26 de marzo de 2026
Cierre de empresas, pérdida de trabajo, apertura indiscriminada de las importaciones. La historia argentina parece repetirse. Análisis y valoraciones del sociólogo y magíster en Economía política.

En un contexto de cierre masivo de empresas y con un Gobierno nacional cada vez más enfrentado con el sector industrial, cabe preguntarse si no estamos en el capítulo final del «industricidio» que comenzó en los procesos neoliberales anteriores.
Para hablar de estos temas, Acción consultó a Pablo Manzanelli, sociólogo, doctor en Ciencias Sociales y magister en Economía política de Flacso, investigador del Conicet y director Cifra-CTA. Entre otros títulos, es autor de Los sectores dominantes en la Argentina y Endeudar y fugar: Un análisis de la historia económica argentina, desde Martínez de Hoz hasta Macri.
«Hay formas de generar promoción industrial para pensar la política de desarrollo sin que se planteen cosas anacrónicas. La solución no es dejar de tener industrias para tener precios más bajos.»
–¿Qué significa el cierre de FATE en el contexto actual y para la historia de la industria en Argentina?
–Bueno, para la actualidad viene a consolidar un proceso que desalienta la producción industrial por diversas vías. Primero porque la industria necesita de un consumo interno fuerte para sostenerse y eso está siendo agredido por las políticas del actual Gobierno. En segundo lugar, porque cuando se alienta la valorización financiera la inversión de los poseedores de capital se desvía del sector productivo y eso desalienta la inversión en la industria. Y el tercer factor es la apertura de importaciones, que es un elemento que tiende a condicionar fuerte la competencia de la producción doméstica y que genera lo que podemos llamar la sustitución inversa de importaciones. Después FATE, al ser una empresa que fue emblemática en el desarrollo económico e industrial de la Argentina, genera como un efecto simbólico muy importante. Porque recordemos que fue una empresa mítica de la burguesía nacional, estuvo comandada por una rama de la familia Madanes que había impulsado, junto a José Ber Gelbard en el directorio, la producción de bienes de capital en la Argentina. Es decir, una empresa con capacidades para promover el desarrollo de bienes de informática, de maquinaria de oficina y hasta el punto que habían fundado lo que se llamó la División Electrónica de FATE, que fue muy relevante y que permitía la profundización de una construcción de largo plazo de lo que fue en su momento el país industrial en Argentina, que tuvo una etapa de quiebre muy fuerte a partir de la última dictadura militar. Ese es el período en el que se agrede con políticas similares a las actuales a la industria. Por lo cual, la historia se repite.
–¿Es correcto hablar de «industricidio», o sea, una política deliberada en contra de la industria o solamente les soltaron la mano?
–Es efectivamente una política deliberada antiindustrial, en este contexto donde las economías, incluso en los países desarrollados, se tienden a cerrar, hay una presión fuerte a la balanza comercial de las que están abiertas como la nuestra y sobre todo cuando Argentina es una economía subdesarrollada que ha profundizado su subdesarrollo en los últimos 50 años. Frente a esa situación, Argentina debería proteger y generar condiciones para aumentar la eficiencia y la productividad de sus industrias, pero nada de esto está en el libreto del Gobierno, que lo que hace es abrir la economía, que sobrevivan los que puedan y promover la idea de que lo único que tenemos es el sector agropecuario e hidrocarburos con minería y, obviamente, la especulación financiera. Para tomarlo como ejemplo en estos dos años de Milei, esos sectores tuvieron crecimientos de su actividad económica entre el 10% y el 20% y expulsaron 5.000 empleos de mano de obra, es decir, no generaron ni un solo puesto de trabajo. Y en contrapartida, en la industria, la construcción, el comercio, actividades que son intensivas en trabajo, ya hay 300.000 asalariados formales menos desde que empezó el Gobierno. Y todo se monta en una década de caída del producto industrial anterior, que es de alrededor de 20% desde fines del kirchnerismo hasta la actualidad, cuando en períodos anteriores de desindustrialización muy fuerte, como fue en 1976-2001, la caída del producto industrial había sido de 10%. Es decir, lo duplicamos y en mucho menos tiempo.

–¿Este proceso actual tiene algo de diferente o es simplemente la culminación de aquello comenzado por Macri, el menemismo y la dictadura?
–Tiene más parecidos con la etapa de Macri y con la etapa de la dictadura que con los 90. Por ejemplo, tenés lo de FATE o la pelea con el Grupo Techint. En el marco de la dictadura militar y durante el régimen de la convertibilidad había claramente una hegemonía de los grupos económicos, es decir, que la apertura y la descentralización se producía al mismo tiempo que se protegía algunas actividades de los sectores más concentrados de la economía. Eso se hacía con la apertura asimétrica, se abrían los rubros en los cuales no estaban estos grandes grupos económicos. En cambio, durante el Gobierno de Macri y ahora con Milei, los grupos económicos son desplazados de la conducción de la política económica, y la conducción pasa al capital financiero internacional, y esto genera, sobre todo por la influencia de Estados Unidos, una apertura comercial que es más generalizada. Y en ese marco es que se ven afectados no solo las pymes, sino también el poder económico industrial. Esto es una novedad que genera impactos todavía más fuertes que los del pasado.
–¿Cuáles son los datos que mejor grafican este momento?
–Hay números que son muy contundentes: desde que empezó el Gobierno cerraron alrededor de 22.000 empresas. Y muchas son empresas grandes. Durante el Gobierno de Fernando de la Rúa, que también duró dos años y fue la gran crisis del fin de siglo, en ese momento se destruyeron 20.000 empresas. Por lo tanto, estamos en un escenario que tiene elementos distintos y similares también al de la década del 90, pero tiene un elemento que es central: no es sostenible. Tanto del punto de vista de generar una contención sobre el empleo. Y al mismo tiempo porque no genera las condiciones financieras para que se inicie un ciclo de endeudamiento externo o haya un boom de inversiones extranjeras, como sí ocurrió en la década del 90, que eso generaba la posibilidad de tener los dólares suficientes para sostener ese ciclo de valorización financiera donde algunos aprovechaban y tenían algunos canales de generar una rentabilidad importante.
«Hay números que son muy contundentes: desde que empezó el Gobierno cerraron alrededor de 22.000 empresas. Y muchas son empresas grandes.»
–Volviendo al caso FATE. Con la apertura de las importaciones estas empresas se vieron fuertemente afectadas, pero, al mismo tiempo, antiguamente con las importaciones cerradas los neumáticos, por ejemplo, eran carísimos. ¿Tiene algún tipo de solución este dilema?
–Tiene una solución e implica una administración del comercio, de la política cambiaria e industrial hacia el sector distinta y mucho más agresiva que la que había en tiempos anteriores que, por supuesto, generaba un nivel de precios internos superior al internacional. La economía tiene que cerrar en función del conjunto de las variables. Entonces, la solución no es dejar de tener industrias para tener precios más bajos, sino buscar la forma de incrementar la productividad, mejorar la regulación y al mismo tiempo administrar el comercio y las divisas que están disponibles para el sector en función de esa política industrial. Y esto tiene que ser para el sector del neumático y para otras actividades donde la Argentina pueda tener posibilidades de sostener sus industrias.
«Argentina debería proteger y generar condiciones para aumentar la eficiencia y la productividad de sus industrias, pero nada de esto está en el libreto del Gobierno.»
–¿Se puede seguir hablando de sustitución de importaciones? ¿Se puede implementar?
–Bueno, en realidad lo que es distinto es la situación económica mundial. Pensar en economías cerradas con una sustitución generalizada de importaciones quizá no es lo mejor en estos tiempos. Lo que no implica renunciar a políticas industriales en algunos sectores. Por ejemplo, Vaca Muerta puede ser un vehículo para el saqueo como lo es hoy o lo podemos usar como un vehículo del desarrollo que impulse proveedores especializados y sirva también para el desarrollo industrial en la economía argentina. Podemos también pensar en industrias que son muy fuertes como la farmacéutica en la cual se han tenido políticas de compra nacional que han fortalecido y transferido tecnología de laboratorios extranjeros a laboratorios locales para producir vacunas como pasó con los Gobiernos kirchneristas. Hay formas de generar promoción industrial para pensar la política de desarrollo sin que se planteen cosas anacrónicas.
