12 de septiembre de 2026
Natalia Zito nació en Buenos Aires en 1977. Es escritora y psicoanalista. Publicó las novelas Vos (2023), Veintisiete noches (2021) y Rara (2019), el ensayo Traidores. Escribir ficción con material autobiográfico (2022) y el libro de cuentos Agua del mismo caño (2014). Es autora de la obra de teatro El momento desnudo, estrenada en 2019 y 2021.

Arriba, en el balcón, no quedó nada. Dos macetitas con suculentas sobre una mesa baja patinada en blanco y verde agua, una pequeña fuente de feng shui, dos sillas de exterior. Un vacío al pasar entre una de las sillas y la mesa. Una vista abierta al barrio, un atardecer detrás de los edificios. Arriba quedó una jirafa de madera, una lámpara turca, los almohadones decorativos sobre el sillón de tres cuerpos de chenille gris. Quedó una mesa ratona sobre una alfombra blanca peluda, ninguna taza olvidada, una moto en miniatura con un casco de gladiador. En el mueble de la televisión, un estante con un chanchito con monedas dentro. Otro con una botella de ron Barceló añejo junto a una piedra con una inscripción en marcador: «Aconcagua 2005». Quedó un enjambre de cables, un pendrive, un «cualquier cosa que necesites, llamá», un estuche con luces para la bicicleta. Quedaron dos viajes en crucero y una peregrinación a Luján. Quedaron vasos secándose al lado de la bacha, junto a un plato de porcelana con borde metálico. Una caja con un mazo de naipes, otra con estampitas del papa y un rosario. Quedó un portallaves de madera con la palabra Love. Un lavarropas, dos tostadoras, un microondas, un batidor de leche, dos planchas, una pava eléctrica, un termo. Arriba quedaron dos departamentos, una cochera y una cuenta con tres millones de pesos. Quedaron los palillos de sushi. Una heladera plagada de imanes –Sicilia, Barcelona, Montenegro, Slovenija, Roma, Taormina, Dubrovnik– y dibujos infantiles: «Tío te amamos, gracias por ser parte de esta familia». Adentro, la heladera quedó vacía, una botella de agua, medio pan de manteca. Quedó una fotocopia: «Plan de tratamiento», pautas de alerta y una respuesta con su letra: «Estoy en la cama». Quedó el desagüe de la bacha de la cocina reparado con cinta de embalar marrón. Quedó «pongamos ese bar en Madrid, ¿te imaginás?». Quedó una caja de herramientas. Una mirilla con cámara en la puerta blindada. Un recordatorio: «De 16 a 19 viene la acompañante: jugar». Quedaron dos latas de atún y un paquete de Lincoln. Un cajón con productos de limpieza. Quedó una olla Essen despintada y una manopla de cocina. Un triturador de marihuana con la bandera de Inglaterra. Un folio con manuales de los electrodomésticos. Quedó un frasco con tarugos, una agujereadora, una pistola para colocar silicona. Arriba quedó un «¿otra vez a la guardia? Si no tenés nada». Quedó un tensiómetro, dos termómetros, un oxímetro. Quedó una máscara de snorkel, un set de rodilleras y un bolso con un par de rollers. «No seas boludo, llamame». Quedó la radiografía de recién nacido: al dedo pulgar derecho le sobraba una falange. Quedó un certificado de exención del servicio militar traducido al italiano: «Ha regolarizzato la sua situazione militare». Quedaron perfumes en un estante especial del vestidor. Quedaron quince pares de jeans, trajes y corbatas, un cajón para las bufandas. Arriba quedó una mesa de luz, el antifaz para dormir y tapones para los oídos, quedaron unas esposas y un pequeño estuche con una última pastilla de sildenafil. Un rolex y una placa de protección para el bruxismo. Un estuche con un set de cepillos para nobuk. Quedó «te pasamos a buscar y vamos al recital, te va a hacer bien». Quedó una bolsa con dos resonancias, una tomografía, varias tiras de electrocardiogramas y los informes de laboratorio, todo normal. Arriba quedó un hermano menor muy parecido a él. Ese hermano quedó con su familia, una mujer y una hija de nueve años que quedó tironeando para que el tío la lleve a los fichines. Quedaron cinco o seis vacaciones de verano juntos, los cuatro. Quedó un álbum de fotos de un año nuevo en Río de Janeiro cuando todavía no había sobrina, los tres vestidos de blanco, la heladerita llena de cerveza. Quedó «no podés estar así; ya sé que no me vas a responder pero quiero saber cómo estas». Quedó el piso de madera limpio y la toalla en su lugar. Quedaron gotas en la ducha, algo de vapor. Quedó café en la cafetera de filtro. Quedaron sweaters y camperas haciendo juego. Quedaron mil «¿Cómo estás?». Quedó una alfombrita de baño también suave y peluda. En el dormitorio, quedó la cama apenas descubierta, la almohada levemente hundida. «Respondenos, por favor». Sobre la barra para desayunar, quedó una computadora, el teléfono y unos auriculares, una carpeta con papeles de trabajo. Quedó una profesión heredada, una promesa de éxito infalible. Quedaron una oficina y algunos clientes. Quedó otra vida posible como instructor de alta montaña. Encima de la carpeta, quedó una hoja con las claves de mails y todos los bancos y, sobre esa hoja, quedó una carta. Quedaron los prismáticos y unos lentes de sol con cámara oculta. Quedó «tenés todo, macho, no se entiende; sos un tipo fachero, ¿qué carajo pasa?». Arriba también quedó otro dormitorio vacío, con zapatillas arrumbadas en un rincón, una bicicleta, un casco, un tender con medias y calzoncillos. Tres paraguas, ropa tirada en el piso y mochilas en desuso, todas con un paquete de pañuelos descartables dentro. Quedó un fajo de dólares escondido en el techo. Arriba también quedó una hermana con un segundo marido y dos hijos, pero ellos no quedaron arriba, sino en su casa. Al lado de la carta, quedaron las llaves de un auto donde quedó aroma a limón. Quedó «no entiendo qué te pasa ¡reaccioná!». Quedó una botella de agua micelar Neutrógena y un cuadrito que dice «Haz que suceda». Quedó una paleta de paddle. «Contestá, aunque sea una palabra, por favor». Quedaron veinte días en la casa de su hermana. Quedó la valija con la ropa de la internación. Arriba quedó «no estoy bien, venime a buscar, hermana, no puedo más», «¿Qué no podés más?». Quedó un buzo de la acompañante terapéutica. Quedó la visita de su hermana, el vaso de agua. Quedó «hace años que te digo que necesitás pensar de otra manera». Quedó un reloj de agujas plateadas con fondo negro, grande y silencioso, un detector de dióxido de carbono y una balanza. Quedó una panera llena de medicamentos. Quedó la conversación con la hermana en la que volvieron a aquella plaza cuando él, con tres o cuatro años, se había perdido. La plaza donde comenzó la intemperie. La plaza en la que la madre al encontrarlo había dicho: «Yo no te abandoné». Quedó una foto de esa madre ya muerta, en un portarretrato sobre un estante, con una planta china y una vela. Quedó un altar. «No todos los finales son justos», quedó escrito en la carta. Quedaron lágrimas en las tazas, sobre las migas de un budín de limón, entre las cucharitas. Quedó el ruego: «No lo hagas, por favor, no sería justo, especialmente para vos». Quedó esa mirada, mientras la palma de él se perdía dentro de la mano hirviendo de su hermana.
Abajo, en la vereda, no quedó nada.
