19 de septiembre de 2026
Entre la música popular argentina y la causa Malvinas hay una relación marcada por emociones, paradojas y contradicciones. La famosa bandera que flameó en el Mundial y la abrupta «galtierización» de Milei.

Trapo. Mollo sostiene una réplica de la sábana pintada en un hotel de Atlanta, que provocó un sismo cultural y político.
Foto: Captura
La relación entre la música popular argentina y la causa Malvinas está marcada por contrastes, paradojas y alguna que otra contradicción. Desde aquella mañana del 2 de abril de 1982, cuando la dictadura decidió recuperar las islas en una maniobra desesperada para perpetuarse en el poder, los músicos atravesaron una montaña rusa emocional que fue de la candidez patriótica de «Reina madre», de Raúl Porchetto, al cinismo de «No bombardeen Buenos Aires», de Charly García.
Entre una y otra hay una banda sonora de poco más de cuatro décadas: canciones reconfiguradas, como «La hermanita perdida» (Atahualpa Yupanqui), «En este mismo instante» (Pedro y Pablo), «Solo le pido a Dios» (León Gieco), y otras escritas desde la urgencia, la reflexión, la crítica o el dolor: «Comunicado 166» (Los Violadores), «El banquete» (Virus), «Gente del sur» (Rata Blanca), «2 de abril» (Attaque 77), «El visitante» (Almafuerte), «Héroes de Malvinas» (Ciro y los Persas). La lista podría seguir.
La abrupta e impensada «galtierización» del presidente Milei vuelve a poner el tema en el tapete, también desde este punto de vista.
Malvinas es para la música popular una herida, una consigna y, sobre todo, una incomodidad. Un espejo. En su momento, el rock quedó atrapado en una paradoja: con la prohibición de pasar música en inglés por la radio, fue una guerra en dictadura la que lo catapultó hacia la masividad. Pasaron los años y la causa pareció entrar en una zona de baja intensidad. Hasta que apareció un Mundial. O, mejor dicho, Inglaterra.
Hay una frase célebre que, en este caso, se puede reformular: señala que «el aleteo de una mariposa en Estados Unidos puede provocar un tsunami en la Argentina». El aleteo fue una sábana pintada a mano en un hotel, un trapo artesanal que consiguió entrar al estadio de Atlanta durante la semifinal del Mundial 2026 entre Argentina e Inglaterra. Decía, con una economía de palabras extraordinaria: «Las Malvinas son argentinas». Giovani Lo Celso, Cuti Romero y Lisandro Martínez la levantaron sobre el césped. El mensaje dio la vuelta al mundo y terminó convertido en un episodio político, deportivo y cultural.
La música, naturalmente, estaba ahí. Al calor del duelo Argentina-Inglaterra, Joaquín Levinton de Turf había reescrito «Wonderwall», el himno de Oasis, para convertirlo en un cántico de cancha. Donde los Gallagher cantaban una cosa, Levinton ponía otra: «selección», «Malvinas», «los caídos», «Maradona». Una canción inglesa devenida instrumento de una épica argentina. El viejo truco de apropiarse de la música del otro para contar la propia historia.
Manotazo de ahogado
Lali Expósito pasó recientemente por el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, en el marco de la presentación de Glaxo, la película de Benjamín Naishtat en la que actúa: posó para fotógrafos de todo el mundo con una remera estampada con la leyenda «Las Malvinas son argentinas» con la tipografía de la sábana del Mundial.
Tal vez no haya forma de concientización global más eficaz que este tipo de acciones realizadas en el marco de eventos internacionales.
En Buenos Aires, semanas antes, Ricardo Mollo recibió en el Teatro Flores una réplica de aquella bandera durante un concierto de Divididos y la desplegó sobre el escenario. Dijo «Las Malvinas son argentinas», pero enseguida agregó con lucidez: «La República Argentina también es Argentina». Y citó a Jauretche para correr el eje del enemigo externo hacia el criollo que, según su lectura, hace daño desde adentro. «No son ingleses, desgraciadamente, como dijo Arturo Jauretche: no es el gringo, es el criollo. Así que guarda: el que no salta es un inglés, pero tenemos unos criollos que nos están haciendo pelota».
Ese fue el clima que empezó a primar: un alerta para que el árbol no tape el bosque y para no repetir errores e ingenuidades de hace más de cuatro décadas. No es descabellado conjeturar que el gesto de los jugadores argentinos derivó que en el Congreso fuera neutralizada la Ley de Tierras. Tampoco lo es pensar que ese gesto fue el que motorizó el brusco cambio del presidente Milei respecto de Malvinas. El aleteo en Atlanta; el tsunami de la política doméstica.
De admirador de Margaret Tatcher pasó a encabezar una movida más afín a su vicepresidenta y enemiga interna, Victoria Villarreal.
Caída de imagen
Si Galtieri, aquel general mimado por los Estados Unidos nos metió en una guerra para detener la agonía del régimen, hoy un presidente títere de Trump intenta desesperadamente torcer la caída de su imagen de cara a las elecciones del 2027. La «galtierización» de Milei es otro de sus rasgos patéticos. El gobierno de la entrega y la escuela austríaca empieza a hablar de soberanía, y los músicos no se hacen eco como hace cuatro décadas.
Hace algunos años, Wos y Trueno cantaban en «Sangría» un manifiesto de identidad. Hacían gala de un nacionalismo con todos los códigos del freestyle: «Mejor avísenle a Inglaterra que vamos con micrófono por la segunda guerra». Al fin representantes del pueblo, los músicos no son ajenos al profundo sentimiento tatuado en el inconsciente político. Tiene que ver con la cultura, con la transmisión generacional que circula en pintadas, fileteados de colectivos, cantitos de hinchada («de los pibes de Malvinas que jamás olvidaré»).
Esta vez se los observa atentos, desconfiados. Como dijo Mollo, es necesario mirar hacia adentro. La política internacional del Gobierno hiede a otro manotón de ahogado y no resiste el menor análisis serio, más allá del oportunismo. Fue Karl Marx el que escribió en 1852, en su obra El 18 de brumario de Luis Bonaparte, que «la historia se repite primero como tragedia y después como farsa».
