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Emiliano Basile

Padre Madre Hermana Hermano
Director: Jim Jarmusch
Intérpretes: T. Waits, A. Driver, M. Bialik, Ch. Rampling, C. Blanchett, I. Moore y V. Krieps 
País: Estados Unidos, Irlanda, Francia

Solitario. Tom Waits vuelve a la pantalla grande de la mano de Jim Jarmusch.

Foto: Prensa

Ganadora del León de Oro, el mayor galardón entregado por el festival de Venecia, Padre Madre Hermana Hermano presenta la dificultosa relación entre padres e hijos adultos, a través de un tríptico filmado en diferentes países.

La primera historia, «Father», tiene a los hermanos Jeff (Adam Driver) y Emily (Mayim Bialik) conduciendo hacia un pueblo rural de los Estados Unidos para visitar a su padre (interpretado por el cantautor Tom Waits), un hombre que se muestra solitario y abandonado. La segunda, «Mother», transcurre en un barrio de Dublín, cuando las hermanas Timothea (Cate Blanchett) y Lilith (Vicky Krieps) llegan a la casa de su estricta madre (Charlotte Rampling) para tomar el té.

La última se titula «Sister Brother» y tiene lugar en París, con los hermanos Skye (Indya Moore) y Billy (Luka Sabbat) reencontrándose en la casa de la infancia tras la muerte de sus padres. Los recuerdos y las vivencias que surgen a partir de viejos objetos los conectan con una esfera desconocida de sus progenitores.

A lo largo de la película, ciertos elementos –skaters que atraviesan la escena como figuras fugaces, la presencia constante del agua, los planos cenitales que le dan perspectiva a la mirada y los relojes Rolex como símbolo ambiguo de estatus y herencia– funcionan como ecos que conectan las historias y refuerzan una sensación de circularidad y extrañamiento.

Director de Paterson y Solo los amantes sobreviven, entre otras, Jim Jarmusch trabaja con silencios, tiempos muertos y actuaciones contenidas, para construir una idea tan simple como significativa: los hijos nunca conocen realmente a sus padres. Cada episodio expone esa distancia entre lo que se cree saber y lo que efectivamente es. 

Jarmusch refuerza esta desconexión generacional a través de una estética anclada en lo analógico. Fotografías en papel, cassettes, autos antiguos, rituales como la ceremonia del té y casas cargadas de historia configuran un mundo detenido en el tiempo. Estos objetos funcionan como marcas de época, pero también como vestigios de una intimidad que no logra transmitirse.

Los encuentros familiares están atravesados por una frialdad persistente. No hay estallidos emocionales ni grandes confrontaciones, sino una incomodidad sostenida, una tensión que se filtra en diálogos superficiales y silencios prolongados. Los personajes parecen reunirse más por obligación que por deseo, cumpliendo con un ritual social que nunca llega a propiciar una verdadera conexión.

La estructura episódica, que ya había sido explorada por Jarmush en Mystery Train (1989), agrega aristas a la dinámica familiar. El padre, en particular, construye una especie de puesta en escena de sí mismo, una imagen cuidadosamente montada que oculta más de lo que revela. En paralelo, en el segundo episodio, la hija lesbiana reproduce un gesto similar: su propia representación como influencer evidencia hasta qué punto la identidad es una negociación constante entre lo que se es y lo que marca el mandato. 

En este sentido, el film se inscribe en la tradición minimalista de Jarmusch, y puede pensarse como una suerte de síntesis madura de sus preocupaciones como autor: el paso del tiempo, la identidad, la incomunicación y la belleza melancólica de los vínculos humanos incompletos. Temas trabajados a través de una historia simple y sensible, como el cine pocas veces entrega.

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