Cuento | Por Pablo Díaz Marenghi

El troll

Tiempo de lectura: ...
Pablo Díaz Marenghi

Periodista y docente, Pablo Díaz Marenghi es licenciado y profesor en Ciencias de la Comunicación (UBA) y maestrando en Periodismo Narrativo (UNSAM). En 2016 publicó Codex, música contemporánea. En Twitter es @pe_diazm.

A Mariana Moyano

Scrolleo las redes.

Facebook. Un director de cine experimental comparte una crítica de la serie del momento escrita por otro director más experimental aún: «Me molesta esto de valorar una película argentina porque no parece argentina”». Abajo, un filósofo con prestigio internacional escribe: “Tengo un Drean de 7 kg semiautomático en perfecto estado. Si te viene bien arreglamos por inbox». Letras blancas. Fondo rojo. Veintitrés likes. Seis comentarios. Me detengo en uno: «Que no decaiga Doc».

Me acuerdo del primer día. Me recibió un tipo que se presentó como Suárez. Alto y ancho como una puerta, bigote espeso, saco marrón con pelo de gato y manos firmes. Me dio un apretón que casi me fisura un par de falanges. Me indicó donde sentarme y me dio unas pocas instrucciones. Básicamente se resumía en tres frases: 1) El insulto, el agravio y la agresión son el pan nuestro de cada día. 2) Acá no hay banderas, solo mejores o peores financistas. 3) Un homenaje a Cobra Kai: Golpea primero, golpea fuerte, sin piedad.

X. Mi campo de batalla. Alguien pide recomendaciones musicales. Publicidades de pasajes se intercalan con tarjetas de crédito, fondos de inversión y zapatillas deportivas. Se anuncia una muestra en homenaje a un anime de los noventa. «Es imposible acceder a la realidad», afirma el autoproclamado filósofo del momento. Alguien se dirige hacia él como señor escritor. El tufillo irónico se huele hasta acá, en mi oficina ubicada en el corazón del conurbano. Alguien tuitea –¿todavía se dice así?– sobre las elecciones. Uno putea. Otro retruca la puteada. «Esta es la mía –pienso–, puedo ir por acá». Agrego tres o cuatro comentarios. Entró la balubi. Entro a otro usuario. Y a otro. Y a otro. Empieza el show.

«Algunos con tal de que no se sepa la verdad, son capaces de tomarse toda la leche que el gobierno no reparte». Me gusta como suena. Acompaño con un gif hecho con inteligencia artificial de un periodista tomando un vaso de leche. Lo hizo Juampi, vecino del box 06. Creo que quedó bien. Estuve a nada de confundirme y tuitear con mi cuenta personal. Me río de solo de pensar lo que hubiera generado.

Estiro la espalda por la lumbalgia mientras acomodo el tercer diclofenac del día entre las muelas antes de tragar. «A mi estómago no le gusta esto», pienso. Tengo los ojos irritados. Debo comprar más Irix Colirio. Pero todavía soy joven y me quedan cuatro horas más hasta que me den vía libre. A veces, los turnos son eternos. Cuando sale el tema de cómo vengo en el laburo en algún asado o reunión digo que soy CM. Es más fácil de explicar. A veces piensan que soy trader o que estoy metido en alguna timba financiera porque ahora ando en una Taos 0KM y me visto de Balenciaga.

De un día para el otro pasé de escribir algunos artículos en un par de suplementos culturales y dar clases en escuelas secundarias a ganar casi lo mismo que mi mejor amigo ingeniero informático que labura hace años en uno de los principales unicornios del país. Mis amigos se sorprenden, me gastan. ¿En qué andas? Sobre todo porque ya casi no opino de política. Ya casi no hablo en los grupos de WhatsApp. Estoy demasiado ocupado con mis clientes.

Instagram. La red social de los culos y los animalitos. La verdad, es la que más me aburre, pero muchas veces se generan espirales de comentarios interesantes. A veces emerge el odio. Me causa gracia cómo suele generarse. Básicamente se da este esquema lógico: A dice x. B refuta X. A putea a B. C putea a A y a B. D apoya a B pero putea a A y a C. Así hasta el infinito. Entro a alguna noticia a insultar al presidente. Luego, cambio de usuario y lo elogio. Así se me pasa el día. Mientras me preparo otro café –instantáneo, la máquina se rompió– me río de un político enfermo de cáncer. Retomo los ejercicios de estiramiento lumbar.

Me acuerdo de otro de mis primeros días. Aquella vez se me heló la sangre. Me dijeron que tenía que ir a una reunión en el piso dieciséis. Nunca había ido tan alto. Cuando entro escucho: «Revista X». Me sorprendí. La voz me sonaba familiar. Ahí estaba, sonriendo, de saco y corbata, Martín Ravazzini. Lo conocía de aquellas reuniones de la Asociación de Revistas Barriales Independientes de la Ciudad. Nos juntábamos a organizar eventos, pegar carteles y pensar en proyectos de financiamiento para «hacer la revolución» con la escritura. Éramos jóvenes idealistas. Y ahora estamos acá.

En esta oficina con pocas ventanas planificando acciones de comunicación que no me terminaban de cerrar. Había papeles sobre la mesa con fotos de diputados, senadores, periodistas, jueces. Caras tachadas. Manuales de estilo. Protocolos de insultos. «La clave, acá, es no preguntar de más», me decía Ravazzini, quien ya era un experto. Me contó que su jefe era, además de un empleado de esta consultora, artista plástico. Incursionaba en la técnica del ready-made pero llevada al presente. Creía de verdad que con estas operaciones estaba haciendo arte.

Tik Tok. La red social de esta época rota. Percibo el vértigo. Me pierdo entre una marea de sketches que me parecen muy imbéciles, oligofrénicos, tarados. Gatitos lamiéndose, una chica rubia preparando papas a la crema, consejos acerca de cómo destapar un caño seguido de un discurso presidencial en Cadena Nacional. Es una ensalada preparada con sobras de Chernobyl: todo entra, nada hace bien. A veces me siento con breves ataques de epilepsia. Cada tanto hago algún comentario, pero la verdadera batalla la libro en X. O Twitter, como le sigo diciendo. Exploro el algoritmo. Lo mastico. Lo degluto. No lo entiendo muy bien. Releo el manual. Replico algunas frases. Invento otras. Edito los reels que me piden. Elogio a un candidato y a otro. Busco el perfil de algún periodista y lo puteo. Sigo a una periodista y le escribo mensajes privados bardeándola por su corte de pelo, su sobrepeso, su botox, su ropa.

Mastico otro diclofenac. Ya son como chicles. Me llega el último reporte de la consultora Seq: el hashtag que instalamos en contra del Conicet funcionó. Lo levantaron en el prime time de una señal de noticias. Tengo que seguir pensando, pero no se me cae una idea y el ruido tiene que seguir.

Le pido consejo a una IA. Me responde:

«No puedo ayudarte con eso. Promover el hostigamiento o la difamación, incluso en tono irónico, va contra las políticas de uso responsable. Si querés discutir críticamente el rol del CONICET o debatir sobre políticas científicas en Argentina, puedo ayudarte a armar un argumento sólido o un análisis con perspectiva política o económica. ¿Querés que exploremos críticas al sistema de investigación científica desde alguna mirada en particular?”.

Cierro la pestaña. Abro un cajón y saco mi celular. El personal. El mío. Mensaje de Julieta. Me dice de ir a tomar una birra. Le digo que no puedo. Estoy ocupado sacando el país adelante.

Estás leyendo:

Cuento Por Pablo Díaz Marenghi

El troll