17 de febrero de 2026
Campeones del mundo de ayer y de hoy le dan prestigio argentino al torneo continental de este año. Las siete ilusiones albicelestes en la 67ª edición, marcada por el dominio brasileño y el avance del negocio.

Símbolos. Di María y Paredes, figuras de Rosario Central y Boca, en un partido jugado en el Gigante de Arroyito, en septiembre.
Foto: Getty Images
La Libertadores de Ángel Di María y de Leandro Paredes está en marcha. Les vaya como les vaya, ambos constituyen faros altos en esta edición, la 67.° de la más mítica de las competiciones de un costado del planisferio donde el fútbol es casi el aire. Dos esferas, la Tierra y la pelota, lo saben: son argentinos y son campeones del mundo, un montón si se considera lo que implica la argentinidad en este torneo y si se añade que, en esta época y en este país, no resulta tan sencillo que un campeón del mundo salga a jugar la Copa.
Muy flaco, muy deslumbrante y, sobre todo, muy chico, Di María se calzó la ropa que ahora también luce, la de su Central de las venas, en cuatro partidos de la Libertadores de 2006. Aceleraba, claro, lejos aún de que la humanidad pronunciara entre admiraciones deportivas su nombre. Paredes no pisó nunca el césped en un duelo por esta Copa (apenas lo hizo una vez por la Copa Sudamericana), pero seguro creció con la imaginación vestida de Boca, como le ocurre en estos días, para ser parte de una cumbre así. Del elenco feliz en Qatar 2022, cuatro se dieron el gusto de girar una vuelta olímpica y continental: Gastón Pezzella, en el River de 2015; Franco Armani, Exequiel Palacios y Julián Álvarez, para River y en el 2018 irrepetible de la final superclásica de Madrid, cuando ni intuían que cuatro temporadas después disfrutarían como campeones con la selección nacional.
De los 69 futbolistas argentinos que besaron la Copa del Mundo entre 1978, 1986 y 2022, sobresale como vencedor de la Libertadores el formoseño Rubén Galván, mediocentro buenísimo, antorcha de los años dorados de Independiente, suplente de Américo Gallego (que celebró la Libertadores con River en 1986) en el Mundial de los muchachos de César Luis Menotti. Ganó cuatro y probablemente hoy se asombraría al enterarse de que en 2026 la misma Copa reúne a 47 equipos, distribuye más de 200 millones de dólares en premios y se alarga de punta a punta del calendario con una cita de desenlace el 28 de noviembre en Montevideo, sede designada con prescindencia de qué camisetas avancen. Ocurre que esta es la edad de la vida espectacularizada con los goles como espectáculo central de esa vida espectacularizada. Hay otra estructura, otro volumen de negocios y otra cantidad de horas con lluvias de transmisiones por pantalla que en la década del setenta en la que el Negro Galván la descosía o al cierre de los sesenta, cuando otros dos campeones mundiales de 1978, Rubén Pagnanini y Héctor Baley, integraron los planteles del multicampeón Estudiantes de La Plata.
Impresiona: el escenario político-económico emerge bien otro pero la sed de gloria burbujea parecida, quizás idéntica, un cimiento entre los cimientos de la masividad del fútbol. Ni Diego Maradona ni Lionel Messi intervinieron ni un minuto en la Copa, su cuenta pendiente. Ni Ubaldo Fillol ni Daniel Passarella lograron alzarla aunque su River se arrimó mucho. Tampoco Mario Kempes o Jorge Valdano, quienes, en sus juventudes, metieron goles coperos para Central y para Newell’s. Atractiva la Libertadores. Y brava.
Jorge Olguín fue campeón mundial con Argentina en 1978 como lateral derecho y campeón de la Copa con Argentinos Juniors en 1985 como central. Un crack. ¿Habrán conjeturado media vez él y el otro lateral del 78, Alberto Tarantini (campeón con el Boca del Toto Lorenzo en 1977), o él y Sergio Batista y Claudio Borghi (sus compañeros de ese Argentinos y campeones en México 86), que llegaría una Libertadores, justo la de este año, en la que se dispondrá un parate obligatorio de 90 segundos dentro de cada tiempo? ¿Qué diría de ese invento que pretexta cuidar la salud de los jugadores pero suena a abrir más rutas para el circo y para las publicidades alguien como el luminoso René Houseman, uno de los reyes de 1978 y que entró en solo un encuentro, en 1984, en la última de las siete Libertadores de Independiente?
Cambio de época
Dos motivos dominantes confluyen para que emerjan unos cuantos dobles campeones de Mundial y de Libertadores entre los actores de las dos primeras estrellas y que la cuenta se agote muy rápido en el presente. Uno lo evidencia que una mayoría abrumadora de los seleccionados actuales se desempeña en otras ligas, a distancia de casa y de los clubes que los forjaron. Ricardo Bochini, brillante entre los brillantes, compone la nómina de campeones de 1986 y multiplicó cuatro Libertadores con Independiente: jamás se enfundó otros colores. Incluso su gran socio, Ricardo Daniel Bertoni, fulgurante en la delantera celeste y blanca de 1978, desplegó tramos extensos de su trayectoria en Europa, pero la jerarquía y las lógicas de otra era le posibilitaron ascender en tres ocasiones al cielo de la Copa empilchado de rojo. La segunda causa reside en que transcurre una etapa de hegemonía brasileña: ocho de los últimos nueve títulos y siete seguidos hasta el del Flamengo en el noviembre más próximo. Se requiere retroceder hasta el River de 2018 para detectar un club argentino campeón. Y no solo eso: desde 2020 en adelante, el único subcampeón no brasileño fue Boca, que perdió en 2023 con Fluminense.
Siete equipos de la Argentina tratarán de demostrar que el fútbol es una música que siempre puede sonar distinto. Serán el Central de Di María (primero en la tabla general de 2025, coronado campeón de liga por la AFA), el Boca de Paredes (el Xeneize vuelve a la fase de grupos tras finalizar segundo en la tabla anual), Lanús (que obtuvo su sitio al coronarse en la Copa Sudamericana), Argentinos Juniors (el que larga primero y en fase 2, el 18 de febrero), Estudiantes de la Plata (campeón del Torneo Clausura 2025) y dos que debutan: Platense (campeón del Torneo Apertura 2025) e Independiente Rivadavia (dueño de la Copa Argentina), cuyos hinchas expondrán en cada gesto la sustancia de la que el fútbol está labrado, más acá o más allá de lo que diseñen las corporaciones que someten al universo. En ese horizonte que articula a las tradiciones con las novedades y a la presión con la emoción, también habita algo de la expectativa naciente.
Como sobre el epílogo del 2025, la Conmebol le prolongó el contrato de televisación a ESPN hasta 2030, un público anchísimo latirá en torno de pelotazos y atajadas a través de los canales lineales de esa megaempresa y, también, por Disney+ Plan Premium o por Telefé (para algunos partidos de los argentinos). Acaso la programación cobije recuerdos con las imágenes de los campeones mundiales Norberto Alonso, Oscar Ruggeri, Héctor Enrique, Nery Pumpido y Gallego sonriendo por el River victorioso de 1986 o de los campeones mundiales Jorge Burruchaga, Ricardo Giusti, Néstor Clausen o Bochini abrazando la consagración del Independiente de 1984. Di María, Paredes y un montón de jugadores tal vez descifren que allí andan las señales de un rumbo hermoso. En eso consiste soñar fútbol. En eso consiste hacer historia.
