De cerca | LA VIDA EN CUADRITOS

«El dibujo es extraordinario»

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Bárbara Schijman - Fotos: Juan Quiles

Tute evoca los indicios tempranos de su vocación por el humor gráfico. La influencia de su padre, Caloi, y otros referentes. Entre el inconsciente y la razón, la huella del psicoanálisis en su obra. 

«Apenas pude hablar, dije que quería ser humorista gráfico, que quería ser dibujante», confiesa a Acción Juan Matías Loiseau, más conocido como «Tute», uno de los exponentes más notables del oficio en la Argentina. Desde hace más de 30 años desarrolla una obra singular, en la que el dibujo y la palabra funcionan como una forma de pensar la vida cotidiana.

Multifacético, observador y con estilo propio, Tute es hijo de María Cristina Marcón, artista plástica, y de Carlos Loiseau, el entrañable e inolvidable Caloi. Entre sus personajes más queridos se encuentran Mabel, Rubén y Batu. Algunos de sus libros son Dios, el Hombre, el amor y dos o tres cosas más, El amor es un perro verde, Diario de un hijo, Todo es político!, Superyó, Mabel & Rubén al diván y La niñez. Recientemente publicada, Ensayo para mi muerte es su tercera novela gráfica.

Lleva más de veinte títulos editados en Argentina, España, Francia, México, Colombia y Brasil. Desde 1999 publica sus dibujos en el diario La Nación.

Además, también lanzó el disco Tangos nuevos y el proyecto audiovisual Canciones dibujadas, con temas de su autoría interpretados por reconocidos músicos. Condujo los ciclos Tutelandia en UN3TV y Preguntas dibujadas, que se transmitía a través de sus redes sociales.

–¿Qué primeras imágenes surgen cuando vuelve con la mirada a ese niño que decía que quería dedicarse al humor gráfico?
–Lo primero es recordar una noche, la única donde tuve dudas de si yo estaba preparado para este destino de humorista gráfico. Fue una noche en la que me propuse sacar ideas, para ver si verdaderamente, además de dibujante, podía ser humorista gráfico. Desde muy chiquitito estuve seguro de que iba a ser humorista gráfico, pero en la adolescencia, cuando terminé la secundaria, pensé si realmente estaba preparado para eso y dudé por primera vez.

–¿Qué pasó esa noche?
–Me acuerdo de que me quedé toda esa noche frente a mi tablero, pensando y anotando ideas humorísticas, hasta que se hizo de día. Exhausto, me fui a dormir. Al otro día me desperté, busqué todos esos papeles con bocetos y vi que había ideas que estaban bien, que eran ingeniosas. Recuerdo el alivio de reconfirmar mi destino de humorista. Mi camino de humorista gráfico viene desde el principio, es decir, yo dibujaba y, apenas pude hablar, dije que quería ser humorista gráfico, que quería ser dibujante. Es más, decía que lo era. Y no es solo un recuerdo: está escrito.

–¿Cómo es eso?
–Mi vieja se tomó el trabajo de escribir un libro que se llama Niños, cuya tapa es de papel escocés y tiene la palabra «Niños». Ahí escribió todas las cosas que mis hermanos y yo decíamos desde que empezamos a hablar hasta la adolescencia. Están los registros míos con dos o tres años diciendo que era dibujante. A los cuatro años decía que me iba a mi estudio a hacer mis dibujos o me quejaba porque decía: «Yo dibujo Clementes pero nadie me los paga». Ese libro es extraordinario, es la posibilidad de reencontrarse con quien uno fue siendo muy chiquitito, con los berretines, los sueños y los deseos que ya estaban en mí. Siempre dibujando.

–En cierto modo, ¿dibujar es su juego?
–Es un juego, pero como juegan los chicos: en serio. Cuando agarran dos sillas y arman una nave espacial, se lo toman muy a pecho y están dentro de una nave espacial. Así jugamos los humoristas gráficos, con esa seriedad. No hay nada más serio que el humor gráfico y no hay dibujo que sea inocente. Todos los dibujos transmiten un mensaje, una idea, una ideología, un sentimiento. En ese sentido, creo que el dibujo es extraordinario.

–¿Qué lo hace extraordinario, puntualmente?
–Cualquiera puede dibujar en un papel, dentro del mundo del arte es una actividad muy económica. El dibujo, el humor, la historieta, son herramientas ilimitadas para la expresión. Pero no hay que confundirse, no es un dibujo inocente, no es un dibujo infantil, no es pueril: en todo caso tiene la potencia y la seriedad del juego. Está contando algo, está presentando una duda o el impacto de una realidad política, social, íntima. Es la expresión de una perplejidad, es el análisis sobre algo.

–¿Quiénes son sus referentes?
–Uno se sigue formando toda la vida, pero siempre tengo el registro de mis grandes maestros de aquella etapa inicial en la que, por supuesto, estaba mi viejo, Quino y también Fontanarrosa. Pero hubo muchos más dibujantes, incluso de la generación anterior: Oski, Garaycochea, que fue mi maestro directo, Ferro y tantos otros. José Muñoz, sin duda, uno de los más grandes dibujantes de historieta, aunque no sea humorista gráfico. Sendra, Tabaré, Maicas, de todos aprendí algo. Maitena, Rep, Mordillo, qué sé yo, tantos, tantos. Bróccoli, Copi.

–Contó en varias ocasiones que su estilo se caracteriza por trazos impensados, más guiados por el inconsciente que por la razón. ¿Cómo se relaciona eso con el psicoanálisis, con el que tiene una relación cercana?
–Hay algo del proceso creativo que se fue modificando en virtud del análisis, y tiene que ver con confiar en el inconsciente. Al principio me autoimponía un tema para desarrollar. Hace muchísimos años que dejé de hacerlo, que me siento al tablero con mayor libertad a esperar que el inconsciente me convide el tema, que termine saliendo lo que tenga que salir. Cambió todo, porque en realidad cambió mi mirada. El psicoanálisis te cambia la mirada sobre el mundo y, por supuesto, cambia también tu forma de hacer humor.

–¿Cuánto le permitió, el análisis, diferenciarse estilísticamente de su papá?
–Supongo que algún peso habrá tenido el psicoanálisis en el despegue de la figura de mi viejo, pero no demasiado. En todo caso, me ayudó más bien a desidentificarme de él en otros sentidos. Artísticamente, el despegue fue bastante temprano y muy consciente. Siempre digo que, al principio, me acerqué mucho estilísticamente a mi viejo. Después sentí la necesidad de alejarme de ese estilo que durante un tiempo me dio mucha seguridad y me enseñó, para poder encontrar mi propia voz, mis propias ideas y mi propia forma de expresarlas.

–¿Alcanzó el estilo al que aspiraba en sus inicios?
–Estoy conforme con haber encontrado mi propia voz. Esa es mi mayor conquista. Después, por supuesto, el estilo está hecho también de las debilidades y las limitaciones, tanto como de los hallazgos, las astucias o facilidades. Pero sí estoy muy satisfecho de haber conseguido una voz personal, una manera particular de expresar mis propias ideas: eso sí lo considero un éxito.

–¿Qué suele aparecer primero, el dibujo o la palabra?
–Para el cuadro de humor gráfico, en general, primero aparece la idea como un texto y luego el dibujo; pero a veces es al revés. En esos casos, las ideas tienden a ser más voladas, más líricas, más poéticas, porque provienen del dibujo, es como si vinieran de otra parte de la cabeza o del inconsciente. En cambio, cuando estoy haciendo un libro, el proceso es más largo y siempre distinto. A veces el impulso de un libro proviene de una necesidad del alma; otras, de una necesidad más lúdica, de un juego, o lo sugiere un tema. Otras veces los impulsos provienen de versos de poemas ajenos, de una música o de una sensación.

–Hablando de necesidades del alma, ¿en qué medida Ensayo para mi muerte y Diario de un hijo tienen que ver con eso?
–En Diario de un hijo trabajo la relación con mi viejo desde mi nacimiento hasta su muerte. Ensayo para mi muerte surge alrededor de una imagen que tiene que ver con la muerte de mi hermano, con su cuerpo sin vida tendido en el suelo. Pero es, ante todo, un libro sobre la vida. Por supuesto hay un personaje omnipresente, que es un muerto, pero es la excusa para poner a los vivos a hablar sobre la vida, sobre lo hecho, lo no hecho, el deseo y los sueños. Como reza el libro al final, citando una vieja frase latina: «Dum vivimus, vivamus», que significa «Mientras vivimos, vivamos». El libro surge de una necesidad del alma de hacer algo con esa imagen que me había quedado grabada en la cabeza y en el corazón. Encontré una buena válvula de salida a través del dibujo.

–¿Cuánto ayuda el humor a sobrellevar grandes pérdidas o atravesar duelos?
–El humor es fundamental para las crisis, para todas las crisis, y el duelo es una gran crisis. Los duelos duelen, por eso se llaman así, y tiene el tamaño del amor que uno tuvo por el que se fue. El humor ayuda muchísimo; es una herramienta de sublimación maravillosa para dar una mano. Mis duelos tienen tres componentes. Uno, como para todos, es el de la distancia. La distancia en términos temporales. El segundo elemento, en mi caso, es el análisis; un espacio en el que trabajo los duelos. Y el tercero es el dibujo. Yo digo que la última parte de mis duelos siempre es dibujada, por eso Diario de un hijo y por eso Ensayo para mi muerte.

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