Deportes | UNA VOZ QUE ABRIÓ CAMINOS

La pionera que juega en suelo bravo

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Ariel Scher

Periodista y docente, Viviana Vila habla de cómo enfrentó los prejuicios machistas del fútbol y de la difícil lucha de las mujeres por conquistar espacios en los medios. Los likes, Maradona y la salud mental.

Foto: Jorge Aloy


Viviana Vila expande sus ojos planetarios, modula unas cuerdas vocales capaces de tener eco simultáneo adelante y atrás del universo, piensa y se piensa sobre algún suelo bravo del fútbol y suelta una confesión que le viaja desde esos ojos a esa voz y desde esa voz hacia una memoria sembrada para siempre en ese suelo bravo:

–Me acuerdo de la primera vez que me tembló el cuerpo.

Un temblor por ser periodista, un temblor por ser mujer, un temblor por comentar fútbol. O la suma: un temblor por ser, a la vez, periodista, mujer y comentar fútbol. Vila, docente en la Universidad de La Plata, ejerció un rol pionero en esa tarea, muy a contramano de las tradiciones machistas de la patria de la pelota. Ahora, mientras persevera en esa labor en los micrófonos del equipo periodístico de Relatores y en múltiples ocasiones intercambia compases con la garganta emblemática de Víctor Hugo Morales, repasa sin temblores aquel temblor.

«Fue cuando estaba en Fútbol para Todos, en 2012 –detalla– y me quedó dando vueltas como un momento demasiado cruel y violento contra mi cuerpo y mi cabeza. Eso duró mucho. Antes, me recuerdo yendo a la cancha, a trabajar siempre, y que me trataran muy mal, que me putearan, que me negaran una credencial, que me dieran una silla sucia adrede, que hubiera miradas que antes minimizaba. Pero me parecía que si los tipos se codeaban y me decían algo feo, era parte de la cancha. Yo no me daba cuenta de que eso estaba mal. Había algo que me enojaba, que me hacía ruido, que me hacía llorar, que me hacía doler el cuerpo y lo padecía en soledad. Encima, no tenía con quién caminar. Lo pienso como si estuviera hablando de 1842 y son apenas 20 años, que en la historia es nada».

–¿Por qué pasaba eso?
–Cada vez que me maltrataban, que me juzgaban o que me ponían la lupa desde el machismo, tenía que ver con una inmensa costumbre de que nunca una mujer hablaba de fútbol, no juzgaba una acción de fútbol: solo informaba. Después, aparecía eso de que no tenía capacidad para hacerlo, que no era creíble. Hasta había colegas que se comportaban así. Y lo otro era que los varones no estaban acostumbrados en el oído a que les hablara una mujer: ni siquiera escuchaban lo que yo decía sino que, como la voz era de una mujer, era descalificada per se. Eso me lo han dicho mucho. Y mis errores. Yo soy absolutamente consciente de que después aprendí a comentar. Este no es un trabajo de oficina en el que te preparás y corregís, sino que estás al aire. Siempre me va a quedar la angustia, una angustia entre comillas, claro, de que yo habría querido que esos tipos que me juzgaban lo hicieran como soy comentando hoy: no me habrían podido entrar de la misma manera. Agarraron a una mujer que estaba aprendiendo a hacerlo, con la espalda más chiquita y más débil, que tenía una coraza para salir a escena.

–Y ahora, ¿qué cambió?
–Lo que cambió es el compromiso de las mujeres por seguir un gusto, una pasión, un saber, lo que sea, y enfrentar la situación. Y prepararnos. No conozco ni una sola mujer que no se prepare mucho para exponerse. Justamente porque la lupa siguen poniéndola los varones. Y siguen decidiendo. Y lo digo aun sabiendo que hay mujeres que conspiraron contra el género. Pero eso hizo multiplicar la lucha. Lo que cambió es que se abrieron más espacios. Y que hay una camada de tipos piolas: grandes que lo entendieron y pibes que crecieron en otro mundo. Y, entre los que no lo entienden, hay quienes son imposibles y otros que se acomodan un poco más, aunque sea para que no los critiquen en las redes. Cuando yo arranqué, no había Instagram y recién largaba Twitter. Entonces yo, embarazada, con una panza de 20 kilos de hijo adentro, no le podía sacar una foto y escracharlo a un tipo que decía algo espantoso. Al revés: me volvía a mi casa llorando. No un día: meses.

–¿Y qué perdura de aquel escenario brutal con el que te estrenaste como comentarista de fútbol?
–Lo que no cambió es que nos siguen haciendo pasar por situaciones de prueba permanente, un escenario en el que siguen eligiendo los varones. Y, en general, el estereotipo femenino es el que domina la situación. Las mujeres que hemos crecido ya no tenemos espacio.

–¿Cómo percibís al periodismo deportivo en la Argentina?
–No solo bastante mal sino que no imagino el futuro de lo que es masivo. Sigo rescatando y reivindicando a gente que no es masiva y me permite pensar la profesión. Diría que la mirada de esa gente es lo único por lo que me continúa atrapando el tema futbolero. Esa mirada me interpela, me hace leer un lenguaje que se acerca a lo que me gusta, me mejora, me permite contrastar con lo que pienso acordando o no. Pero ahora está la carrera desenfrenada por los likes. Los likes marcaron un antes y después. La gente elige y se mueve por un like. Desde entonces, dejó de importar la calidad de lo que se dice. Se generaron problemas de salud en la gente. Si yo doy una primicia de Boca y vos no registrás la primicia y no me das like, entonces voy a sentir decepción, desencanto, tristeza, depresión. Listo. Y luego, medicación. Antes eso no existía. Que el placer de ver el deporte o el fútbol, esa cosa tan bella que tiene como expresión cultural o social, sea sustituido por la búsqueda de likes me ha alejado bastante de la profesión.

Foto: Jorge Aloy

–Igual que aquí, en el último tiempo solés referirte a la salud mental.
–Eso no solo se vincula con cosas que me pasaron en tanto mujer, periodista, comunicadora o docente. Me empezó a subyugar muy fuerte escuchar a los deportistas, ver sus historias. Eso me hizo estudiar cómo se gestionan las emociones. Una de las primeras personas que me voló la cabeza fue Simon Biles en los Juegos Olímpicos cuando dijo «corro contras mis fantasmas». Y se mancó sin poder seguir, aun siendo recontracampeona. Creo que los seres humanos somos átomos y somos historias. Y me fascina contar historias. Tener la sensibilidad de descubrir, a través de una mirada, un dolor: entrar en esa emoción, un algo para decir.

–¿Qué ves cuando ves al fútbol de la Argentina?
–Del fútbol argentino me desencantan –a veces me espantan, a veces me desalientan, a veces me enojan– varias situaciones. Una tiene que ver con medir las cosas según dónde estás parado: «Si me conviene, me enojo; si no me conviene, no me enojo». Eso ya me enoja. Después, me parece que hay muchas atenciones que no se dan en el fútbol local por atender a la selección argentina, que tiene sede en Miami. Está todo eso tan maravilloso de la generación Scaloni, Aimar y compañía, que me jacto de haber apoyado desde un comienzo porque veía un equipo tan serio de trabajo y porque me gustaba estar de acuerdo viendo quiénes se oponían. Es un ejercicio que a veces hago. Pero, por fuera de eso, hay un negocio tan fastuoso… Ahí se entró a hacer un despelote muy importante de frases muy armadas: el campeonato de 20 equipos, el campeonato de 30 equipos, las SAD, no las SAD, jugar a la tarde, que ascienda este, que descienda el otro, que en medio del campeonato te cambio una decisión porque sí, que se castigue a alguien porque políticamente no te gusta o te gusta y que se halague a alguien porque políticamente te convenga. Eso me va alejando de todo. Sigo rescatando el juego del fútbol, que me parece precioso; pero la pelota está cada vez más manchada y sabemos poco de toda esa mugre. No me gusta nada: está lleno de hipocresía y de mentiras. Y soy muy escéptica porque no creo que lo que venga sea mejor.

Frente a semejante horizonte, a Vila se le reinstalan, casi de golpe, los planetas en los ojos y se le entusiasma la voz universal. Es a causa de una contraseña también universal: Maradona. Tiembla otra vez. De feliz que se pone.

–¿Por qué persiste la figura de Maradona, así, con esa potencia?
–Diego es una de las pocas personas del mundo que me conmueve. Verlo, escucharlo, pensarlo. Cada vez me parece que es la primera vez. Persiste porque puede lograr eso. Porque puede decir desde un lugar en el que le hubiera resultado más cómodo no decir todo lo que siempre ha dicho. Porque llegó a un sitio y era impensado que iba a sostenerse allí durante 50 años mientras todo el mundo se arrogaba el poder de hablar y juzgarlo. Porque creo que hoy abrazaría muchas luchas como las que abrazó en su momento. Porque nunca perdió su sensibilidad, su magia. Porque, más allá de lo obvio de verlo jugar, me conmueven los artistas y Diego es un artista. Por su mirada: su mirada siempre me ha conmovido. Siempre hermoso Diego. Una mirada noble. 

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