Cooperativismo | ALBOR PATAGÓNICO

Tejer el futuro

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Ulises Rodríguez

En Puerto Madryn, una cooperativa de mujeres recupera la lana chubutense como recurso productivo, identidad cultural y base para una economía construida desde lo colectivo.

Abrigo y tradición. Integrada por ocho mujeres, Albor produce gorros, mitones, medias, canastas, ponchos y otras prendas de vestir.

Foto: Nicolás Fagolini


En la ciudad de Puerto Madryn, allí donde el viento modela el paisaje y la oveja forma parte de una historia productiva centenaria, un grupo de mujeres decidió volver a los orígenes. No como gesto nostálgico, sino como una forma concreta de trabajo, identidad y futuro. Así nació Albor Patagonia, una cooperativa de lanas naturales integrada por tejedoras e hilanderas que apuestan a revalorizar un recurso propio y a construir, desde lo colectivo, una economía posible.

Integrada por ocho mujeres, producen gorros, mitones, medias, canastas, ponchos y otras prendas de vestir, trabajando mayormente con lana sin teñir, respetando los colores naturales de la oveja. Sus productos se venden en ferias, stands y puntos turísticos, y poco a poco también empiezan a ser reconocidos por la comunidad local.

«Creo que soy la mamá de la cooperativa, la que empezó a convocar a otras tejedoras a unirse a un sueño», recuerda Raquel Guterman con una sonrisa orgullosa. Y apunta que el nombre no fue casual: «Albor significa “origen”, el inicio, y tenía mucha resonancia con nuestro objetivo, que era encontrar el origen de nuestra lana, y empezar a trabajar con esa lana de raíz chubutense». 


Ensayo y error
La cooperativa comenzó a gestarse poco después de la pandemia, en un contexto de dificultades para acceder a lanas de calidad a precios justos. «Si nosotros somos de la tierra de la oveja merino, ¿cómo puede ser que no consigamos lana merino?», rememora Raquel sobre la pregunta que encendió la búsqueda.

Ese recorrido implicó aprendizaje, ensayo y error. Descubrieron que no existe una sola lana, sino que hay distintas cruzas, calidades y formas de hilado. «Aprendimos que no solo hay lana merino, sino que hay otras cruzas de ovejas que dan otro tipo de lana, y aprendimos las diferencias entre una y otra. Entonces empezamos a buscar justamente el origen y aprendimos las diferentes maneras de hilarlas», explica. 

A partir de ese momento se conectaron con grupos de mujeres hiladoras y empezaron a especializarse. Con el tiempo, lograron producir piezas homogéneas y pensar un producto común. En 2022, un capital semilla permitió la primera compra grande del insumo y la venta inicial de gorritos de lana tradicional. «A los dos meses habíamos duplicado esa plata», dice Raquel. Desde entonces, el crecimiento fue sostenido.


Tejiendo redes 
En Albor Patagonia hay una decisión ética que Raquel deja en claro: «Nosotras jamás regateamos un precio» y explica que «tejer lleva tiempo, no somos máquinas; es un proceso artesanal y valioso en sí mismo». Esa postura fue sumando voluntades y fortaleciendo una red –en toda la provincia– de las hilanderas que ellas mismas fueron contactando, lugareñas de diferentes comunidades que son las que conocen el oficio de esquilar e hilar, un oficio transmitido por sus abuelas.

«Para las familias pequeñas, vender la esquila puede ser un ingreso nuevo con el que hacer el piso de la casa», dice Raquel, convencida de que Chubut puede ser reconocida como tierra de tejidos y de lana. «Una idea que siempre me ha quedado es que si yo quiero poner una casa de zapatos de fiesta en la avenida donde están las verdulerías, no voy a vender zapatos de fiesta. Pero somos una provincia con una historia muy importante en la producción de lana y tejidos, entonces hay mucho para empezar a entender que esto es un recurso natural sostenible», dice convencida Raquel. 


Crecer colectivamente
Nancy Pessoa, recientemente incorporada a la cooperativa, también tenía la sensación de que «algo estábamos haciendo mal», al ver que muchas materias primas llegaban desde Buenos Aires y dice convencida: «Tenemos que comprar lanas de nuestra provincia y revalorizar el trabajo de las personas que trabajan con lana».

Para ella, el primer contacto fue definitivo. «Las lanas naturales son un viaje de ida: no querés volver a trabajar otra», dice, al tiempo que destaca el «trabajo de hormiga» de la cooperativa y valora especialmente la posibilidad de capacitarse y crecer colectivamente.

La transmisión del oficio, muchas veces generacional, atraviesa las historias del grupo. Nancy aprendió a tejer de su abuela, otras mujeres se acercan desde distintos saberes y trayectorias. Un ejemplo es el caso de Marcela Maturo, que empezó casi por casualidad: «Todo comenzó como un hobby; tejer me tranquiliza, me relaja», dice y cuenta que hoy teje pequeños canastos y agarraderas y espera que el proyecto siga creciendo. Oriunda de Buenos Aires, Marcela se radicó hace cuatro años en el barrio Solana de la Patagonia de Puerto Madryn, decidida a dedicar su vida al tejido.

«Me encantaría poder vivir de esto y no tener que dedicarme a otra cosa para compensar», confiesa Raquel. En esa frase se condensa el deseo compartido: que el origen no sea solo un punto de partida, sino también un lugar en el que valga la pena quedarse.

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