Opinión

Mariana Carbajal

Periodista

8M: la desigualdad y el relato

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Un Gobierno que eligió al feminismo como enemigo niega la inequidad mientras desmantela las políticas destinadas a reducirla. Falacias y simplificaciones de un discurso misógino.

Foto: Getty Images

El Gobierno decidió conmemorar el Día Internacional de las Mujeres con un video que apesta: apunta a desacreditar a los feminismos y presenta la desigualdad de género como una ficción ideológica.

El problema no es que discuta lo que se hizo o no se hizo en relación a los derechos de las mujeres. El problema es que lo hace a partir de falacias, simplificaciones y una negación sistemática de las desigualdades de género estructurales.

El primer truco del relato oficial es presentar la desigualdad como un invento ideológico. Los datos dicen otra cosa. En Argentina, las mujeres participan menos del mercado laboral que los varones: la tasa de actividad femenina es de 52,6% frente a 70,1% de los varones, una brecha de 17,5 puntos. 

Cuando logran insertarse en el mundo del trabajo, además, ganan menos. En promedio, los varones perciben entre un 27% y un 29% más de ingreso que las mujeres. Y si se mira el trabajo informal, la brecha es todavía más brutal: alcanza el 40%. 

Son datos que surgen de la EPH (Encuesta Permanente de Hogares) del tercer trimestre del 2025, publicados este domingo en el «Informe 8 de marzo en perspectiva económica» del Observatorio de Género del Centro de Economía Política Argentina (CEPA).

¿Es ideología o son números oficiales?
La desigualdad no termina ahí. Las mujeres están sobrerrepresentadas en los sectores peor pagos ‒como el trabajo en casas particulares, donde constituyen casi el 99% de quienes se desempeñan‒ y subrepresentadas en los sectores de mayores ingresos. 

Por eso no sorprende otro dato: el 64,2% de las personas en el decil de menores ingresos son mujeres. Es lo que los estudios llaman «feminización de la pobreza». 

Frente a esta evidencia, el video oficial elige otra estrategia clásica: tomar algunos indicadores aislados o lecturas superficiales para afirmar que «no existe la desigualdad». Pero esa operación ignora un factor clave: el trabajo de cuidados.

Las mujeres dedican, en promedio, tres horas más por día que los varones a tareas domésticas y de cuidado no remuneradas. 

Ese tiempo tiene consecuencias concretas: limita las posibilidades de trabajar más horas, acceder a empleos mejor pagos o desarrollar carreras laborales.

En la Argentina, además, las cifras de femicidios son escandalosas: uno cada 33 horas. 

No es casualidad, entonces, que los organismos internacionales hayan encendido señales de alerta. El Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer de Naciones Unidas (CEDAW) acaba de examinar la situación de Argentina. En sus observaciones finales advirtió sobre retrocesos en las políticas de igualdad y pidió medidas urgentes para garantizar derechos básicos.

La paradoja es evidente: mientras el discurso del Gobierno niega la desigualdad, muchas de las políticas públicas destinadas a reducirla fueron desmanteladas o recortadas. Programas orientados a reducir brechas laborales o promover la registración en sectores feminizados directamente desaparecieron del presupuesto o sufrieron recortes drásticos. 

Negar la desigualdad no la hace desaparecer; solo la vuelve más difícil de enfrentar.

Cada 8 de marzo millones de mujeres en todo el mundo salimos a las calles para reclamar lo mismo: igualdad real de derechos, autonomía económica y una vida libre de violencias. No lo hacemos porque alguien nos haya convencido de una teoría conspirativa. Lo hacemos porque esas desigualdades siguen marcando nuestras vidas cotidianas.

El problema del Gobierno no es que cuestione al feminismo. Sabemos que lo eligió como uno de sus enemigos en lo que llama «la batalla cultural», justamente porque el movimiento de mujeres y diversidades logró instalar en la agenda pública debates incómodos sobre la desigualdad y ampliar derechos vinculados con nuestra libertad, entre ellas, la reproductiva. 

El problema es que pretende discutir esa realidad, negándola. Y cuando la desigualdad se niega, lo que se busca no es debatir sino que todo siga igual.

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