23 de febrero de 2026
Con sus 99 años recién cumplidos, Mirtha Legrand sigue al frente de su tradicional programa, que en el verano se centra en la actividad teatral de Mar del Plata sin perder de vista el pulso de la realidad.

Patrimonio viviente. Desde la cabecera de su mesa, Legrand es testigo de la historia política y social argentina.
Foto: Captura
La temporada veraniega de Mirtha Legrand, con sus 99 años recién cumplidos, la encuentra más callada, dejando que se explayen invitados monologuistas, que suelen convertirla en el centro del tema de la mesa. En el hotel Costa Galana, la Señora TV sabe desaparecer como nunca antes; se borra y las hermanas Pastorutti hablan de corrido sin inhalar, mientras los Pimpinela meten un bocadillo tan para el oído medio, que aburren. Evidente ejemplo de lo que no llegaremos a ser: Mirtha convierte su hiperlongevidad en «leyenda», como dice de sí una o más veces por semana, haciendo de la repetición un valor, donde antes se acusaba un déficit.
Patrimonio viviente que interactuó con Perón y con Niní Marshall, que es testigo del ciclo de eterno retorno y de crisis permanente que atraviesa a la historia política y social argentina íntegra, Mirtha araña el siglo de vida. No hace tanto lloró ante Milei, con este recién asumido, y le dijo que no quería morirse sin ver «bien» a su país, en nombre de «la gente», de la que se percibe emisaria. Desde entonces no volvió a tocar el tema. Y prefirió entregarse al pasatismo y las marquesinas más brillantes de la costa argentina. Ahí también brilla Mirtha, en la pausa y en la víspera, lejos de los karmas de la vejez, de la senilidad y la demencia, de la postración y la fractura: delicada, siempre vital; criatura perfumada que ya se empieza a extrañar.
Para que anoten los productores inexperimentados: en TV la ritualidad es el núcleo de una transmisión que avanza a través de formalismos, frases hechas, que, a esta altura, son una coreografía sobredimensionada pero imprescindible. Quizás por eso Mirtha había amenazado con irse si le quitaban a la cocinera Jimena Monteverde: esa intervención fue tan nodal como su protocolo de refranes, su descripción del vestuario, sus preguntas punzantes que van a «lo que la gente quiere saber». El emotivo reencuentro de la conductora y la chef en el piso fue, de hecho, uno de los momentos más comentados de la última emisión.
En la temporada en curso del programa los pequeños olvidos se reparan con invitados amigos que la visitan desde hace décadas o cronistas del «Grupo» que le facilitan la pregunta al ministro o el político de turno. La presencia frágil, el aire más otoñal, el porte más menudo; la compresión física, el titubeo, el pedido de reiteración porque no los alcanzó a escuchar: todo convalida el mito vivo, la «leyenda», ese durar en lo mismo que, lejos de significar ausencia de riesgo o falta de creatividad, convalidan una presencia que construye el más grande puente intergeneracional, que perpetúa una identidad en la cultura popular.
La mañana con Moria y La noche de Mirtha: dos sobrevivientes de una TV de piso, basada en el aura de una artista, que tiende a extinguirse junto con el imperativo del punch y la velocidad de la extensa charla sin anclaje del streaming. Moria y Mirtha, porque se cayó Susana de esa dinastía aureolada mediática en un país sin monarquía. Pero, sobre todo, Mirtha, al borde de la centuria, divinizada con elusiones y lavados mediante, eliminando su tendencia a una rancia derecha que –mientras la política se ultraderechiza en un inacabable burlesque– se convierte en apenas su distinguido modo de habitar el Barrio Parque y de preservar sus intereses de clase, aunque eso cada vez se enuncia menos en sus mesas.
El arte de la conversación
En la ciudad en la que «el telón no se levanta, se corre» (al decir del cronista Enrique Raab en el diario La Opinión), los actores van a la mesa marplatense de la que antaño, en sus inicios, fue la diva cinematográfica de un blanco y negro que se proyectaba al futuro, y la colocaba en el cénit del extinto sueño argentino. Ella «ascendió» de una familia trabajadora del pequeño pueblito santafesino de Villa Cañás al marmóreo pedestal que, quizás, no le encuentre un par a la altura. Se la identificó, para bien y para mal, con la opinión pública detrás de una pantalla, más incisiva con su mirada a cámara que una cadena nacional, hábil para moverse como oposición moderada a los gobiernos de derecha, fiel al ama de casa y el asalariado promedio, sin edad ni rostro particular.
Durante el verano (más aún este enero pasado) visitó los teatros con atribución de «dar suerte» y convirtió al «ascensor» en un tema, cuando lo había o no en una sala determinada. Hizo de su híperactividad un leit-motiv existencial, por momentos maníaca, anunciando la gran fiesta de sus 99 en casa de su hija Macela Tinayre, siempre alternando como escenografía el fondo de salón señorial del hotel 5 estrellas con la popular alegría de vivir de la masa, en la puerta o el interior de los teatros.
Se solidariza con sus colegas tocando con su popularidad a quienes no la necesitan, y luego esos mismos la visitan, y la amparan con sus voces cómodas, adulatorias, identificables para el gran público (de Polino a Fátima, y de los Pimpinela a la Sole), y así construyen una conversación sin claroscuros. Lo inmutable, lo imperecedero son aquellos mediodías del ayer, que hoy son sus noches, en los que a través del tiempo Mar del Plata asentó su estatuto de «Ciudad Feliz» (y con el mayor desempleo de la República). «De día, a la playa; de noche, al teatro», sentenció el productor Carlos Rottemberg, a quien Chiquita llama «el Rey de La Feliz».
Todo permitido: ella es la atracción. Puede ser una interlocutora funcional a Patricia Bullrich para defender la reforma laboral. Y encontrar a su antagonista menos previsible en Edith Hermida, de lo más punzante que se escuchó contra el poder en dicha mesa. La anfitriona perfecta de un salón de la alta sociedad marplatense de los años 50 todavía sabe extender una sobremesa con soltura. La actualidad se toca sin subrayados, en una escena que sigue combinando tradición y evolución: una charla grupal de hora y media con alguna estridencia de vez en cuando sobrevive en la TV-vértigo, avalada por la condición de récord mundial de persona más añosa al aire en un programa que ostenta Mirtha, que ya lanza la cuenta regresiva rumbo a los 100.
