6 de septiembre de 2026
Susana Pampín atraviesa su etapa de mayor popularidad gracias a su papel en la serie Envidiosa. Sin embargo, se considera un «bicho de teatro» que salta de una obra a la otra. Historia de una intérprete inquieta.

Foto: Juan Quiles
Sola, en el bar del Teatro San Martín, lee dos guiones a la vez. Concentrada, nada parece distraerla, hasta que la interrumpe el cronista de Acción. «Dame unos minutos, nos vemos en el hall de la Martín Coronado», pide Susana Pampín, sentada a una mesa del rincón, sin llamar la atención. Austera, tímida, desliza que no es de hacer muchas notas, que no está acostumbrada a la exposición. Aunque últimamente, luego de su participación en la serie Envidiosa, debió enfrentar un número creciente de cámaras y micrófonos.
«En el escenario exteriorizo, me multiplico y transformo, pero fuera de él me cuesta», confiesa. «Nunca quise actuar para ser famosa, no me interesa la fama, creo que actúo para conocer más de mí. Abajo del escenario podría decir que soy más de escribir que de hablar», se define a grandes rasgos la intérprete, que también se desempeña como docente de actuación de la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Nacida en San Antonio de Padua, es hija de padres campesinos provenientes de Galicia.
«Estudiar teatro era algo imperioso que sentía y tuvo mucho que ver el rock, especialmente el Flaco Spinetta y su disco Artaud, donde creo que empezó todo.»
«Estoy eternamente agradecida a mis viejos, les mando un saludo al cielo cada vez que puedo, porque ellos nunca me negaron mi deseo genuino de estudiar teatro. Y eso que tenían una formación precaria. Mi papá apenas completó la escuela primaria, era albañil. Y mi mamá nada de estudios, laburó como costurera y luego devino kiosquera. Pero fueron muy generosos al darme libertad de opción y eso que mi viejo era facho, eh, profranquista», sonríe, comprensiva, la actriz.
–¿Cómo empezaste a estudiar teatro?
–Era algo imperioso que sentía y creo que tuvo mucho que ver el rock, especialmente el Flaco Spinetta y su disco Artaud, donde creo que empezó todo. Supongo que tenía que ver con una necesidad de respirar arte y libertad, tengamos en cuenta que toda la secundaria la hice con la dictadura militar. Ese disco obligaba a leer, a conocer, a informarme. En mi casa no había libros, pero me las rebusqué yendo a bibliotecas. Empecé a indagar en las letras de Spinetta, después me zambullí en textos de Artaud, Rimbaud, Pizarnik. Y descubrí otro mundo, también, porque en revistas como Expreso Imaginario aparecían avisos que decían «clases de teatro», «clases de expresión corporal». Y sentía mucha curiosidad, de hecho dudé si seguir estudiando Letras o Teatro.
–Y te decidiste.
–Sí, en 1982, mi último año de la secundaria, tomé clases con Roberto Saiz. Quería hacer teatro, aunque debiera trabajar de otra cosa, no me importaba. Yo empezaba a entender al teatro como un ritual colectivo único, como un intercambio y también como una manera de conocerme un poco más y ser menos introvertida.
–También solés destacar las enseñanzas de Augusto Fernandes.
–Llegué a Fernandes a través de Vivi Tellas. Aprendí mucho con él, pero sobre todo me dio herramientas para conocerme más a mí, que era mi talón de Aquiles. Él decía que el teatro es una disciplina de conocimiento de uno mismo y del mundo.
Aquí, allá y en todas partes
En la actualidad, Pampín se encuentra despidiéndose de La Obra, pieza de Mariano Pensotti que se mantuvo a sala llena en el Teatro Alvear y con la que volverá en noviembre. «Es un rompecabezas increíble y la cabeza del autor es genial», dice sobre este trabajo que reflexiona sobre la memoria y la verdad. También protagonizó Tarascones, que luego de su novena temporada podría volver antes de fin de año. «Es adictiva», describe a la obra, que hace foco en el encuentro de cuatro amigas paquetas a la hora del té.
Locuaz a pesar de su timidez, abre el abanico de temas que siempre terminan en el teatro, pero en el medio puede mostrar su indignación y «alergia» hacia el presidente Milei, «un político alejado no solo de la cultura, también de la realidad social». Vuelve a novedades teatrales recién estrenadas que la cuentan en su elenco, El tiempo todo entero y Un sueño raro, ambas de Romina Paula. Y destaca La memoria futura. Las voces de las Abuelas, de Luciana Mastromauro, que se puede ver en el Parque de la Memoria.

Foto: Juan Quiles
Hace años que su vida es un loop. Entra a una obra, sale de otra, convive con dos o tres en simultáneo. Así va saltando por diferentes salas del circuito porteño. «Siempre en el teatro independiente o en el oficial, no tengo experiencia en el sector comercial, pero no me da curiosidad», subraya. «Estoy muy cómoda en este formato, en el que me siento como pez en el agua», completa.
«Lo de Envidiosa no estaba en los planes y no tiene nada que ver con mi hoja de ruta. Yo soy bicho de teatro, tuve que aprender a moverme ante las cámaras.»
–¿Viviste casi siempre del teatro independiente?
–Sí, pero junto con la docencia, que hace su aporte importante. Enseñé en la escuela de Augusto Fernandes varios años, luego en un estudio propio en Abasto y desde 2006 estoy en la UNA en la materia Actuación.
–¿Qué les decís a tus alumnos?
–Que tengan paciencia, que el teatro es un proceso, pero los pibes de ahora quieren todo rápido. Yo les hablo y les insisto con que se muevan, que busquen y que hagan, porque hoy es más difícil que te llamen, pero si vos tenés iniciativa y emprendés, ahí las cosas pueden cambiar.
–¿Cómo una persona que le rehúye a la fama como vos, pudo afrontar varias temporadas en una serie tan popular como Envidiosa?
–Fue algo fuera de contexto, no estaba en los planes y no tiene nada que ver con mi hoja de ruta. Yo soy bicho de teatro, con lo cual tuve que aprender a esta edad a moverme ante las cámaras. En Envidiosa yo tenía a mis maestras, a las que observaba mucho, como Griselda Siciliani y Pilar Gamboa, mis hijas en la ficción, que tienen mucho oficio y fueron muy generosas conmigo.
–¿Cuánto cambió y creció tu personaje?
–El principal cambio fue que aprendí a estar más conectada con los planos mentales y físicos que te exige un rodaje. Yo en la primera y en la segunda temporada llegaba al set de filmación toda durita, con la letra aprendida y trataba de hacer lo mejor posible, pero bastante acartonada. En la tercera y cuarta temporada llegaba más relajada, saludaba a todo el mundo y le decía a Daniel Barone, uno de los directores de la serie: «Mirá, se me ocurrió esto, ¿qué te parece?». Después me lo aceptaban o no, pero tenía la posibilidad de proponer.
–¿Cómo reaccionaste al codearte con la popularidad?
–Primero incómoda, pero me refugié copiando a grandes colegas que también surgieron bien de abajo y están más acostumbrados a esos trotes, como Esteban Lamothe, Pilar Gamboa, Paola Barrientos. Ellos saben cómo mantener su esencia y a la vez responder al estatus de popularidad. ¿De qué manera? Sonriendo, siendo natural, aceptando y agradeciendo. Me ha pasado de estar paseando al perro y que me dijeran: «Pero cómo, ¡la mamá de Envidiosa vive en Balvanera! ¿Te puedo sacar una foto?». Tuve mi debut de ser reconocida.
–Hasta Cristina Kirchner te reconoció por tu papel.
–En una visita que hizo Cristina a la UNA, en octubre de 2024, se encontró con varios docentes y entre ellos estaba yo. Había mucha gente, me presenté: «Soy Susana, docente de Actuación, soy actriz». Y la expresidenta, mientras me miraba fijo, me preguntó: «Pero, ¿vos sos la madre de Envidiosa, no?». Y bueno, nos reímos y comentó que le parecía espectacular la serie.
–¿Este paso por una plataforma como Netflix podría allanarte el camino para futuros trabajos?
–Nunca especulo con lo que puede pasar a futuro. Se dio esta posibilidad, la acepté, aprendí, disfruté y se terminó. Y yo sigo con el mismo camino de siempre, el teatro, actuar con amigos y volver a ser convocada por gente con la que ya trabajé como Mariano Pensotti, Romina Paula o las «tarasconas», con quienes comparto códigos. Es lo que me divierte y me da felicidad. Soy práctica, y me manejo con las obras que hoy tengo.

Foto: Juan Quiles
–Una de ellas es El tiempo todo entero.
–Es una obra maravillosa, que volvió 16 años después de su estreno. Fue la primera vez que trabajé con el grupo El Silencio, que integramos con Lamothe, Gamboa, Esteban Bigliardi y Romina Paula. Es una versión de El zoo de cristal, de Tennessee Williams, que reapareció de la nada. Nos juntamos con el grupo, la ensayamos y la llevamos en febrero pasado a Barcelona, donde fue un hitazo. Fue increíble ver cómo los ensayos fluían, entendimos que la obra estaba viva y la reestrenamos en el Paseo La Plaza.
«Yo sigo con el mismo camino de siempre, el teatro, actuar con amigos y volver a ser convocada por gente con la que ya trabajé. Es lo que me da felicidad.»
–¿Y cómo describirías a Un sueño raro?
–Es una obra más experimental o, como prefiero decir, un «formato de taller», en el que uno propone con el viejo sentido amateur. Encarno a Irena, una mujer que decide ser actriz, lo que la lleva a dar pasos inesperados, lo que la lleva a explorar la memoria, la identidad y el paso del tiempo. No es sencillo de explicar, es un sueño raro, tampoco aceptamos reclamos en boletería (ríe).
–En septiembre vuelve La memoria futura.
–Es una obra conmovedora de Luciana Mastromauro, que se basó en más de doscientas entrevistas a las Abuelas de Plaza de Mayo, entre la década del 90 y comienzos de los 2000, cuando algunas de ellas, ya mayores, se estaban muriendo. Se decidió realizar ese material audiovisual para aquellos nietos que fueran apareciendo, son relatos e imágenes que cuentan la historia de su familia. De esa cantidad de entrevistas, ocho forman parte de la puesta en escena, que se realiza en el Parque de la Memoria, en Costanera Norte. Yo encarno a Elsa Sánchez de Oesterheld, esposa de Héctor Germán Oesterheld, el autor de El Eternauta. Elsa fue una activista por los derechos humanos, fue la única sobreviviente de su núcleo familiar: perdió a su esposo, a sus cuatro hijas, los cuatro yernos y dos nietos, todos secuestrados y desaparecidos. La obra es una caminata donde se interpreta, en primera persona, cada una de las historias, mientras el público camina siguiendo a las protagonistas. Es muy movilizante.
