y acompañar a las que tardan en soltarse. Un sí, un ajá, una pregunta corta: intervenciones mínimas para que la narración parezca encontrarse a sí misma.
También sabe apurarla. El entretenimiento exige clímax y una escena capaz de circular durante la semana. Los grises tienen menos espacio que la revelación. Cuando alguien se refugia en lo conceptual, Andy lo devuelve al episodio, al cuerpo, al detalle. Allí está la tensión: cuánto de la intimidad se comparte y cuánto se extrae; cuándo la curiosidad empieza a incomodar. La espontaneidad tiene una coreografía y la emoción, un horario de emisión.
Su aporte no se agota en conseguir confesiones. Abrazarse, hablarle a un espejo, despedir un recuerdo: hacer cosas con palabras y con el cuerpo introduce una zona introspectiva en el espectáculo. La televisión puede resensibilizar, habilitar al varón que se quiebra, mostrar dolor donde antes se exigía una respuesta canchera.
El antiguo cazador de gestos se volvió un anfitrión de emociones. No perdió la ambición de captar la atención, sino que aprendió a conducirla hacia otras escenas. Dosis de intimidad, al fin de cuentas, a la hora del prime time: ni confesionario ni carnicería, sino un laboratorio emocional con luces de neón.
