7 de febrero de 2026
Pablo De Santis (Buenos Aires, 1963) se graduó como licenciado en Letras en la Universidad de Buenos Aires. Trabajó como periodista y guionista de historietas. Ha publicado, entre otros libros, las novelas La traducción (1998), Filosofía y Letras (1999), El calígrafo de Voltaire (2002), La sexta lámpara (2005), El enigma de París (2007), Crímenes y jardines (2013) y Academia Belladonna (2021). Entre sus libros para jóvenes están Lucas Lenz y el Museo del Universo (1992), El inventor de juegos (2003), y Hotel Acantilado (2021). Ha recibido el Premio Planeta-Casamérica 2007, el Premio de novela de la Academia Argentina de Letras 2008 y el Premio Nacional de Cultura 2012, otorgado por el Ministerio de Cultura de la Nación.

De todos los fabricantes de biombos del imperio, ninguno tan elogiado como Li-Chun. Aunque las tallas de sus biombos eran perfectas, su mayor arte estaba en las pinceladas que cubrían los paneles. Li-Chun daba vida a cada montaña, cada ola, a cada nube que pintaba.
Un verano el sabio Feng visitó la ciudad donde vivía Li-Chun. Apenas se enteró, el artesano le envió una invitación. Feng recorrió la casa y contempló los biombos, que estaban dispuestos a buena distancia uno del otro.
–Cuando uno ve sus obras repasa su propia vida, maestro Li-Chun. Todo es tan sutil, todo está tan difuminado, que las cosas no están aquí como las vemos, sino como las guarda nuestra memoria –dijo Feng.
El artista agradeció las palabras de su visitante. De pronto Feng recordó:
–He oído de un biombo llamado «Fuego en el bosque». Dicen que era el más hermoso que jamás se pintó y que era tan perfecta su imagen del fuego que la madera acabó por arder.
Li-Chun suspiró.
–Sus palabras me halagan y me entristecen a la vez, sabio Feng. A ese biombo debo mi fama, pero desde que se quemó, hace veinte años, nunca pude hacer nada igual. Fueron días funestos: al mismo tiempo tuve que soportar la partida de mi discípula, la grácil Mei, y la pérdida de mi mejor obra, «Fuego en el bosque».
El recuerdo del biombo quemado todavía conmovía al artista, y le pidió a Feng que lo acompañara a un paseo por los jardines.
–Escuché hablar de Mei. Sé que era de noble cuna, y que a pesar de su origen vino a trabajar aquí como una simple ayudante. ¿Era competente?
–¿Competente? Cada pincelada tenía algo de frágil y a la vez de inevitable, como una gota de lluvia.
Se sentaron sobre esterillas bajo un aromo. La anciana mucama de Li-Chun trajo té.
–¿Recuerdas el día que se fue Mei? –le preguntó el artista a su servidora. Luego miró a Feng–. Mei dijo que nos haría dos regalos, uno a mi buena mucama y otro a mí. A ella le regaló el abanico que acostumbraba a usar, pintado por ella misma. Mi regalo lo olvidó. De todos modos, nada hubiera compensado la tristeza de su partida.
Después de tomar el té en silencio, dijo el artista:
–Yo guardaba mi biombo en una cabaña en el bosque. Pensaba que nadie más sabía dónde estaba, pero alguno de mis rivales lo encontró y le prendió fuego. Si usted hubiera estado aquí en ese entonces, estoy seguro de que hubiera averiguado cuál de mis competidores era el culpable.
–A veces los viejos enigmas son más fáciles de resolver que los nuevos –dijo Feng–. Las pruebas se desvanecen, es verdad, pero la cadena de causas y consecuencias se ve con más claridad.
Cuando la mucama vino a ofrecer más té, el sabio Feng le pidió:
–Hace calor. ¿No sería posible que me prestara aquel abanico que le regaló Mei?
La vieja servidora pronto le trajo el abanico.
–No lo uso nunca. Lo cuido como un tesoro –le advirtió antes de entregárselo.
–Prometo abrirlo con delicadeza.
El abanico mostraba a unas grullas que volaban sobre un lago poblado de juncos.
–Un objeto precioso, es verdad –dijo Feng–. A pesar de que usted no lo abra nunca, aquí hay una mancha de hollín. El pulgar de Mei dejó esta huella.
–Qué raro –dijo la anciana–. Ella era tan cuidadosa…
–Esa huella fue su firma.
–¿Firmó el abanico? –preguntó el artesano.
–No. Firmó el incendio. Fue ella quien quemó el biombo antes de partir.
–Eso no es posible –protestó Li-Chun–. Era la muchacha más dulce del mundo.
–Antes de partir Mei dijo que les iba a hacer dos regalos. Y así lo hizo. A su mucama, le dio el abanico. Y a usted, el incendio.
–¿Por qué haría ella algo así?
–En ese entonces usted no tenía la fama que tiene ahora. Por hermoso que fuera su biombo, siempre habría quien pensara que no le hacía justicia al fuego, que el humo no es tan oscuro o tan claro, que las llamas de verdad son más rojas o más amarillas. Toda obra de arte es el comienzo de una discusión. Mei se ocupó de difundir el rumor de que su incendio estaba tan perfectamente pintado que el mismo biombo se incendió. Desde entonces, todos los expertos en biombos hablan de su obra perdida. Dicen que era perfecta, porque a cada uno le parece perfecto lo que habita en su imaginación.
El sabio Feng cerró con cuidado el abanico y lo devolvió a la vieja mucama.
–No piense mal de la grácil Mei –le dijo Feng a Li-Chun–. Ella lo admiraba tanto que quiso darle un regalo invisible: una leyenda. Es el mayor regalo que un artista puede recibir.
