Humor

Ensayo sobre la tristeza

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Julián Elencwajg

Esta cronista submarina mantiene un interés inagotable en la vida y los hábitos de esas criaturas terrestres que se hacen llamar «argentinos» y sabe que la curiosidad es mutua, tal como se puede ver en las publicaciones que se siguen haciendo en las redes sociales meses después de que finalizara la transmisión del CONICET que me tuvo como protagonista estelar. Tras varias semanas de descanso en el fondo del mar, pensé que ya era tiempo de retomar mis exploraciones para seguir observando a esos mamíferos bípedos que viven fuera del agua.

En mi nueva expedición noté algo asombroso: esos seres habitualmente bulliciosos, enérgicos y parlanchines estaban calmos, aplacados y, en la medida de sus posibilidades de dejar de hablar, que son muy pocas, bastante más callados que de costumbre. Me tomó pocos minutos enterarme de que ese cambio se debía al resultado del último partido de una competencia conocida como Mundial de fútbol en la que equipos de muchos países se enfrentan para conseguir una copa. Lo que veía era el efecto de una emoción que los humanos denominan «tristeza».

Intrigada por esa sensación desconocida para mí hasta ese momento, procedí a informarme y documentarme para entender el fenómeno y así llegué a un libro titulado Tinta invisible, escrito por Javier Peña, el autor del podcast Grandes infelices, que cuenta que en un café de Lisboa, Fernando Pessoa escuchó a un hombre narrar las penas sufridas por su familia en los meses anteriores y que, al terminar su relato, dijo con resignación: «En fin, la vida es así, pero yo no estoy de acuerdo». Tal vez lo que había visto en las calles de Buenos Aires no era más que la expresión de ese desacuerdo.

Mi condición de estrella culona no me permite entender completamente los sentimientos humanos, pero sospecho que la congoja que se siente al perder la final de un Mundial debe ser comparable a la que provoca la escucha de la versión que hizo Billie Holliday de «Gloomy Sunday», la canción compuesta por el pianista y compositor húngaro Rezső Seress y publicada en 1933 bajo el título «Vége a Világnak» («Fin del mundo»), que fue descripta como la «Canción húngara del suicidio» y prohibida por la BBC hasta 2002 por considerarla perjudicial para la moral durante la Segunda Guerra Mundial.

Y hablando de música, angustia y argentinidad, me surge una serie de dudas: si el tango es un pensamiento triste que se baila, ¿el fútbol es una pasión triste que se juega? ¿Es posible convertir a la tristeza en una competencia? Quizás en la ficción haya una respuesta. En The Saddest Music in the World, una película canadiense dirigida por Guy Maddin, escrita por Kazuo Ishiguro y protagonizada por Isabella Rossellini que fue estrenada en 2003, se cuenta la historia de un concurso internacional para encontrar la música más triste del mundo que tiene como objetivo promocionar la cerveza Muskeg justo cuando la Ley Seca está a punto de terminar en Estados Unidos. Si lo que buscan es canciones, sexo, infidelidad, accidentes, incendios, muerte, el corazón de un niño conservado en lágrimas dentro de un frasco y piernas prostéticas de cristal llenas de alcohol listo para ser bebido durante la Gran Depresión, no deberían dejarla pasar. Si no es así, hagan de cuenta que no dije nada.

¿La tristeza post-Mundial durará para siempre o se irá diluyendo con el paso del tiempo y el surgimiento de otras emociones como la furia provocada por la «campaña antiargentina» en redes sociales en la que incluso participaron actores, músicos, periodistas e influencers? Seguramente tenga un panorama más claro en mi próxima aventura terrestre como cronista estrella. Seguiré investigando.

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