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Gareca, una vida para el fútbol

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Ariel Scher

«Me sigo teniendo fe como entrenador», dice el Flaco, exgoleador y DT, en una charla en la que reivindica la creatividad, cuestiona la mecanización del juego y explica por qué es insuficiente hablar de cinco clubes grandes en Argentina.

Foto: Juan Quiles

Los seudónimos de Ricardo Gareca tienen tanta vocación de victoria como Ricardo Gareca. Si ese hombre que fue jugador y es entrenador se especializó en superar rivales y en celebrar campeonatos, su condición de Flaco y de Tigre se impuso al tiempo y persiste invicta. Flaco –además de larguísimo e impecable– continúa después de haber hecho goles en Boca, Sarmiento de Junín, River, América de Cali, Vélez e Independiente y de haber modelado como director técnico a una serie casi incontable de equipos. Tigre se lo percibe en cada impulso de la voz, con una pasión histórica, actual e indetenible, calcada de lo que sintió cuando era un pibito que acudía cada día al club Juvencia de su Tapiales natal, una pasión que se volvió el centro de su vida: el fútbol.

–Eso, el fútbol. ¿Qué es el fútbol para vos?
–Yo solo me dediqué al fútbol. Es lo único que puedo abarcar. Soy un privilegiado. De chiquitito, lo único que soñaba era ser futbolista. Y fue una bendición, la verdad. Y, después, empalmar con la carrera de técnico. Es mi vida el fútbol.

–¿Conservás la fascinación?
–Seguro. Puedo distinguir entre el fútbol de una época anterior y el de esta época. De uno en el que había más técnica a uno más apurado como el actual. Pero sigue siendo un juego competitivo, apasionante. Y el fútbol argentino me apasiona.

–¿Qué ves en el fútbol argentino?
–Un juego de transiciones rápidas, muy apurado, con poca técnica. Llama la atención cuando hay un jugador que desequilibra. Antes, cada equipo tenía uno así. Hoy, no abundan aquellos que se sacan dos o tres jugadores de encima.

–¿Por qué pasó eso?
–Cambió la metodología. Antes, yo jugaba en clubes y me divertía. Se perdieron los potreros porque se ha construido más en las ciudades. Ahora, las instituciones que forman parte del fútbol profesional tienen categorías infantiles. Y a los infantiles los hacen jugar como los profesionales. Se perdió diversión y se perdió técnica. Los técnicos de menores trabajan tácticamente, trabajan una idea futbolística. Eso hizo que los chicos perdieran creatividad. El jugador tiene que empezar a trabajar la parte táctica y el funcionamiento a los 16 años, no a los 8 años. Hasta ahí, hay que purificar la técnica. ¿Qué es la técnica? El control, el cabezazo, el remate, dónde rechazar, dónde ejecutar, cómo ejecutar, el seguimiento de una pared, cómo bloquear. Eso potencia al jugador para que llegue a Primera como un jugador completo. Estas generaciones son de dos toques: paran y juegan. No piensan: ejecutan. Ejecutan algún direccionamiento. En medio de todo eso, algún talento se impone. Porque siempre va a haber talento sudamericano. El tema es que vienen los europeos y se lo llevan rápido. Así, se debilitan los equipos.

–Con ese panorama, ¿qué hacés como entrenador cuando empezás el vínculo con un jugador?
–Depende. En las selecciones, trabajaba cosas básicas sobre las carencias que detectaba. Pero, sobre todo, me interesa de dónde viene el jugador, cómo es su familia. No es lo mismo un chico que llega cuidado que alguien que se crio en un seno familiar con violencias, que vio cosas que no tenía que ver. Si encuentra en mí una contención, se siente más cómodo y saca su potencial. Soy un entrenador paternalista. Eso no tiene que ver con la disciplina o con ser más permisivo. Y soy un entrenador sudamericano: no descarto a nadie. Nosotros nos arreglamos con lo que se presenta porque no tenemos presupuesto para andar descartando.

–A vos te tocó jugar y dirigir en tiempos de Menotti-Bilardo, Guardiola-Mourinho, la irrupción de Bielsa. ¿Dónde te parás desde lo conceptual?
–Eso son todos técnicos revolucionarios. Que incorporaron cosas que le sirven al fútbol. No me gusta decir dónde me paro. Yo creo que al técnico se le tiene que identificar a qué quiere jugar. El problema para el técnico es cuando nadie identifica lo que se ve en el campo de juego: ahí tiene problemas con la gente, con el periodismo, con los dirigentes. Me gusta que el equipo elabore, que tenga buenos jugadores. En general, no me gusta la mecanización y sí lo que rompa el molde, que los jugadores sientan libertad y que haya organización en el momento de defender. Y me gusta que el equipo tenga actitud porque sin entrega es difícil, más en los tiempos que corren.

–A fin de agosto, diste una charla abierta para más 400 estudiantes de periodismo de la escuela Deportea. Allí planteaste problemas sobre querer seguir el modelo del Barcelona de Pep Guardiola. ¿Por qué?
–Yo admiro a Guardiola. Él no es problema. El problema es quien quiera jugar así sin tener ese material. Guardiola es un revolucionario que sacó provecho de la calidad de jugadores que tenía. Dijo: «¿Para que voy a dividir la pelota? ¿Voy a dividir la pelota teniendo a Xavi, a Iniesta y a Busquets? No, salgo de abajo». Encontró en Messi al desequilibrante y todos los demás eran Bochini. El problema éramos el resto de los entrenadores que queríamos jugar como él sin tener a los Bochini. Ahí se armó un despelote a nivel mundial. Hubo una complicidad generalizada según la cual quien no saliera jugando de abajo estaba desactualizado. A Italia le generó un lío bárbaro, por ejemplo. Irrumpió una moda y hace rato que no van a los mundiales. ¿A quién favorece eso? A España, que ya ganó dos mundiales. Otras selecciones no tienen esa capacidad. Los italianos, los uruguayos, los brasileños. Los brasileños: dos laterales que pasan al ataque, el 10… ¿El 10? ¿Qué está pasando en Sudamérica que no aparecen esos jugadores?

Foto: Juan Quiles

–¿Y Argentina? 
–Nosotros tuvimos a Maradona y a Messi, que están entre los cinco mejores de la historia porque no solo eran desequilibrantes, sino talentosos, goleadores y asumían el protagonismo. Pero, además, tuvimos a Moreno, a Pedernera, a Sívori, a Riquelme, a Garnero, a Willington. La metodología dominante te lleva a perder cosas. Tuvimos un Maradona y un Messi porque estuvieron los otros, también. Y tienen que seguir apareciendo. Si se deja de lado eso y solo juegan a dos toques, un chico muy talentoso que no tenga la personalidad o la rebeldía de Maradona o de Messi lo vas a perder. Mucho va a tener que ver el maestro que tenga: se va tener que dar cuenta de que tiene que darle libertad a ese chico, va a tener que decirle «pibe, andá y gambeteá».

–¿Cómo hicieron Scaloni y su cuerpo técnico con ese escenario?
–Pero es que Scaloni no se apartó de lo tradicional. Nosotros tuvimos a una selección campeona del mundo que salía jugando cuando tenía que salir jugando y que jugaba largo cuando correspondía, que tenía desequilibrio en Di María y en Messi, que metía cuando debía meter, que tenía al Cuti Romero que se paraba. Scaloni salió campeón del mundo con lo que es Argentina. O sea, carácter, actitud, desequilibrio, habilidad, talento, no con un sistema nada más, no con algo mecanizado. Por eso nos sentimos tan representados todos. ¿A quién buscó y sigue buscando? A Paz, a Almada, a los desequilibrantes. Y a volantes que llegan a lo Brindisi, a lo Chacho Coudet, a lo Madurga: Enzo Fernández, Mac Allister, volantes que pisan al área y tienen gol, con transiciones rápidas, por supuesto. Pero es el fútbol argentino.

–Otro planteo tuyo consiste en que ya es insuficiente hablar de cinco equipos grandes en el fútbol argentino. ¿Por qué?
–Yo veo que aparece un técnico joven, con otra metodología, que llena el campo de elementos: ante la novedad, el periodismo lo admira. O veo lo de jugar por abajo que se impone como novedad: el periodismo también valora eso. Y yo aplaudo todo lo que es progreso, más allá de las salvedades que pueda formular. Sobre esa base, concluyo que el periodismo aplaude las innovaciones. Bien. Luego, me replanteo: ¿el periodismo está dispuesto a una apertura, a innovar su visión, a considerar lo que marca el paso del tiempo? Vamos, entonces, a lo de los cinco grandes. O seis, también con Huracán. Es una categoría de los años treinta, del comienzo del profesionalismo en la Argentina. ¿Está mal? No. Son grandes. Pero si hay instituciones que, a través de las décadas, progresan, ganan campeonatos, suman gente, crecen en lo social, ¿por qué se sigue, entonces, con lo de los cinco grandes? Eso es quedarse, eso perjudica al fútbol argentino. A Estudiantes y a Vélez los tenés que meter. No solo alcanzaron en cantidad de títulos a otros grandes, sino que suman hinchas jóvenes y llenan estadios. Me dicen que no tienen gente en el interior. Yo fui jugador: en el interior solo llenan un estadio Boca y River. A lo sumo, una tribuna. Y habrá que sumar a otros cuando corresponda. Me da bronca porque yo jugué contra el Santos, por caso. Y el Santos pertenece al G12 en Brasil, el grupo de los grandes. Con un estadio de 20.000 personas que por ahí ni llenan. Y está bien. No se quedan los brasileños en Flamengo y en Corinthians, que llenan todo. No hay que quedarse en el pasado.

–Llevaste a Perú a un Mundial después de mucho tiempo, no pudiste con Chile. ¿Qué vas a hacer vos con vos?
–Volver a dirigir. Me gusta, creo que sigo vigente. Me gustaría seguir ganando campeonatos. Tengo ganas.

–Tal cual el pibe del club Juvencia de Tapiales que fuiste.
–Claro. Me sigo teniendo fe.

Lo dice como Flaco. Lo dice como Tigre. Lo dice siempre como Gareca.

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