8 de abril de 2026
Fabián Casas (Buenos Aires, 1965) publicó, entre otros libros, Los Lemmings y otros (relatos, 2005, 2017), Ocio (novela, 2006, 2017), Horla City y otros. Toda la poesía, 1990-2010 (2010), La supremacía Tolstoi (ensayos, 2013), Titanes del coco (novela, 2015), Últimos poemas en Prozac (2019), Papel para envolver verdura (ensayos, 2020) y El parche caliente (novela, 2023). Integró el grupo editor de la revista 18 Whiskys y en 2007 obtuvo en Alemania el premio Anna Seghers.

Su primera decisión como adulto fue cambiarse de colegio mientras sus padres seguían de vacaciones en la costa. Él había vuelto antes porque tenía que rendir los exámenes de marzo pero, de golpe, se cambió de turno –de la mañana a la tarde– y de colegio, de uno pago que era implacable y en el que no lograba hacer amigos –en realidad tenía muchos enemigos– a otro cerca de su casa, el Brenan, un establecimiento libre y gratuito donde iban muchos de sus amigos del barrio, un colegio tranquilo, con una cancha de fútbol seis donde se hacía gimnasia y donde se pasaban los recreos. Para no recibirte en el Brenan tenías que ser estúpido.
A diferencia del otro colegio, hizo rápidas amistades y antes de terminar el año tenía una novia con la que iba a tener sexo por primera vez. También se había dejado el pelo largo y enrulado y las chicas de su división lo eligieron como el compañero más sexi. Estaba en segundo año. Y antes, en el otro colegio, también había estado en segundo año. Apreció el fulgor del eterno retorno. Rizzo era el alumno más brillante de su grado y posiblemente del colegio. Un moreno alto, de pelo corto, panzón, que tenía una voz chillona. No era un traga. Simplemente su cabeza funcionaba a la perfección. Cuando se ponían a estudiar para los exámenes, sin ser su amigo, se aparecía igual por la casa de Rizzo y estudiaba con él y con otros compañeros. Rizzo no hablaba estupideces. Era el hijo de una madre soltera. Vivían los dos en una casa muy chica cuya ventana daba a la calle. A veces él pasaba caminando y lo veía a Rizzo en la ventana, mirando para afuera. La madre era delgada, con un rostro de piedra y casi no hablaba. La casa tenía olor a alcanfor.
Cuando llegaron a quinto año, el colegio organizó unas jornadas deportivas. Ajedrez y ping pong. En ping pong el jugador imbatible era el japonés Uzu. En ajedrez, Rizzo. Se jugaba después de turno. Pero los que participaban podían salir un poco antes para prepararse. Se anotó por eso. Sabía jugar al ajedrez de manera bastante elemental, no tenía teoría. El japonés Uzu arrasó con todos en ping pong. Él ganó, para su sorpresa, tres partidos y llegó a cuartos de final con Rizzo. Le pareció que estaba bastante bien, era un buen récord. Esa tarde se sentó para perder con Rizzo. Pero al rato pensó si Rizzo no le estaría haciendo una trampa para humillarlo. Miraba la progresión de jugadas en su mente, directo al jaque mate. Rizzo llevaba blancas y él negras. No podía ser. Rizzo se quedó tieso. Se levantó y le dio la mano. Ganaste, le dijo. Le costó darse cuenta, pero enseguida se sintió mal porque no había posibilidad de que él siguiera ganando en el torneo, lo que había pasado era una anomalía y le había sacado a Rizzo la posibilidad de ganar las jornadas. Así fue: después perdió con el colorado Vikiel en veinte movidas.
Cuando empezó a trabajar en un colegio de la zona, solía almorzar la comida que se llevaba de su casa en la plaza donde había puestos con libros y mesas donde se jugaba al ajedrez. También había palomas que la gente alimentaba con pedazos de pan. Un hombre alto, canoso, lo llamó por el nombre. Era Rizzo. Tenía un puesto donde vendía libros. Los libros estaban llenos de polvo, el puesto parecía la casilla de un bañero que había soportado los embates del mar. Rizzo se mostró contento de verlo después de tantos años. Salió del puesto con un ajedrez muy chico en la mano. Siempre se había quedado pensando en la jugada en la cual lo había derrotado. Movió las piezas y las puso en la misma posición previa al mate. Le explicó lo que había hecho que él –Rizzo– no supiera que estaba el mate al dente. Rizzo, le dijo él, yo no hice nada sofisticado, no recuerdo haber pensado ninguna estrategia. Sí, dijo Rizzo, no te acordarás, pero fue brillante este movimiento de caballo sobre el flanco de la reina. Se quedó pensando en esa jugada cuando se dormía esa noche calurosa de principios de octubre.
Ahora nadie recuerda la poesía de la luz de los teléfonos públicos en la noche. Pero existieron. Esa tardecita metió dos monedas –no iba a ser una llamada muy larga– y habló con su mujer. Le dijo que se le había hecho tarde en el trabajo y que iba a comer algo y después iba para la casa. La mujer le dijo que su hija le quería hablar. Puso a la nena en el teléfono y él escuchó un montón de sílabas inconexas, dichas como si alguien las pudiera entender. Cortó después de hablarle a la nena como si fuera una persona mayor. Se subió al auto y empezó a dar vueltas por la ciudad. No le daba culpa haberle mentido a su mujer. Decirle la verdad era peor. Paró en una cortada y estacionó el auto muy despacio.
Era una noche de septiembre en la que la claridad del cielo se apagaba mientras la ciudad prendía las luces de los negocios y del alumbrado. Estaba ligeramente fresco. Se puso a buscar un lugar en el que vendían cigarritos cubanos. Sin darse cuenta, vio el parque donde había ido cuando era más joven a comprar libros. Había puestos todavía abiertos. ¿Y si compraba una novelita para leer en un café? Se acordó de Rizzo. Eso lo hizo dudar. Pero igual cruzó y se compró una novela de Ann Tyler que había visto hecha película. Fue hasta la esquina donde debía estar el puesto de Rizzo, si bien no lo recordaba exactamente. Había un local muy luminoso que solo vendía discos y cds y era atendido por un vikingo que parecía haber tocado la guitarra en Grateful Dead. Le preguntó si recordaba a un tal Rizzo, que tenía el puesto ahí o pegado al suyo. Al lado está este puesto que no abre desde que estoy acá, pero no sé de quién era, le dijo el vikingo. El lugar estaba cerrado con unas ventanas de madera, lleno de telas de araña y por unos agujeros de los costados se veían cosas guardadas.
Se puso a caminar por el parque y subió a la parte donde estaban las mesas de ajedrez. Hay una araña que se llama la araña de rincón, su picadura es letal. Para evitarla hay que mantener los rincones de la casa bien ventilados y limpios. Rizzo estaba sentado en una de las mesas de ajedrez vacías, de espaldas al tablero, dándole de comer a las palomas. Parecía ido, hablaba solo, en susurros. Cuando se acercó más vio que le faltaba una zapatilla y tenía el pantalón meado. Rizzo, le dijo. Pero él ni lo miró y siguió con el monólogo ininteligible. Era como el monólogo de su hija en el teléfono. Le dio la espalda y empezó a caminar cada vez más rápido. Ya en su auto aceleró lo más que pudo. Cuando llegó a su casa fue directo a la pieza donde estaba su hijita. Dormía en la cuna. Respiraba como lo hacen los bebés. En el cuarto matrimonial se escuchaban las voces de una serie americana. Su mujer podía estar despierta o dormida. El decidió acostarse en el sillón al lado de su hija, quería estar pendiente de ella toda la noche.
