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Piedra y camino

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Ulises Rodríguez

En Puerto Madryn, un grupo de trabajadores enfrentó el cierre de la empresa que elabora laja y mediante la organización colectiva logró volver a producir y proyectar futuro.

De la quiebra a la vida. Con 56 asociados, Púrpura sostiene una actividad que combina saber técnico, trabajo colectivo y arraigo territorial.

Foto: Nicolás Fogolini

En las afueras de Puerto Madryn, Chubut, donde el viento patagónico golpea la meseta y la roca aflora como parte del paisaje, un grupo de trabajadores encontró la manera de no perder su fuente laboral. Tras la quiebra de la empresa Piedra Púrpura S. A., de capitales italianos, 39 obreros se organizaron, se hicieron cargo de las deudas y crearon Púrpura Cooperativa de Trabajo, que hoy extrae y elabora pórfido –comúnmente conocido como piedra laja– y sostiene una actividad productiva con arraigo local y proyección a futuro.

Durante más de un siglo, la piedra trabajada en esta planta viajó mucho más allá de la Patagonia. El pórfido extraído allí forma parte de obras emblemáticas del país, como el Obelisco porteño o la Plaza de la Bandera, en Rosario, además de otros espacios públicos de relevancia nacional. La empresa, con fuerte perfil exportador, llegó a emplear a casi 100 personas y supo ser una referencia del sector.

La historia cambió abruptamente cuando se interrumpieron las exportaciones a Italia y la empresa madre entró en crisis. El impacto fue inmediato: la firma local se vino abajo y dejó a sus trabajadores sin respuestas, sin indemnizaciones y con la actividad paralizada. Frente a ese escenario, un grupo de trabajadores no se resignó y decidió avanzar colectivamente.

«Fueron momentos duros», recuerda Pablo Capart, presidente de la cooperativa y repasa que «la estructura de la empresa se empezó a desmoronar y tampoco había cómo responderle a los clientes locales. De a poco se fueron perdiendo mercados por no cumplir con los pedidos». La decisión de continuar trabajando fue la única alternativa para sostener el oficio y preservar los puestos de trabajo en una actividad profundamente ligada con la identidad productiva de la región.


Pesada herencia
Uno de los rasgos distintivos del proceso fue la forma en que los socios enfrentaron la situación financiera heredada. «Fuimos 39 los que estuvimos tras la idea de armar una cooperativa de trabajo. Nos asesoramos y lanzamos ese proyecto que hoy ya es una realidad», recuerda Capart, al tiempo que  Norberto González, trabajador histórico de la cooperativa agrega: «Hoy somos 56 trabajadores; se fue agrandando para tener la producción que se necesita».

La cooperativa no solo se propuso continuar con la actividad, sino que también se hizo cargo de las deudas que habían dejado los empresarios. Así, afrontaron juicios iniciados por exempleados y pusieron a favor de la cooperativa los créditos laborales que cada trabajador tenía con la firma quebrada.

«Por intermedio del Banco Credicoop pudimos pagar la deuda más grande que había quedado, que era con la AFIP. Con ese dinero fuimos afrontando a los acreedores de la quiebra», relata Capart. El acceso a este crédito fue un momento clave. Uno de los asociados puso su vivienda como garantía personal, dato que da cuenta del nivel de compromiso asumido por los trabajadores y de las dificultades que suelen atravesar las empresas recuperadas.

En julio de 2025, la Justicia falló a favor de Púrpura Cooperativa de Trabajo, reconociéndola como la única entidad habilitada para adquirir los bienes de la antigua empresa y continuar con la actividad productiva. «La deuda con AFIP era una de las cosas que más trababan para que el juez fallara a favor de la cooperativa», apunta el presidente.


Identidad y futuro
Hoy, Púrpura Cooperativa de Trabajo cuenta con 56 asociados y sostiene una actividad que combina saber técnico, trabajo colectivo y arraigo territorial. «Trabajar codo a codo y entender que entre todos podíamos salir adelante es un ejemplo clave del cooperativismo», señala el presidente, mientras celebra que la planta vuelve a funcionar.

«Dentro de la oficina estamos todos ayudándonos y cubriendo las tareas que van surgiendo», añade una de las mujeres que trabajan en la cooperativa, Viviana Cuevas, quien ocupa el cargo de secretaria. «Este año fue difícil para todos, pero esperamos que se reactive el comercio y podamos vender», manifiesta.

En el último año, la cooperativa sufrió una caída en las ventas a nivel local, pero Capart proyecta una vuelta a los niveles de 2023: «Estamos preparados para volver a esos niveles de producción». Para los trabajadores y trabajadoras, el desafío hacia adelante es consolidar lo logrado, completar el proceso de compra de los bienes, invertir en maquinaria y fortalecer la producción.

Donde hubo abandono y quiebra, hoy hay organización, trabajo y una experiencia que confirma que el cooperativismo puede transformar una crisis en un proyecto con futuro.

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