Sociedad

Una sociedad endeudada

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Candelaria Schamun

Pedir prestado para comer y vivir: en un contexto de creciente pérdida de poder adquisitivo, el endeudamiento dejó de ser una excepción para convertirse en un mecanismo estructural de supervivencia. El alto costo que pagan quienes quedaron afuera del sistema.

Postales de la crisis. Se multiplica la oferta de préstamos informales, sin requisitos y con tasas usurarias.

Foto: Candelaria Schamun

En Argentina, de los 34,7 millones de adultos, 20,7 millones tienen algún tipo de crédito formal. Sin embargo, 5,8 millones ya se encuentran en situación de mora. El escenario es todavía más crítico entre quienes quedaron fuera del sistema bancario y solo acceden a préstamos de fintechs, billeteras virtuales o cadenas comerciales: en ese universo, más de la mitad de los deudores no logra cumplir con los pagos. Los jóvenes son uno de los sectores más vulnerables. Apenas cuatro de cada diez personas de entre 18 y 29 años acceden al crédito formal y, entre quienes lo hacen, casi el 40% ya registra atrasos. 

En los barrios populares del gran Rosario ya no hace falta sacar un crédito en oficinas lujosas o en billeteras virtuales. Con la crisis económica y la falta de empleo, el prestamista puede ser el almacenero de la esquina, la vecina de años, un amigo o cualquier conocido que encontró en la usura una forma de multiplicar los pocos pesos que tiene. El endeudamiento dejó de ser una excepción para convertirse en un mecanismo estructural de supervivencia que está rompiendo vínculos sociales y afectivos. 

Desde hace 15 años, Luciano Vigoni es parte de un colectivo de organizaciones sociales de Rosario. Trabaja con juventudes de los barrios Toba, Villa Banana, Santa Lucía, Ludueña, Empalme Graneros y Nuevo Alberdi: «Cambió la forma en que circula el dinero ilegal y cómo esa lógica empezó a ordenar las relaciones sociales. También se consolidó una cultura financiera donde todo capital disponible debe producir una renta. El que tiene un mango lo pone a trabajar. El prestamista dejó de ser un anónimo para, en muchos casos, ser un amigo o un familiar. Lo novedoso y perverso es que el que antes te prestaba por solidaridad hoy te cobra interés y eso rompe los vínculos. ¿Por qué un vecino no haría lo mismo que ve hacer todos los días a los grandes jugadores del mercado? La bicicleta financiera existe arriba y abajo. Cambian las escalas, pero la lógica es la misma», dice Vigoni, investigador en temas de juventudes, políticas públicas y violencia.

Los créditos otorgados por billeteras virtuales como Mercado Pago se aprueban con un solo clic, pero esa facilidad tiene un costo. La tasa anual varía según el perfil del cliente: para quienes tienen buen historial de pago ronda en 200% anual, mientras que en los casos de mayor riesgo puede escalar hasta el 800%. 

Según un informe de la consultora Equilibra, en apenas un año y medio la proporción de préstamos con atrasos superiores a tres meses casi se quintuplicó: pasó del 2% en noviembre de 2024 al 9,7% en mayo de 2026.

Vanesa de Mayo tiene 38 años, es tucumana, docente y actriz. Hace un año sacó un crédito para poder pagar el alquiler y el costo de vida que creció la terminó asfixiando financieramente. La situación llegó a un punto límite: para reducir gastos decidió mudarse a la casa de su abuela. «Soy una esclava de este sistema: mis dos salarios se van entre el alquiler, expensas, servicios, la cuota del préstamo y la tarjeta de crédito que uso para vivir. Lo que me llevó a endeudarme fueron las políticas de este Gobierno: aumentaron todas las cosas y no aumentaron los sueldos. No me endeudé para irme de vacaciones, lo hice para comer y vivir», dice.

Según Vigoni, durante muchos años el circuito del dinero ilegal funcionó bajo una lógica relativamente conocida: la droga se vendía en pesos, ese dinero se transformaba en dólares y salía del barrio para ser lavado mediante distintos mecanismos financieros e inmobiliarios. Hoy ese esquema se complejizó. Parte se queda circulando dentro de los barrios, y eso, en alguna proporción, explica el crecimiento del juego online, legal e ilegal, sostenido por una red de intermediarios –las llamadas «cajeritas»– que administran usuarios, fichas y pagos desde sus propias casas. Pero, la que hoy aparece con mayor fuerza es el sistema de préstamos informales. 

Para Hernán Letcher, economista y director del Centro de Economía Política Argentina (CEPA), el sobreendeudamiento se convirtió en el principal problema de la economía argentina. En un informe que elaboraron en base a datos del BCRA y las bases de la Central de Deudores (CENDEU) en noviembre 2024, la mora en familias con billeteras virtuales se ubicaba en el 7,3%, ascendiendo hasta mayo 2026 a 29,6%. Este nivel perforó el récord histórico de mayo de 2020, momento en el que la parálisis de la pandemia del COVID-19 había empujado el ratio a 27,1%. 

Según el economista, la pérdida del poder adquisitivo es la principal causa del endeudamiento. Las familias recurrieron al crédito para afrontar gastos básicos como alimentos, servicios públicos o transporte. «Cuando una persona deja de pagar un crédito bancario, el sistema financiero deja de prestarle dinero. Entonces comienza un recorrido cada vez más riesgoso: primero recurre a las fintech y, cuando tampoco consigue financiamiento allí, termina en los prestamistas informales del barrio. Ese proceso representa una precarización del endeudamiento: las familias quedan expulsadas del crédito regulado y pasan a depender de circuitos informales, donde las tasas son más altas y no existen mecanismos de protección», dice. 

Claudia pide cambiar su nombre por miedo a represalias. Vive en La Cárcova, partido de San Martín. Atiende un almacén y un comedor comunitario. Desde ese lugar ve pasar todos los días las historias de vecinos que llegan sin dinero, con deudas que no dejan de crecer y, muchas veces, sin la tarjeta con la que cobran la Asignación Universal o la Tarjeta Alimentar.

«Desde el mostrador escucho las mismas historias una y otra vez. Vienen y me dicen: “Tengo empeñada la tarjeta”. Al principio pensé que era un caso aislado, pero pasa todo el tiempo», dice Claudia. 

El mecanismo, explica, es desolador. El vecino entrega la tarjeta física y también la clave. A cambio el prestamista le da el dinero. Después, cuando llega la fecha de cobro, es el prestamista quien retira del cajero automático. «Pero la deuda siempre crece. Como la gente vuelve a necesitar dinero antes del próximo cobro, le renuevan el préstamo. Es igual que un banco, pero sin reglas. No terminan de pagar y ya te prestan otra vez. Cada renovación suma intereses nuevos. El resultado es un círculo del que casi nadie logra salir, hasta llegan a perder la casa», dice Claudia. 

Los testimonios muestran que el endeudamiento dejó de ser un problema individual para convertirse en una forma de organización de la vida cotidiana. La deuda ya no es solo una cuenta pendiente: es una trama que atraviesa los barrios, rompe redes de solidaridad y encuentra en la desesperación un terreno fértil para expandirse.

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