20 de abril de 2026
Prevost retoma la impronta que dejó el pontífice argentino en la Iglesia al confrontar con la política de guerra de Trump. La paz mundial y una agenda en favor de los vulnerables como legado principal.

Roma. Oración de León XIV tras el transitorio alto el fuego entre Estados Unidos e Irán, el 11 de abril.
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Durante los doce años de su pontificado (2013-2025) el papa Francisco, fallecido el 21 de abril del año pasado, construyó sus mensajes en base a palabras y símbolos clave que –sin cambiar sustancialmente los ejes de su pensamiento– le permitieran traspasar los límites eclesiásticos católicos e incluso los religiosos, para llegar a audiencias más amplias, a sus preocupaciones y a sus vivencias. Desde el día en que fue electo y se asomó al balcón de la Plaza de San Pedro Bergoglio siguió utilizando lenguaje sencillo y llano para comunicarse con el pueblo, y lo reforzó con su gestualidad. Continuó calzando los mismos zapatos que usaba en Buenos Aires cuando se trasladaba en subte desde Flores hasta la Catedral de Buenos Aires. También dejó de lado cierta vestimenta pomposa y ceremonial propia de los papas y, en lugar de habitar en los palacios pontificios, optó por vivir en Santa Marta, un hotel eclesiástico en el que solía alojarse en sus visitas a Roma antes de ser pontífice.
Bergoglio se empeñó en hablar de una «Iglesia para los pobres» e invitó a los movimientos sociales de todo el mundo al Vaticano. A sus obispos –algunos de los cuales y hasta sus últimos días lo aceptaron a regañadientes– les pidió que fueron «pastores con olor a ovejas». Con esa decisión afrontó la reforma de la Iglesia Católica –en particular de la curia vaticana–, defendió a los migrantes ilegales –su primera salida de Roma fue para encontrarse con los «descartados» en Lampedusa–, se comprometió en el diálogo interreligioso asumiendo que las grandes religiones tienen responsabilidades con la sociedad global, pero también buscó una Iglesia menos burocrática y más cercana a las personas, abrió las puertas del catolicismo a las parejas divorciadas y vueltas a casar y a la comunidad LGBTQ+. Mientras tanto impulsó acciones concretas contra los abusos protagonizados por ministros eclesiásticos.
De cara a la sociedad internacional Francisco fue un promotor de la paz y de la fraternidad universal. Pero nunca desde un lugar neutro, sino siempre desde la perspectiva de los pobres, de los marginados. Todos estos posicionamientos están en sus documentos magisteriales. Apoyó esas manifestaciones doctrinales con gestos y actitudes: el respaldo de los movimientos sociales a quienes nombró como «profetas sociales», el apoyo a las luchas globales en defensa de los derechos humanos y el medioambiente a través del «cuidado de la casa común» y el llamado a la «ecología integral».
Bergoglio no le esquivó a tampoco a los conflictos internacionales. Criticó al poder y hasta tuvo tiempo de impulsar el deshielo entre Estados Unidos y Cuba, de involucrarse en las negociaciones de paz en Colombia y en la guerra ente Rusia y Ucrania. De manera más reservada instruyó a la diplomacia vaticana para que, en los organismos internacionales, se generaran mecanismos para mitigar la deuda externa de los países pobres.
Con sus mensajes, su agenda y sus actitudes, Jorge Bergoglio no solo abrió las puertas de la Iglesia sino que invitó a «todos, todos, todos» –como repetía más de una vez– a acercarse sin ningún tipo de limitaciones y asumiendo la diversidad. Ofreció a la sociedad internacional otra cara del catolicismo, pero también otra manera de dialogar desde la diferencia y sin aferrarse a certezas dogmáticas. En la Iglesia Católica –y quizás también por este posicionamiento– los grupos más conservadores lo combatieron hasta el último día de su vida y hoy mismo siguen cuestionado su legado y su memoria.

Distinción. Francisco y Prevost en septiembre de 2023. En el acto, el argentino lo nombró como nuevo cardenal.
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Palabras y gestos
Robert Prevost tomó la posta de Francisco como León XIV. Muchos señalan que fue «el candidato de Francisco». Es posible; pero el primer papa estadounidense tiene otro estilo, otra forma de comunicarse y quizás otras prioridades pastorales. Sin renunciar a la opción de Francisco por los pobres y los descartados, León está preocupado por la unidad de la Iglesia y hace todo lo posible para evitar la dispersión de su grey. Para lograrlo hace concesiones. No en temas doctrinales de fondo, pero sí en aspectos formales y hasta de estilo de vida. Vive en un departamento reformado a su gusto en los palacios vaticanos y no abandona la pompa litúrgica. Donald Trump, celebró la elección de un estadounidense como papa. Es más. Dijo que Prevost «le debe» su elección como máxima autoridad del catolicismo a su nacionalidad y que debería estar agradecido por ello a su país y al propio Trump. Pero el magnate se enojó con su compatriota porque el papa criticó sus acciones guerreristas, dijo que León «debería espabilar como papa y usar el sentido común» y lo calificó de «débil en materia de delincuencia y pésimo en política exterior».
Fue suficiente para que «el bueno» de León saliera de su letargo. Desde el avión que lo conducía hasta Argelia en el inicio de su gira africana Prevost le respondió a Trump diciendo que no le teme pero que, al mismo tiempo, «no quiero entrar en un debate con él». Es más. Le advirtió «que el mensaje del Evangelio no debe ser tergiversado como lo están haciendo algunos», pidió «el fin de las guerras» y agregó que la Iglesia actúa desde una perspectiva evangélica porque «creemos en ser constructores de paz».
Cuando Robert Prevost fue elegido papa, el primero de la historia nacido en Estados Unidos, Donald Trump hizo gestos para captar su atención y –según algunos analistas– llegó a considerar que podría ser un aliado para sus políticas. Poco a poco, sin perder el tono moderado que lo caracteriza, León XIV fue tomando distancia y expresándose críticamente sobre las actitudes políticas del presidente norteamericano, especialmente en lo que se refiere a la persecución que sufren los migrantes en Estados Unidos, pero más recientemente por su avanzada bélica contra Irán y los pronunciamientos sobre el futuro de Gaza y del pueblo palestino. León calificó de «verdaderamente inaceptable» la amenaza de Trump de destruir y «hacer desaparecer» la civilización iraní. «No soy un político, hablo desde el Evangelio», dijo. Y le pidió al presidente norteamericano que «trabaje por la paz y rechace siempre la guerra».
Ya en Argelia, en su primer discurso público, León XIV afirmó que «no es multiplicando los malentendidos y los conflictos, sino respetando la dignidad de cada individuo y dejándose conmover por el sufrimiento ajeno, como podrán convertirse en protagonistas de un nuevo rumbo histórico, hoy más urgente que nunca, ante las constantes violaciones del derecho internacional y las nuevas tentaciones coloniales». Y allí mismo –así sea por responder a Trump– aprovechó la ocasión para retomar el espíritu de Francisco y afirmó que «los procesos de globalización, cuando se diseñan y gestionan adecuadamente, ofrecen la posibilidad de una vasta redistribución de la riqueza a nivel planetario, como nunca antes se había visto; si se gestionan mal, aumentará la pobreza y la desigualdad, y contaminará al mundo entero con una crisis». Fue más allá. Señaló que «debemos pensar en la participación social, política y económica de tal manera que incluya los movimientos populares y anime las estructuras de gobernanza locales, nacionales e internacionales, con el torrente de energía moral que surge de la participación de los excluidos en la construcción de un futuro común».
Seguramente sin pretenderlo, al enfrentar al papa Prevost el presidente Trump impulsó a que el espíritu que Francisco le impregnó a la Iglesia Católica aflorara en la palabra y en los gestos de León XIV.
