19 de julio de 2026
Casi 5.500 personas intentaron quitarse la vida en las primeras 24 semanas del año. En un contexto de crisis e individualismo, aumentan los padecimientos psíquicos y disminuyen los recursos destinados a atenderlos. Un país vulnerable.

El Boletín Epidemiológico Nacional, emitido por el Ministerio de Salud, dice que en las primeras 24 semanas de este 2026 hubo 5.443 personas que intentaron quitarse la vida. Más de una treintena de hombres y mujeres por día. En este lapso hubo también 225 suicidios consumados.
Otra fuente, el Sistema Nacional de Información Criminal que releva el Ministerio de Seguridad, refleja que en 2025 se contabilizaron 5.209 víctimas de suicidio. Un 21,6 % más que en 2024. En el mismo año y de acuerdo con el mismo informe, murieron 1.676 personas por homicidios dolosos y 3.583 en accidentes viales.
La tendencia no es nueva ni local. Según un informe de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) en base a un estudio publicado en la revista The Lancet Regional Health – Americas, en las últimas dos décadas el suicidio en jóvenes y adolescentes en las Américas creció 38% en el grupo de 10 a 24 años, muy por encima del 17% en la población general.
En Argentina, la contundencia de las cifras coexiste con un sistema de registro relativamente nuevo (hasta hace pocos años no se sistematizaban casos de todas las jurisdicciones), así como con ajustes en salud pública que impactan sobre el acceso a la salud mental. Como respuesta, el Gobierno promueve volver a fortalecer los manicomios, contrario a los abordajes integrales que fomentan especialistas en la materia.
Un sistema en colapso
«Un informe reciente de un conjunto de 18 provincias reportó un aumento marcado de consultas ambulatorias e internaciones en salud mental en los últimos años. Se habla de un 134% de aumento en consultas ambulatorias y un 77% en internaciones desde 2019 hasta 2025. Hay un consenso generalizado entre profesionales acerca del aumento en la cantidad y la complejidad de las demandas. Se podría decir que no solo estamos ante una crisis de la salud mental de la población, sino también una crisis del sistema que debería atender esa situación. El colapso está dado por la conjunción de esas dos variables: aumento de padecimientos y disminución de recursos destinados a atenderlos», sostiene Leonardo Gorbacz, psicólogo, exdiputado y autor de la Ley Nacional de Salud Mental.
El psicólogo considera que «a pesar del esfuerzo de algunas provincias hubo un debilitamiento general del sistema de salud pública producto del ajuste económico que impactó negativamente en los recursos coparticipables. También se han abandonado políticas a cargo del Gobierno nacional como la ausencia de convocatoria al Consejo Federal de Salud Mental, el desmantelamiento progresivo del Hospital Bonaparte y el cierre de las residencias interdisciplinarias. Todo eso contribuye para que la situación empeore».
Gorbacz cuestiona que, con la iniciativa de reformar la ley actual, «la propuesta del Gobierno es recomponer un sistema que es menos accesible, como el sistema manicomial, que es el que ha funcionado históricamente en Argentina, basado en el encierro prolongado y en la ruptura de los lazos sociales de las personas bajo atención –dice el profesional–. La idea que sustenta el proyecto es que la salud mental es un problema individual que se resuelve con internación y medicación. No tiene una mirada social que vincule el aumento de padecimientos con las condiciones sociales, y por tanto no ofrece ningún abordaje integral al respecto».
Angustia colectiva
Macarena Sabin Paz, coordinadora del equipo Salud y vida independiente del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), apunta que la crisis existe pero no es nueva, y que los datos dan cuenta de un panorama grave, pero que los cambios en el modo de registrar no permiten comparaciones claras. «Hay mucho problema en la construcción del dato. Los números de Seguridad son siempre más altos que los de Salud. Hoy están notificando más de 22 jurisdicciones, pero hasta 2023 eran cuatro o cinco. Esto no nos permite hacer una lectura sobre si hay una incidencia en los casos efectivamente concretados», señala.
Según Paz «esto no significa que los problemas no existan. Hay una cantidad de situaciones que se empezaron a hacer más visibles. Es más común escuchar que las personas atraviesan episodios de ansiedad, ataques de pánico. Esto permite sacar la idea de que las crisis de salud mental tienen que ver con sucesos individuales. Ninguno de estos fenómenos es exclusivamente individual», remarca. Llama a prestar especial atención a la situación de adolescentes y jóvenes, atravesados por problemas de consumos, apuestas y falta de pertenencia a espacios colectivos.
Javier Quesada, especialista en Salud y Desarrollo Infantil Temprano de Unicef Argentina, aporta los datos que maneja la organización en ese sentido: un 11% de las y los adolescentes de 13 a 17 años reportó sentirse deprimido y un 27% angustiado durante 2025, cifras superiores a las registradas en 2024 (9% y 13%, respectivamente). «También preocupa la exposición a contenidos digitales vinculados a la autolesión y el suicidio: un 27% declaró haber accedido a materiales sobre cómo quitarse la vida y un 31% a contenidos sobre formas de autolesionarse», añade.
«Los datos disponibles muestran una realidad compleja: mientras la tasa de suicidio adolescente presenta un descenso en los últimos años analizados, los registros continúan indicando una importante carga de sufrimiento emocional y una elevada frecuencia de intentos y pensamientos suicidas entre adolescentes y jóvenes –dice el especialista–. Además, el suicidio continúa siendo una de las principales causas de mortalidad en la adolescencia, lo que refuerza la necesidad de sostener y fortalecer las estrategias de prevención, detección temprana y acompañamiento», señala Quesada.
Tanto desde el CELS como desde Unicef insisten en la necesidad de mayor escucha a jóvenes y adolescentes y en la importancia de acceso a espacios de contención en sus comunidades. Algo que escasea. Quesada indica que el 41% de las y los jóvenes no sabe si existen espacios de apoyo en su comunidad y el 19% considera que no hay. Más de la mitad señala que nunca o rara vez se realizan campañas sobre salud mental adolescente en su entorno y ante situaciones de angustia, la mayor parte recurre a sus pares y personas de confianza. Alrededor de un 20% lo enfrenta en soledad.
Deseos en jaque
«La salud mental se sostiene básicamente en la posibilidad de vivir poniendo en juego nuestro propio deseo, y eso requiere de dos cosas: confianza en el otro y expectativas de futuro. Justamente esos dos aspectos están hoy en jaque, porque bajo el individualismo dominante el otro es visto como amenaza más que como promesa, y el futuro aparece como muy incierto. Son las peores condiciones imaginables para que una persona pueda entusiasmarse con un proyecto vinculado a su propio deseo», plantea Gorbacz sobre el contexto global que rodea a la crisis de salud mental.
«¿Cómo no nos iba a pasar lo que nos pasa –concluye Sabin Paz–, si estamos asediados por situaciones de violencia; en lo local la escasez y la privación, acechando todo el tiempo la idea de un desalojo, una pérdida de trabajo, que no se me enferme un hijo porque no voy a encontrar turno? Los números de personas que tuvieron que dejar la prepaga son muy importantes y eso redunda en el desborde de un sistema público que ya venía golpeado. Este es el mapa en el que tenemos que leer la crisis de salud mental».
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