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«La Odisea» en clave de cine de aventuras

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Emiliano Basile

La Odisea
Director: Christopher Nolan
Intérpretes: M. Damon, T. Holland, A. Hattaway, R. Pattinson, Zendaya, E. Page 
País: Reino Unido

Héroe. Matt Damon en la piel de Odiseo, que regresa tras la Guerra de Troya.

Foto: Prensa

Luego de Oppenheimer, Christopher Nolan se embarca en uno de los desafíos más ambiciosos de su carrera: adaptar La Odisea de Homero, uno de los textos fundacionales de la literatura occidental. Y lo hace desde las obsesiones que atraviesan toda su filmografía, como lo son el tiempo, la memoria, la culpa, la identidad y el peso moral de las decisiones. El resultado es una película de aventuras colosal que, antes que celebrar las hazañas de un héroe, las somete al filtro de una tragedia donde cada acto de inteligencia tiene consecuencias imprevisibles.

La historia sigue el regreso de Odiseo (Matt Damon) tras la Guerra de Troya. En Ítaca lo esperan Penélope (Anne Hathaway) y su hijo Telémaco (Tom Holland), aunque el camino de vuelta se convertirá en una larga sucesión de pruebas que pondrán en crisis su resistencia física y sus convicciones. Para Nolan, el viaje importa menos como recorrido geográfico que como descenso interior: Odiseo es el estratega brillante capaz de engañar a un ejército entero con el caballo de Troya, pero también un hombre obligado a enfrentarse con el costo humano de su propia inteligencia.

Fiel a su estilo, Nolan evita una narración lineal y construye el relato a partir de múltiples temporalidades que avanzan en paralelo para describir a su protagonista. Por un lado, Telémaco reconstruye la figura de su padre a través de los testimonios de quienes combatieron junto a él, transformándolo poco a poco en un personaje casi mítico.

En otra línea narrativa, un Odiseo envejecido permanece retenido por Calipso (Charlize Theron), atrapado entre el deseo y el peso de los recuerdos. Finalmente, Penélope resiste en Ítaca el asedio de los pretendientes que buscan aprovechar la ausencia del rey para quedarse con el trono. Nolan hace dialogar estas tres perspectivas hasta convertir el rompecabezas narrativo en una reflexión sobre cómo se construyen los héroes.

La recreación de la Guerra de Troya y del accidentado regreso incorpora los episodios más emblemáticos del poema de Homero –el cíclope, las sirenas, los gigantes y otras criaturas legendarias–, aunque despojados de cualquier sentido fantástico o aventurero convencional. Todo aparece envuelto en una iluminación sombría que le da a cada encuentro el peso de una prueba moral. Los monstruos dejan de ser simples obstáculos para convertirse en manifestaciones de la culpa, la ambición, la soberbia o la desconfianza. En esa oscuridad permanente, Nolan justifica el tono de tragedia griega con una secuencia final cuya intensidad remite directamente a Shakespeare.

El reparto acompaña con solvencia el relato de lealtades y traiciones.

A los mencionados se suman Zendaya como Atenea, Lupita Nyong’o como Helena de Troya y Clitemnestra, Robert Pattinson como Antínoo (el gran villano de la historia), Jon Bernthal como Menelao, John Leguizamo como Eumeo, Samantha Morton como Circe y Elliot Page como Sinón. Cada pequeña aparición de estos actores enriquece la trama con personajes decisivos para el desarrollo del conflicto.

Sin embargo, la mayor virtud de esta adaptación reside en la relectura de Nolan sobre el sentido de la Guerra de Troya. Allí aparece un discurso profundamente conectado con Oppenheimer: la figura del héroe trágico como un hombre extraordinario cuya inteligencia, lejos de garantizar el progreso, puede convertirse en el origen de la destrucción. Nolan convierte así un clásico de casi 3.000 años en una reflexión vigente sobre el poder, la responsabilidad y la fragilidad de la condición humana.

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