28 de febrero de 2026
En la segunda temporada de la serie En el barro, Verónica Llinás interpreta a una reclusa que ejerce su liderazgo con una voracidad avasallante y desalmada. Violencia, morbo y arquetipos en la prisión.

Perversa. La Gringa Casares (Llinás) pelea influencia y negocios sucios en La Quebrada.
Si funciona, conviene no cambiar. En el negocio del entretenimiento, ese simple axioma es ley. Por eso la segunda temporada de En el barro continúa la misma línea que la precedente, exitosa, muy comentada en medios y redes sociales. Se ha reconfigurado el mapa del poder dentro del penal La Quebrada básicamente para introducir nuevos personajes, eso sí. Pero la ficción creada por Sebastián Ortega mantiene las coordenadas que estructuraron su lógica original: una combinación explosiva de violencia, traiciones al por mayor como mecanismo de supervivencia y sexo presentado siempre como vehículo para el morbo, en línea con el proyecto de espectacularización del submundo del delito que ya planteaba otra serie de la misma familia, El marginal.
En el mundo del espectáculo, otro axioma sencillo indica que la prisión suele vender mejor cuando se exhibe como un zoológico humano. En ese marco, los nuevos ejemplares de En el barro son la Gringa Casares, interpretada por una Verónica Llinás masculinizada, perversa y dispuesta a todo para dominar un territorio difícil; y Nicole García, con un perfil completamente opuesto, el de una chica de clase media con notorio sex appeal que de un día para el otro pasó de azafata a convicta y ahora sufre por el destino de su pequeño. El papel quedó en manos de la China Suárez, una decisión indiscutible desde el punto de vista del marketing.
En esta nueva entrega el relato de En el barro se repite en bucle: La Gringa le pelea influencia en La Quebrada y negocios sucios en la calle a la Zurda (Lorena Vega). Y lo que va cambiando en esa disputa lo hace al ritmo de una espiral de agresiones y asesinatos sin pausa, presentados con deliberado efectismo visual, que refleja las reglas propias de un penal donde lo que más importa es quién manda en un territorio áspero, peligroso e intimidante. La narración avanza pelea a pelea, a cual más sangrienta.
Pero la Gringa también tiene debilidades: más allá de un apetito sexual ejercido con la misma voracidad avasallante con la que se mueve para sostener su liderazgo y que a veces le hace bajar la guardia, se la nota bastante más vulnerable cuando los problemas involucran a su hija (Carolina Kopelioff), con la que sostiene un vínculo tenso, incómodo.
Demasiado ocupada en mantener su coyuntural reinado, ha descuidado esa relación tan vital y se ha transformado en un ogro brutal que no muestra ni los más elementales rasgos de humanidad. No se sabe nada de su pasado, lo cual invalida posibles interpretaciones «psicologistas», pero eso quizás se resuelva en futuras temporadas. O no. Lo cierto es que, a diferencia de lo que ocurría con los villanos más salvajes de El marginal, en el caso de la Gringa no hay traumas pretéritos que expliquen un comportamiento tan desalmado. Es un personaje arquetípico y ya.
Ficción pesimista
Un escalón más arriba, el poder político (representado por las figuras del malévolo ministro de Seguridad que encarna Gerardo Romano y la astuta directora de la penitenciaría que introduce en la serie a Inés Estévez) hace todo lo posible y más para perpetuar una situación que también favorece sus desmedidas ambiciones. En ese sentido, En el barro es una serie escéptica. Al menos hasta el momento, porque está claro que esta historia continuará, como lo advierte, entre otras tantas pistas, el regreso del excéntrico personaje de Juana Molina en el último episodio de la temporada. También queda margen para el desarrollo del camino de Gladys (Ana Garibaldi), cuyo protagonismo es un recordatorio permanente del impacto popular que alcanzó el clan de los Borges como pieza fundamental de un suceso como El marginal.
El pesimismo se impone con todo su peso en la ficción. Salvo por los secundarios, de los que se sabe poco y nada, todos los personajes activos y más presentes de la serie parecen cortados por la misma tijera, con algún que otro matiz. Se ha hablado mucho de la estigmatización de las clases populares en este tipo de productos, pero En el barro ha «democratizado» esa mirada inculpadora: quedan salpicados también los políticos y un empresario sin ninguna clase de escrúpulos (Aquino, interpretado por Osmar Núñez). Pueden faltar tipologías sociales, claro, pero en lo que va de la serie imperan en todos los estamentos la codicia y el sálvese quien pueda, un estado de cosas deprimente que podría leerse como alegoría del clima de época que llevó al poder a Javier Milei.
Más que posibilidades de redención, en la historia se suceden reacomodamientos tácticos dentro de un sistema viciado. Lejos de ser accidental, la violencia aparece en la serie como una forma de organización. La corrupción no es una anomalía, sino una constante. Por lo demás, la trama tiene los condimentos necesarios para propiciar el maratón clásico del thriller (cliffhangers, traiciones, giros) y el material adecuado para el consumo de clips en redes (escenas «explícitas», confrontaciones de alto voltaje) que potencia la viralización de una producción que probablemente aspire a emular la vida útil de El marginal, que alcanzó las cinco temporadas. Habrá más tela para cortar en torno a En el barro, pero sería inusual que lo que venga difiera mucho de lo que vimos hasta hoy.
