26 de julio de 2026
Un encuentro futbolístico dura 90 minutos, pero algunas rivalidades, como la que enfrenta a Argentina e Inglaterra, tienen una larga historia. Una mirada a la relación entre deporte, política y memoria.

Rattín. En el Mundial de 1966, el capitán argentino fue expulsado en el partido contra el local. Estrujó el banderín con la bandera inglesa al salir del campo.
Foto: Getty Images
Hace unos días, un grupo de chicos discutían sobre cuál era la mayor rivalidad del fútbol mundial. Las respuestas surgieron sin vacilar: Argentina-Brasil. Inglaterra-Alemania. Alguien añadió Francia-Argelia. Otro mencionó Croacia-Serbia. Hablaban de delanteros, finales y estadísticas. Ninguno parecía demasiado interesado en la historia. Sin embargo, detrás de cada uno de esos nombres asomaban guerras, fronteras, colonizaciones y memorias que llevaban mucho más tiempo en juego que cualquier campeonato.
Ahí reside una de las paradojas más sugestivas del deporte moderno.
Un partido dura 90 minutos. Algunas rivalidades llevan siglos disputándose.
Los historiadores desconfiamos de las explicaciones simples. Sabemos que una sociedad no puede reducirse a un resultado deportivo y que un encuentro jamás explica por sí solo procesos históricos complejos; pero también sabemos otra cosa: las sociedades necesitan símbolos. Necesitan relatos capaces de condensar experiencias que resultan demasiado grandes, demasiado dolorosas o demasiado ambiguas para expresarlas únicamente con documentos o discursos. El fútbol suele ocupar ese lugar.
Cuando Argentina enfrenta a Inglaterra, la guerra de Malvinas reaparece casi de manera inevitable. A veces de forma explícita; como en el gesto de los jugadores argentinos de desplegar una pancarta arrojada hacia ellos por el público. Otras, apenas insinuada. No porque un partido pueda alterar una disputa de soberanía ni porque un gol repare una tragedia. Los muertos no regresan. Los territorios no cambian de dueño por una victoria deportiva, pero las naciones no se relacionan con su pasado solo a través de argumentos racionales.
También lo hacen mediante emociones, rituales y recuerdos compartidos.
Por eso el Mundial de México 1986 sigue ocupando un lugar excepcional en la memoria argentina, acompañado, desde hace unos días, por el de 2026. Desde el punto de vista histórico ni uno ni otro modificaron nada, pero mostraron los sentimientos de Argentina al mundo con más alcance que la más eficaz de las cancillerías. Para millones de personas aquellos dos goles de Maradona se transformaron en un lenguaje capaz de expresar una experiencia colectiva que todavía no encontraba palabras. La bandera de Lo Celso puso en el campo la palabra de millones. La historia y la memoria no son lo mismo, pero rara vez caminan por separado. El fútbol es uno de los escenarios donde ambas se cruzan con mayor intensidad.
Lo mismo ocurre en muchas otras partes del mundo.
Guerras
Durante décadas, los partidos entre Alemania e Inglaterra estuvieron atravesados por el recuerdo de las guerras mundiales. Algo parecido sucedió entre Francia y Alemania, o entre Polonia y Rusia. Más recientemente, cada enfrentamiento entre Croacia y Serbia recuerda que las guerras balcánicas de los años 90 siguen presentes, no solo entre quienes las vivieron, sino también entre quienes crecieron escuchando hablar de ellas.
Incluso rivalidades que parecen estrictamente deportivas esconden capas históricas profundas. Francia y Argelia son un buen ejemplo. Cada vez que ambas selecciones se enfrentan, reaparecen las huellas de la colonización, la guerra de independencia, las migraciones y una memoria que continúa siendo motivo de debate en ambos lados del Mediterráneo.
Pero el fútbol no solo conserva rivalidades. También produce símbolos de resistencia.
Durante la ocupación nazi de Ucrania, los encuentros disputados por futbolistas vinculados al Dynamo de Kiev adquirieron con el tiempo una dimensión casi legendaria. Los historiadores siguen discutiendo qué ocurrió exactamente en aquellos partidos. Sin embargo, la cuestión más reveladora quizá no sea reconstruir cada detalle, sino entender por qué varias generaciones continuaron recordándolos.
La respuesta va mucho más allá del deporte. Cuando una sociedad atraviesa una situación extrema, incluso los espacios más cotidianos cambian de significado. Un partido puede convertirse en una afirmación de existencia, una manera de decir que todavía hay una comunidad, una identidad y una historia que no han sido derrotadas.
Algo semejante ocurrió con los partidos clandestinos organizados en la Varsovia ocupada, con el equipo del Frente de Liberación Nacional argelino durante la guerra de independencia o con el papel simbólico que desempeñó el Barcelona durante el franquismo. Ninguno de esos encuentros venció a un ejército ni derribó un régimen. Lo que hicieron fue ofrecer una imagen de continuidad cuando todo parecía amenazar con desaparecer.
Conviene, por eso, desconfiar de dos simplificaciones igualmente pobres. La primera convierte cada partido en una guerra simbólica. La segunda sostiene que el deporte es apenas un espectáculo sin relación con la historia. Ambas pasan por alto lo esencial.
Himnos y banderas
El fútbol no sustituye a la historia, pero tampoco existe fuera de ella.
Desde finales del siglo XIX, los Estados comprendieron muy pronto que las competiciones internacionales eran escenarios privilegiados para representar comunidades nacionales. Himnos, banderas, escudos y colores transformaron los estadios en espacios de identificación colectiva.
Sin embargo, reducir ese fenómeno a una estrategia política sería insuficiente. Los símbolos solo perduran cuando las personas los hacen propios. Millones de aficionados participan de esos rituales porque encuentran en ellos una experiencia de pertenencia que difícilmente aparece con la misma intensidad en otros ámbitos de la vida contemporánea.
Esa misma lógica ayuda a comprender la relación entre historia y memoria. Los historiadores trabajamos con documentos, contextos y matices. Intentamos reconstruir procesos complejos y resistimos la tentación de las explicaciones fáciles. La memoria opera de otra manera. Selecciona episodios, simplifica relatos y convierte determinados momentos en referencias compartidas.
Por eso un partido puede permanecer vivo mucho después de que se olvidan los acontecimientos que le dieron origen. Los chicos que hoy discuten sobre Argentina e Inglaterra nunca vivieron la guerra de Malvinas. Quienes hablan de Alemania e Inglaterra no conocieron los bombardeos sobre Londres. Muchos jóvenes franceses apenas tienen referencias directas de la guerra de Argelia. Sin embargo, todos participan de memorias transmitidas por sus familias, la escuela, el cine, los medios de comunicación y las conversaciones cotidianas.

Rivalidad. En 2001, un amistoso entre Francia y Argelia debió suspenderse por invasión del público cuando el equipo europeo ganaba 4 a 1.
Foto: Getty Images
Emociones
Cada generación recibe ese legado, lo transforma y lo adapta a sus propias preguntas. Algunas certezas desaparecen. Otras permanecen. Ninguna memoria llega intacta al presente.
Por eso las emociones no constituyen un obstáculo para comprender la historia; forman parte de ella. El orgullo, el miedo, el duelo, la esperanza o el resentimiento también son hechos históricos. Cambian con el tiempo, atraviesan a las sociedades y moldean la manera en que interpretan su pasado.
Tal vez por eso ciertas rivalidades siguen despertando una fascinación que desborda cualquier análisis deportivo. No porque el pasado regrese literalmente al campo de juego, sino porque el deporte ofrece un lenguaje extraordinariamente eficaz para volver a hablar de él.
Cuando el árbitro hace sonar el silbato inicial, todos sabemos que empieza un partido de fútbol, pero no todos están viendo lo mismo.
Algunos siguen el movimiento de la pelota. Otros reconocen, detrás de cada camiseta, viejas derrotas, guerras, exilios, victorias, heridas o historias familiares transmitidas de generación en generación.
Ahí reside la verdadera singularidad de estos encuentros. Nunca resuelven los conflictos que evocan. No reparan injusticias, no devuelven territorios ni modifican el curso de la historia; pero sí revelan qué episodios una sociedad decide conservar en su memoria y cuáles continúan definiendo su identidad.
Por eso hay partidos que nunca terminan. El árbitro marca el final, el estadio se vacía y el marcador pasa a los archivos. Lo que sigue en juego es otra cosa: la forma en que una comunidad recuerda, discute y resignifica su pasado. Porque las grandes rivalidades del fútbol nunca hablan solamente de fútbol. Hablan, sobre todo, de las historias que las sociedades siguen disputándose mucho después del último silbato.
