5 de marzo de 2026
El asesinato del referente diaguita Javier Chocobar en Tucumán es el eje de «Nuestra tierra», el documental de Lucrecia Martel que indaga en la riqueza de una cosmovisión ancestral.
Escenario real. La comunidad Chuschagasta y el reclamo por el crimen de Chocobar, protagonistas de la película de Martel. Fotos: Prensa
El 12 de octubre de 2009, en Tucumán, Javier Chocobar, referente de la comunidad diaguita Chuschagasta, fue asesinado durante un intento de desalojo. Ese episodio, que expuso de manera brutal la persistencia de los conflictos territoriales en la Argentina contemporánea, es el núcleo de Nuestra tierra, el documental de Lucrecia Martel que se estrena el 5 de marzo.
La película no se organiza como crónica judicial ni como alegato: desplaza el centro hacia el modo en que una comunidad recuerda, habla y se piensa a sí misma. Acaso resulte prematuro arriesgar pronósticos, pero todo indica que, con el tiempo, esta película –más allá del impacto del caso y sus derivaciones– será leída como una obra mayor de la directora. Su abordaje inusual, de una extrañeza casi cósmica, que incluso incorpora un concierto de drones, desborda cualquier clasificación cómoda. Basta repasar algunas escenas para que el cuerpo se hiele y la impresión persista.
El caso no tuvo la resonancia mediática que cabría esperar de un hecho de esa magnitud. Incluso la coincidencia del apellido, atravesado por otro episodio policial de alto impacto público, también asociado al nombre Chocobar, pudo haber contribuido a la confusión y a una percepción errónea de que se trataba del mismo acontecimiento, diluyendo así su especificidad y su gravedad.
La distancia geográfica pesa: cuando la violencia ocurre fuera de la Capital o del conurbano bonaerense, el impacto disminuye y una parte considerable de la sociedad permanece al margen. La propia realizadora reconoce ese desconocimiento y lo inscribe en una experiencia personal: «Estaba buscando material para Zama, ya en 2010 había empezado a trabajar en la idea. Y revisando en YouTube imágenes sobre pueblos originarios, me encontré con ese video. Recordé que ya lo había visto. Fue muy escalofriante advertir que lo había olvidado. A partir de ahí empecé a investigar».
Espesor narrativo
El juicio a José Valdivieso, Luis Humberto Gómez y Sergio Amín, finalmente declarados culpables por el asesinato de Chocobar, aparece sin grandilocuencia. Antes de la condena, Nuestra tierra les concede la palabra a ellos y a sus abogados. Lo que surge es un discurso débil, burocrático, incapaz de exceder la fórmula. Martel no editorializa. Registra gestos, inflexiones, silencios. La teatralidad judicial –sus protocolos, su retórica, su elenco estable– se muestra como parte de un orden social sedimentado desde el siglo XIX. La película sugiere que ese orden define quién posee la escritura, quién dicta la norma y quién queda afuera del lenguaje legítimo.
Desde el inicio, Martel evita que las voces de los chuschagasta –los allegados a Chocobar, su exmujer, los miembros de la comunidad– queden reducidas a la función de testimonio que reclama justicia. Hay, sí, referencias al juicio y a los responsables, pero el dispositivo elige otro camino. Con el correr del metraje, la directora toma distancia del expediente y produce un desvío deliberado: las anécdotas mínimas y las memorias domésticas adquieren espesor narrativo. En esos relatos aparentemente laterales se reconstruye no solo una vida sino también una historia social más amplia.
El documental, que demandó 14 años de trabajo, fue uno de los ejes de la conversación que Martel sostuvo con periodistas de distintos medios. Allí abordó las condiciones materiales de producción y el presente institucional del INCAA, atravesado por una conducción inestable y por modificaciones en sus mecanismos de financiamiento, factores que inciden de manera directa en el volumen y la planificación de la producción industrial argentina.
«La situación del cine argentino resulta preocupante, se trata de una industria que genera alto valor agregado y requiere reglas claras», señaló. «La revisión del gasto y de las estructuras puede ser razonable, siempre que el objetivo sea ampliar la producción, diversificar miradas y fortalecer el trabajo. Hoy el problema central es la falta de previsibilidad: los proyectos demandan años de desarrollo, este trabajo que hicimos es un ejemplo extraordinario, pero el esquema de financiamiento permanece en riesgo. En ese vacío, solo prosperan los contenidos que las plataformas consideran viables según su propia lógica editorial. El resultado es el debilitamiento de un ecosistema creativo, reconocido internacionalmente y sostenido históricamente por la inversión pública, que deja cada vez más historias fuera del sistema».
A propósito del vínculo con Zama –proyecto que desarrolló en paralelo y cuyo núcleo temático dialoga con este documental–, Martel trazó un hilo que excede el género y ensayó una autocrítica: «Desde el comienzo revisamos la causa de las tierras y aparecieron documentos que nos obligaron a pensar qué es un archivo, qué guarda y qué deja afuera. Las fotos de la comunidad reponen una historia en la que muchos pueden reconocerse. La mayor esperanza es que la película abra conversaciones y memorias más allá de la sala. Extraño ver a los actores, ver Buenos Aires y nuestras ciudades; casi me arrepiento de crueldades que dije sobre la televisión. Sin producción sostenida se pierden generaciones. No es solo una industria: es la posibilidad de vernos y pensarnos como comunidad».



