5 de febrero de 2026
Fue espía y torturador durante la dictadura, custodio de Raúl Alfonsín, partícipe de secuestros extorsivos y colaborador de la CIA en Centroamérica . Vida y obra de uno de los hombres más temidos de la historia argentina reciente.

Tribunal Oral Federal. Guglielminetti durante el juicio por crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura.
Foto: NA
El 23 de enero de 1989 había clareado con una intensidad noticiosa poco usual para esa época del año. Las radios ya daban cuenta de un incendio en la Unidad 22, una cárcel VIP frente al Teatro Colón para represores y malvivientes de alta gama. En total, hubo 55 reclusos evacuados sobre la calle Viamonte.
Uno de ellos, José López Rega, deambulaba a tientas, enceguecido por la diabetes. Y con voz casi inaudible, repetía: «¡Quiero mi insulina!».
Otros nueve aprovechaban la situación para fugarse, mientras un esbirro de la última dictadura, sin perder su impronta de «botón» a pesar de estar preso, agitaba los brazos al grito de «¡Se escapan! ¡Se escapan!».
Era el otrora agente del Batallón 601 (B.601), Raúl Guglialminetti, quien estaba allí a raíz de una causa por tenencia de armas de guerra y explosivos.
En rigor, sus delitos de lesa humanidad los comenzaría a pagar en 2006. Desde entonces coleccionó siete condenas a perpetuidad. De modo que su vida transcurriría entre la cárcel de Ezeiza y la Unidad 34, en Campo de Mayo, hasta fines del año pasado, cuando fue bendecido con la prisión domiciliaria debido a su precario estado de salud.
El 21 de enero, a los 84 años de edad, exhaló su último suspiro.
Su paso por este mundo constituye un caso testigo del plano más oscuro de la historia reciente. He aquí sus detalles.
Nace un fisgón
Lo cierto es que Guglielminetti, tal vez embriagado por la impunidad, incurrió en el peor pecado que puede cometer un agente secreto: hacerse famoso. Dicho de otra manera, el tipo se convirtió en un oxímoron de carne y hueso.
Fue cuando, a partir del 10 de diciembre de 1983, pasó formar parte de la custodia del flamante presidente Raúl Alfonsín. Pues bien, ¿cómo diablos llegó a tener semejante responsabilidad?
Es que, debido a la lógica desconfianza del gobierno de la UCR hacia los servicios de inteligencia heredados de la dictadura, fue seleccionado un plantel de espías con base en un edificio situado en la avenida Leandro N. Alem al 200.
Así nació, valga la redundancia, el «Grupo Alem», con la idea de que fuera nada menos que una SIDE paralela. Y Guglielminetti integraba ese dream team. Su figura cubría a sol y sombra al mandatario.
Pero no tardó en ser identificado por sobrevivientes de los «chupaderos» torturados por él.
En esos sitios se lo conocía como «Rogelio Guastavino», ya que esa era la identidad apócrifa que le tocó en gracia cuando ingresó al B.601, un alias al que él le añadió el grado ficticio de «mayor».
Eso había sucedido a comienzos de la década del 70 en Neuquén, su ciudad natal. Y la primera misión que le tocó fue infiltrarse en la emisora LU5, con la cobertura de ser un periodista deportivo.
Pero, sin ninguna aptitud para ello, su condición de «servis» no tardó en saltar a la luz. Y ya con Héctor J. Cámpora en la Casa Rosada, su carrera radial tuvo un final abrupto. Sin embargo, continuó circulando en Neuquén, esta vez como mano derecha del interventor de la Universidad Nacional del Comahue, Remus Tetu, un fascista rumano afincado en esa provincia.
Allí, sin disimularlo, Guglielminetti fisgoneaba a docentes y estudiantes, mientras todos lo esquivaban como a una mancha venenosa. No obstante, a él parecía reconfortarlo el temor que generaba en aquellas aulas. Porque lo suyo no era conseguir información sino amedrentar con su presencia. Un berretín no muy útil en un espía.
Pero eso quizás él lo comprendiera una década después, al ser reconocido cuando trabajaba para Alfonsín.
Entonces, huyó a España.
En tanto, el papel que tuvo durante la dictadura dejaba de ser un misterio. No está de más reconstruir esta etapa de su existencia.
Los infiernos terrenales
Fernanda Martínez Suárez –sobrina de Mirtha Lehrand– quedó atónita al ver en la revista Gente una fotografía de Guglielminetti luciendo esvásticas junto a un amigote nazi. Un golpe de ojo le bastó para reconocer a uno de los tipos que, el 2 de marzo de 1977, la secuestraron para llevársela al Centro Clandestino de Detención (CCD) denominado «Club Atlético», junto a su esposo, Julio Enzo Panebianco, quien sigue desaparecido.
«Guastavino» o «El Ronco» –como le decían sus camaradas– transitó con su picana por varios CCD. Los cautivos del Olimpo del Garaje Azopardo y de Automotores Orletti lo supieron en carne propia.
Este último «chupadero» era la mazmorra «gerenciada» por la SIDE a los efectos del Plan Cóndor (la coordinación represiva entre todas las dictaduras del Cono Sur). Allí operaba la banda de Aníbal Gordon. Y Guglielminetti hizo excelentes migas con esos muchachos.
Desde lo orgánico, dado que él reportaba al Destacamento de Inteligencia 162 del Ejército, no solo se movía por los cotos de la SIDE, ya que también se dejaba ver en las cuevas de «Coordina», el brazo político de la Policía Federal.
Su estilo como interrogador era parco y bestial. Jamás alzaba la voz. Lo enervaba repetir las preguntas. Y sin descuidar su pulcritud personal, tras esas fatigosas sesiones, solía hacerse planchar la ropa por las mujeres secuestradas.
El subjefe del B.601, coronel Osvaldo Riveiro, le tenía un cariño especial.
Asimismo, integró el Grupo de Tareas Exterior (GTE) de ese organismo. Y bajo la supervisión de la CIA, cumplió labores logísticas contra la guerrilla en Centroamérica (1978), colaboró con los Contras en Nicaragua (1979) y no fue ajeno al golpe del general Luis García Meza en Bolivia (1980).
Cuando la represión ilegal comenzó a decrecer, alternó –junto a la patota de Aníbal Gordon y colegas como Leandro Sánchez Reisse (a) «Lenny»– los quehaceres estatales con la iniciativa privada. Aquello se tradujo en una serie de secuestros extorsivos, una actividad que proseguiría durante el gobierno de Alfonsín.
Por ese entonces, ya eyectado del Grupo Alem, sufrió una detención por sus crímenes durante el régimen castrense. Pero no tardó en ser excarcelado. Y, por las dudas, se mudó otra vez a la ciudad española de Marbella.
Poco después, un juzgado argentino pidió su extradición. Y fue arrestado por la Guardia Civil para su envío a Buenos Aires. Pero ni bien arribó a Ezeiza recuperó la libertad gracias a la Ley de Obediencia Debida.
Entonces, retomaría sus actividades delictivas con renovado ímpetu.
Hasta viajó a Miami para reunirse con Lenny, quien era contador público y, como tal, lavaba los botines obtenidos por la banda.
Ya en 1981, aquel individuo estaba en la mira de Interpol, cuyos agentes lo detuvieron en la ciudad suiza de Zúrich al intentar el cobro del rescate por el financista Carlos Koldosky, cautivo en el Gran Buenos Aires. Y le decomisaron papeles que lo relacionaban con Guglielminetti.
Éste, en 1984 cayó otra vez tras las rejas por el secuestro y asesinato del empresario Emilio Naum. Pero, es justo reconocer que, en esta oportunidad, se «comió un garrón», ya que tal hecho había sido obra del clan de Arquímedes Puccio.
Lo cierto es que Guglielmintti participó en no menos de diez secuestros extorsivos desde múltiples roles. Por ejemplo, en el de Sergio Meller, hijo de un acaudalado empresario textil, su intervención solo consistió en «mejicanear» el rescate a sus verdaderos autores, los integrantes de la denominada «Banda de los Comisarios», encabezada por el oficial de la Federal Jorge Ahmed.
Tales actividades las mantuvo hasta mediados de los 90, cuando la «mano de obra desocupada» se fue apagando como una vela al extinguirse. Así empezó para él una época de vacas flacas.
En ese contexto, su amigo, el comisario de La Bonaerense Mario Naldi, una estrella de la «Maldita Policía», le tendió una mano y también una modesta salida laboral: atender el teléfono en la sede de Drogas Peligrosas.
Pero a Guglielminetti aún le faltaba lo peor.
Ya se sabe que, en 2006, fue detenido por sus acciones durante la última dictadura. Y que, debidamente condenado, jamás recuperaría la libertad.
El espíritu público no tardó en olvidar su existencia. Hasta el 11 de julio de 2024, cuando un grupo de diputados libertarios visitó a los represores presos en el penal de Ezeiza. Y él les entregó un sobre con propuestas –escritas de su puño y letra– para sacarlos del encierro. Y también posó para una foto grupal.
Costaba creer que ese anciano quejumbroso fuera en el pasado uno de los hombres más temidos del país.
De Ezeiza pasó a Campo de Mayo, y de allí –en septiembre de 2025– a su hogar, ya desahuciado por múltiples dolencias.
Corría el cuarto viernes de este año cuando Raúl Guglielminetti empezó a tomar sus primeras lecciones de arpa.
