3 de septiembre de 2026
Pepita la pistolera
Directora: Lucia Puenzo
Intérpretes: Luisana Lopilato, Charo López, Camila Peralta, Alberto Ajaka, Claudio Tolcahir, Marcelo Subioto
País: Argentina

Transformación. Luisana Lopilato protagoniza un relato áspero, crudo y violento.
Foto: Prensa
La biopic sobre Pepita la pistolera, la marplatense condenada por matar en defensa propia a tres hombres en 1985, no se centra tanto en los crímenes que la llevaron a las tapas de los diarios como en los sucesos que construyeron al personaje. Lucía Puenzo utiliza algunas de las reglas del «true crime» para preguntarse, antes que nada, cómo fue que Margarita Di Tullio se convirtió en «Pepita la pistolera».
Para eso describe el escenario que precedió a los asesinatos, en una Mar del Plata portuaria, dominada por maleantes, marineros y prostitutas, y atravesada por la corrupción policial y política. En ese universo marginal, las trabajadoras sexuales viven expuestas a distintas formas de explotación y violencia. Desde allí, la cineasta construye una historia de emancipación y sororidad femenina, en la que la unión entre las mujeres aparece como una de las pocas herramientas para enfrentar un sistema que las coloca en una situación de vulnerabilidad.
Entre ellas se encuentra Margarita (Luisana Lopilato), una prostituta embarazada y explotada por El Cuervo (Alberto Ajaka), que intenta salir adelante como puede. Con la ayuda de Popeye (Claudio Tolcachir), un cliente y capitán de barco, consigue montar su propio prostíbulo y reunir a un grupo de chicas –entre ellas, los personajes de Charo López y Camila Peralta– con las que establece una relación basada en el apoyo mutuo.
Mientras intenta construir cierta independencia, Marga también debe negociar protección con un juez (Marcelo Subiotto), en un territorio donde algunas de sus compañeras comienzan a aparecer muertas a manos de «el loco de la ruta». Así, cada intento por controlar su propia vida la enfrenta con nuevas formas de poder y violencia.
La autora de XXY, El niño pez y Wakolda encuentra allí el verdadero recorrido de su protagonista: Marga deja progresivamente de ser una mujer sometida para convertirse en alguien capaz de responder a quienes intentan someterla. Esa evolución también está presente en la puesta en escena. Desde el comienzo, el film apuesta por un relato áspero, crudo y violento. Escuchamos gemidos antes de ver la primera imagen, que es un primerísimo primer plano de Lopilato, presente durante buena parte de la película.
La cámara permanece cerca de los cuerpos, los encierra y, por momentos, parece asfixiarlos. Ese espacio cerrado transmite la opresión que atraviesan Marga y sus compañeras. El rojo de las luces que iluminan tenuemente las noches de los prostíbulos marplatenses completa la atmósfera, construyendo un ambiente donde la amenaza parece estar siempre presente.
Pero el eje más potente de la película está puesto en los cuerpos femeninos. Primero aparecen como objetos de deseo y explotación; después, como elementos de negociación y moneda de cambio. La conversación con el juez acerca de la utilización del sexo como una forma de entender las relaciones resulta especialmente significativa. Son cuerpos consumidos, maltratados y violentados, que también intentan recuperar algún margen de decisión. Desde esa perspectiva, Puenzo transforma la historia policial en una reflexión más amplia sobre la dominación.
La transformación de Margarita Di Tullio en Pepita es, en definitiva, la historia de una mujer que aprende a defenderse en un mundo dominado por hombres. Un relato sobre el poder, el patriarcado y la violencia, pero también sobre una posibilidad de emancipación que, lejos de surgir como una conquista individual, nace de la necesidad de supervivencia compartida.
